
El público se agolpa ante la jaula, impaciente por observar al hombre pequeño que comparte el espacio con un chimpancé. Ota Benga, con los dientes afilados y el cabello enmarañado, permanece en silencio bajo la mirada de miles de neoyorquinos. Es septiembre de 1906 y la escena, en pleno zoológico del Bronx, ocurre en el corazón de la modernidad estadounidense.
Ota Benga en la jaula del Bronx
Durante semanas, el joven batwa fue la atracción estrella del zoológico. Los visitantes lo rodearon, lo observaron como a un animal. La jaula, ubicada en la Casa de los Monos, tiene espacio apenas para él y para Dohong, un chimpancé. El cartel es explícito: “El Hombre Salvaje del Congo”.
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Algunos asistentes le lanzan maní y lo provocan para que muestre los dientes. Otros, en grupos, le piden que pose junto al simio o que actúe de manera “primitiva”. La mirada de Ota Benga no se cruza con la de los visitantes. Casi no habla, no entiende el inglés, no sonríe. Su presencia, según la dirección del zoológico, debía ejemplificar la teoría de la evolución de Darwin y educar al público sobre los “eslabones perdidos”.
En un solo domingo, más de 40 mil personas recorren el parque para observar la escena.

Ota Benga: secuestro y esclavitud
Ota Benga nació alrededor de 1883 en la cuenca del río Congo, en el actual territorio de la República Democrática del Congo. Su pueblo, los batwa, conocidos como pigmeos, vivía en los márgenes de la selva, en comunidades cazadoras-recolectoras.
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La llegada de colonizadores belgas transformó radicalmente la región. Las expediciones arrasaron aldeas enteras, esclavizaron a los sobrevivientes y explotaron los recursos naturales. Ota Benga fue capturado tras un ataque en el que perdió a su esposa y a sus hijos. Vendido como esclavo, su destino quedó sellado cuando Samuel Phillips Verner lo adquirió en un mercado humano.
La lógica de las exhibiciones humanas
Verner, misionero y explorador estadounidense, había sido contratado para reclutar “nativos africanos” que sirvieran como muestra viviente en la Exposición Universal de San Luis, Misuri, en 1904. En esa época, exhibir personas era práctica habitual en ferias, zoológicos y museos de Occidente.
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Verner seleccionó a Ota Benga por su complexión física y por la facilidad para desplazarse. Juntos cruzaron el Atlántico, acompañados por otros batwa, algunos de los cuales murieron durante el viaje. En San Luis, Ota Benga fue presentado como “el pigmeo más pequeño del Congo”. Su imagen apareció en afiches y revistas de la época.

El auge del racismo científico
La Exposición Universal se extendió durante siete meses y atrajo a más de 19 millones de visitantes. El recinto donde se exhibían a los batwa recreaba una aldea africana, con chozas y utensilios típicos. Los visitantes podían observar a Ota Benga y a sus compañeros “en su hábitat natural”, fabricar herramientas, cazar o bailar.
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El trasfondo era la validación de teorías racistas y el darwinismo social. Los organizadores buscaban demostrar la “superioridad de la raza blanca” frente a las llamadas “razas primitivas”. Los batwa eran descritos como el “eslabón más bajo de la humanidad”, una expresión de la jerarquía racial que legitimaba la segregación y el colonialismo.
No era la única muestra de este tipo. Durante las primeras décadas del siglo XX, cientos de personas de África, Asia y América fueron exhibidas en zoológicos y ferias mundiales en París, Londres, Hamburgo y Nueva York. El público pagaba la entrada para contemplar a seres humanos como curiosidades vivientes.
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Al finalizar la Exposición, la mayoría de los africanos regresó a su continente. Ota Benga, sin embargo, permaneció junto a Verner. La relación entre ambos era ambigua: Verner se presentaba como su protector, pero también como su propietario. Tras recorrer varios estados, ambos llegaron a Nueva York en 1906, sin recursos ni planes claros.

