
David Berkowitz, conocido como el “Hijo de Sam”, fue responsable de seis asesinatos y siete intentos de homicidio en la ciudad de Nueva York entre 1976 y 1977. Sus víctimas eran, principalmente, mujeres jóvenes y parejas que se encontraban en autos estacionados durante la noche. Berkowitz se transformó en uno de los criminales más famosos y buscados del país, captando la atención tanto de la policía local como del FBI, que lo incluyó en sus registros entre los delincuentes más peligrosos de la época.
El caso alcanzó dimensión nacional por el impacto social y mediático de cada ataque: la brutalidad y el aparente azar en la elección de las víctimas provocaron una ola de temor sin precedentes en Nueva York, donde la paranoia cambió los hábitos nocturnos, las calles quedaron vacías y surgieron patrullas vecinales espontáneas. La presión sobre las autoridades fue máxima, con la policía local y la Unidad de Delitos Violentos del FBI coordinando operativos, difundiendo retratos y ofreciendo recompensas, mientras la cobertura mediática convertía cada novedad o carta del asesino en noticia de primera plana.
Cartas siniestras y el origen del apodo
El 17 de abril de 1977, el rumbo de la investigación cambió radicalmente cuando Berkowitz dejó una carta en la escena de un crimen en El Bronx. El manuscrito, redactado en tono amenazante y burlón, estaba dirigido a las autoridades, y marcaba el inicio de la figura pública del “Hijo de Sam”. Poco después, el criminal envió otra misiva al periodista Jimmy Breslin, publicada en New York Daily News, donde prometía seguir matando y mantenía en vilo tanto a la policía como a la opinión pública.

Las cartas generaron más miedo aún, además de una cobertura explosiva en periódicos, radio y televisión. Firmadas como “Hijo de Sam”, añadieron un elemento de terror psicológico al caso, transformando a Berkowitz en un enemigo público de escala nacional. Los investigadores crearon unidades especiales para analizar el contenido y la caligrafía, mientras el asesino parecía disfrutar del caos causado por sus palabras.
La multa que resolvió el caso
La investigación policial tuvo un giro clave tras el último ataque de Berkowitz, ocurrido el 31 de julio de 1977. Esa noche, el asesino estacionó su auto de manera indebida cerca de la escena del crimen y recibió una multa. Los detectives que analizaban todos los vehículos sancionados en la zona notaron el nombre de David Berkowitz entre las infracciones documentadas. Aunque al principio se lo consideró un posible testigo, la falta de respuesta a los intentos de contacto encendió las alarmas.
Los agentes ampliaron la pesquisa, contactaron a la policía de Yonkers y descubrieron antecedentes de acoso, vinculando aún más a Berkowitz con las circunstancias sospechosas. Cuando inspeccionaron su domicilio, notaron dentro de su auto un bolso con un rifle y un sobre dirigido a la policía del condado de Suffolk con una escritura similar a la de las cartas enviadas a la prensa.
El 10 de agosto de 1977, la policía montó un operativo de vigilancia y detuvo a Berkowitz frente a su edificio en Yonkers. No ofreció resistencia, sonrió y pronunció la célebre frase: “Me atraparon. ¿Qué les tomó tanto tiempo?”. El hallazgo de armas y las pruebas recopiladas dieron cierre definitivo a una de las cacerías humanas más intensas jamás vividas en la ciudad.
Confesión, sentencia y vida tras las rejas

Tras su detención, Berkowitz confesó los asesinatos y, en mayo de 1978, fue condenado a cumplir seis penas consecutivas, cada una de 25 años a cadena perpetua, una por cada víctima. Actualmente, se encuentra cumpliendo la pena en la Shawangunk Correctional Facility en Wallkill, Nueva York. Desde entonces, ha solicitado en varias ocasiones la libertad condicional, pero todas las peticiones, incluida la última en mayo de 2024, fueron rechazadas de inmediato.
Durante sus años en prisión, Berkowitz afirmó haberse convertido en cristiano renacido y participa en actividades religiosas. Su vida en la cárcel incluye la colaboración con capellanes y el rechazo público al apodo con el que fue conocido.
El legado de un error mínimo
El arresto de Berkowitz marcó un hito en la historia criminal estadounidense, demostrando cómo un hecho aparentemente trivial –una simple multa de tránsito– pudo convertirse en el elemento clave para resolver uno de los casos más notorios del siglo XX. Su historia dejó una huella indeleble en la memoria colectiva de Nueva York y continúa siendo objeto de estudios, documentales y debates sobre los límites de la investigación policial, la psicopatía y la cobertura mediática de sucesos violentos.
A más de cuatro décadas de los crímenes, la figura del “Hijo de Sam” permanece como ejemplo de la combinación entre azar, pánico social y un error fatal del asesino. Lo que empezó como una serie de ataques inexplicables terminó con uno de los delincuentes más buscados del FBI, atrapado por una multa olvidada en el parabrisas.
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