En la historia militar, pocos episodios resultan tan extraordinarios como el del ejército bizantino que, tras vencer en combate, se autodestruyó por miedo y superstición.
Según reseña National Geographic, durante el reinado de Constantino VII en el siglo IX, una noche oscura, un fenómeno natural y el terror colectivo bastaron para convertir una victoria en una tragedia. Este suceso ilustra el poder destructivo del pánico, capaz de destruir un ejército sin intervención del enemigo.
Un contexto de tensión y hostilidades constantes
El incidente tuvo lugar durante las guerras entre el Imperio Bizantino y el Califato Abasí. Estas potencias se enfrentaron durante siglos por el dominio de regiones clave de Asia Menor. El gobierno de Constantino VII, del año 913 al 959, se destacó por los continuos choques en las fronteras orientales.

Si bien la fuente no señala el lugar exacto, la región de Capadocia (actual Turquía) era escenario frecuente de combates. Allí, la vida del soldado se definía por el cansancio, la amenaza constante y la incertidumbre.
De la victoria al desastre irracional
Tras repeler a las fuerzas árabes, el ejército bizantino se preparó para acampar, confiando en la desaparición del peligro. Sin embargo, la fatiga y la oscuridad crearon el caldo de cultivo perfecto para el miedo colectivo. La tensión acumulada volvió a los soldados vulnerables a cualquier estímulo.
En medio de la noche, los combatientes notaron unas misteriosas luces flotando sobre el campo. Estas eran fuegos fatuos: fenómenos generados por gases de descomposición sobre los numerosos cadáveres tras la batalla. Sin conocimientos científicos sobre su origen, los soldados interpretaron las luces como señales sobrenaturales o la presencia de almas errantes. Lejos de tranquilizarlos, estas apariciones aumentaron la paranoia y el desconcierto.

La confusión alcanzó su punto máximo cuando oficiales exhaustos creyeron que las luces provenían de tropas enemigas flanqueándolos por la retaguardia. El temor se transformó en orden de retirada inmediata y desorganizada.
El pánico y la autodestrucción
La retirada en plena oscuridad desató el caos absoluto. El ejército, convencido de un ataque inminente, perdió toda cohesión. La visibilidad nula y la confusión provocaron fugas desordenadas, ataques entre compañeros y estampidas de animales asustados. En plena desbandada, muchos soldados cayeron por barrancos o fueron arrollados, y cundió el terror entre quienes intentaban escapar de una amenaza inexistente.
Al amanecer, el campo ofrecía una imagen desoladora: el ejército árabe había desaparecido, pero la mayor parte de la infantería y la caballería ligera bizantina yacía muerta. Numerosos oficiales de alto rango perecieron en la confusión nocturna. La catástrofe no fue provocada por el enemigo, sino por el pánico y la superstición.
Debate histórico sobre la autenticidad del relato

Algunos estudiosos sugieren que podría tratarse más de una leyenda ejemplarizante que de un hecho real, transmitida como advertencia sobre los peligros del miedo irracional.
Otras opiniones consideran posible que el cronista dispusiera solo de testimonios indirectos o evitara detalles precisos por razones desconocidas. Sin embargo, en la literatura medieval era frecuente incluir relatos con moraleja, mezclando datos reales y ficciones para advertir sobre la vulnerabilidad humana ante el pánico y la superstición.
Una lección que trasciende la leyenda
Realidad o mito, la historia del ejército bizantino autodestruido ilustra el poder del miedo colectivo. Este tipo de narraciones advertían a contemporáneos y generaciones futuras: los mayores peligros suelen proceder de la propia mente y las creencias compartidas.
El episodio permanece como recordatorio de que la histeria puede ser letal, incluso tras la victoria, y sirve como ejemplo de cómo una interpretación errónea de los fenómenos naturales puede provocar crisis absolutamente devastadoras. En la memoria colectiva, la máxima permanece vigente: nunca subestimar el impacto destructivo del miedo irracional.
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