El Museo Americano de Historia Natural alojó a Ota Benga durante un breve periodo. Allí, fue objeto de estudios y mediciones antropométricas. Los científicos se disputaban la posibilidad de examinarlo, medir el cráneo, las manos y los dientes afilados. El interés científico, lejos de protegerlo, lo convirtió en una pieza de laboratorio.
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Ciencia y show en el zoológico del Bronx
La presencia de Ota Benga en Nueva York llamó la atención de William Hornaday, director del zoológico del Bronx. Hornaday defendía la idea de que los museos y zoológicos debían servir como espacios de educación pública, y vio en Ota Benga la oportunidad de ilustrar la evolución humana ante el gran público.
Hornaday organizó la exhibición en la Casa de los Monos, donde Ota Benga convivía con Dohong, el chimpancé, y otros primates. El africano vestía taparrabos y portaba herramientas de caza. El mensaje era inequívoco: Ota Benga formaba parte de la colección animal del zoológico.
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El público acudió en masa. Los periódicos neoyorquinos, entre ellos el New York Times, publicaron crónicas y fotografías del “pigmeo del Bronx”. La fascinación por el “eslabón perdido” se mezclaba con el sensacionalismo y el morbo.
La exhibición generó indignación en la comunidad afroamericana. Líderes religiosos, como el reverendo James H. Gordon, denunciaron el trato inhumano y organizaron protestas frente al zoológico. Gordon publicó cartas en la prensa exigiendo respeto por la dignidad de Ota Benga y el cese inmediato de la exhibición.
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A pesar de la presión social, Hornaday defendió la decisión amparándose en la “misión científica” del zoológico. La polémica alcanzó tal magnitud que la dirección del zoológico se vio obligada a retirar a Ota Benga de la jaula tras tres semanas de exhibición.
La vida de Ota Benga en la jaula
Tras su liberación, Ota Benga fue acogido en el Howard Colored Orphan Asylum, bajo la tutela del reverendo Gordon. Allí, intentó adaptarse a la vida estadounidense. Aprendió algunas palabras en inglés, usó ropa occidental y se integró en actividades comunitarias.
La adaptación, sin embargo, fue compleja. Ota Benga sufría el desarraigo y la nostalgia por su tierra natal. Los intentos de repatriación fracasaron por el estallido de la Primera Guerra Mundial, que bloqueó los viajes intercontinentales a África.
Ota se trasladó a Lynchburg, Virginia, donde trabajó en una fábrica de tabaco. La rutina laboral contrastaba con la vida en la selva congoleña. Ota Benga buscó sentido en la cotidianidad, pero la tristeza y el aislamiento persistieron.
El final trágico: muerte y olvido
El 20 de marzo de 1916, Ota Benga se quitó la vida de un balazo en el corazón.
Sus restos fueron enterrados en una tumba sin nombre en Lynchburg. La noticia pasó desapercibida en la prensa nacional, eclipsada por la guerra y otros acontecimientos.
La ciencia de la época, lejos de ser neutral, participó activamente en la construcción de jerarquías raciales. Museos, zoológicos y universidades se convirtieron en escenarios de la deshumanización sistemática de pueblos originarios.
La exhibición de Ota Benga tuvo consecuencias profundas para la comunidad batwa. El estigma de la “inferioridad” se trasladó durante generaciones. En el Congo, la figura de Ota Benga es recordada como símbolo de resistencia cultural.
El zoológico del Bronx y el pedido de perdón institucional
En 2020, el Zoológico del Bronx reconoció públicamente su responsabilidad y pidió disculpas por el trato dado a Ota Benga. En un comunicado oficial, la directora Cristián Samper calificó el episodio como “un acto de racismo imperdonable”.
La disculpa llegó en un contexto de protestas globales contra el racismo, tras el asesinato de George Floyd en Estados Unidos.
El zoológico se comprometió a revisar su historia, a incluir el caso en sus programas de educación y a trabajar con organizaciones afroamericanas y batwa para reparar el daño causado. Las disculpas llegaron demasiado tarde para Ota Benga.
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