
Cuando otras chicas de su edad apenas comenzaban a soñar su futuro, Juana, con 13 años, decía haber recibido un encargo celestial: liberar a Francia de los ingleses y llevar al trono al delfín Carlos. Aseguraba haber visto al arcángel San Miguel, a Santa Margarita y a Santa Catalina de Alejandría, quienes, según su relato, le comunicaron que esa era la voluntad de Dios. San Miguel le anticipó que no debía temer, porque contaría con la ayuda divina.
Nacida hacia 1412 en Domrémy, en el entonces Ducado de Bar, un pequeño pueblo del noreste de Francia, hija de Jacques d’Arc e Isabelle Romée, propietarios de tierras y labradores, Juana creció sin acceso a la educación. No sabía leer ni escribir, pero su fe era firme. La época estaba marcada por la Guerra de los Cien Años (1337-1453), un conflicto que enfrentaba desde 1337 a Inglaterra y Francia por los derechos sucesorios al trono francés. Las relaciones dinásticas entre ambas coronas eran complejas, y Eduardo III de Inglaterra había reclamado el trono en oposición a Felipe VI. Las hostilidades se alternaban con treguas forzadas por las epidemias, como la peste negra (1347–1351), que diezmó a Europa. Una de las más mortales de la historia. Solo en el Viejo Continente murieron 50 millones de personas.
El conflicto persistía con la sucesión de monarcas. Cuando en 1422 murieron Enrique V de Inglaterra y Carlos VI de Francia, el trono francés quedó vacante. El pequeño Enrique VI fue proclamado rey de ambos reinos, bajo la regencia del duque de Bedford, mientras Carlos VII, sobrino de Carlos VI, era visto con recelo, en parte porque se dudaba de su filiación real. El ejército inglés avanzó sin tregua, y en 1428 sitió la ciudad de Orléans, un enclave clave al norte del Loira. Francia parecía cerca del colapso.

En ese contexto, Juana decidió actuar. Tras convencer a una guarnición local de que portaba un mensaje de Dios, consiguió escolta hasta Chinon, donde se encontraba el delfín. Su presencia generó escepticismo entre los nobles. El propio Carlos dudaba. Para probarla, se ocultó entre sus cortesanos, con ropas comunes. Juana lo identificó de inmediato, se arrodilló ante él y le transmitió el mensaje celestial: sería coronado en Reims como rey legítimo de Francia.
Carlos no la rechazó, pero antes de confiarle cualquier responsabilidad la sometió a interrogatorios a cargo de teólogos, doctores y clérigos. Juana respondió con firmeza y coherencia. No se contradijo, no mostró temor. La posibilidad de que fuera una impostora o una hechicera se desvaneció. El 25 de febrero de 1429, el rey autorizó que acompañara al ejército. En abril, la joven campesina partió hacia el frente.

Vestida con armadura y ropa de hombre, con el pelo corto y un estandarte blanco en el que se representaba a la Virgen María, Juana causó estupor entre los soldados. Al principio fue marginada de la toma de decisiones. No se le permitía participar en las estrategias de batalla. Pero ella se presentaba en el campo, arengando a las tropas, desafiando convenciones sociales y militares.
La campaña de Orléans cambió el curso de la guerra. Durante los combates, Juana fue herida en el hombro por una flecha, pero no se retiró. Siguió combatiendo. El 7 de mayo se libró el enfrentamiento decisivo. Al día siguiente, los ingleses se retiraron. Fue la primera gran victoria francesa en años, y muchos la interpretaron como una prueba de que Juana cumplía un designio divino.
Juana volvió a Chinon para informar al rey. No esperó a que sanara su herida. Le rogó que fuera a Reims, en manos de los ingleses, para celebrar su coronación. El consejo real era reticente, pero Juana insistió. Se dirigió directamente a las habitaciones del rey: “Noble Delfín, no malogréis el tiempo en oír prolijas e inútiles deliberaciones; preparaos a venir a Reims para tomar la sagrada diadema, que es símbolo de la unión de vuestros súbditos…”
En la campaña hacia Reims participó activamente en los combates. Junto al duque de Alenzón, lideró un destacamento de seis mil hombres. En una ocasión, mientras se asomaba por una brecha en el muro, fue golpeada en la cabeza por una piedra. Cayó al suelo, pero se reincorporó: “¡Alto! ¡Nuestro Señor ha condenado a los ingleses: valor, nuestros son!”. Sus palabras infundían coraje. El 16 de julio de 1429 la ciudad cayó en manos francesas. Al día siguiente, Carlos VII fue coronado en la catedral. Juana participó de la ceremonia, sosteniendo su estandarte. A su término, dijo que al fin había cumplido la voluntad de Dios. “Mi misión está cumplida”, dijo y pidió retirarse.

Juana quería volver a su aldea, junto a sus padres. El rey y sus asesores se lo impidieron: su figura era vital para mantener la moral de las tropas. Juana acompañó nuevas campañas, como el intento de tomar París, donde fue nuevamente herida. Su sola presencia bastaba para que los enemigos se rindieran sin lucha.
En recompensa, Carlos concedió títulos nobiliarios a sus padres y le otorgó un escudo de armas: fondo azul, dos flores de lis, una espada de plata con empuñadura de oro, coronada.
El 23 de mayo de 1430, Juana fue capturada por tropas borgoñonas en Compiègne. Vendida a los ingleses, fue trasladada a Ruan, bastión inglés. Intentó escapar varias veces. En una ocasión, se arrojó desde una torre. Fracasó. Carlos VII no pudo liberarla.
El juicio comenzó bajo la dirección del obispo Pierre Cauchon, aliado de los ingleses. Se la acusó de herejía, idolatría, brujería y de haber desafiado las normas de su sexo. Fue interrogada 16 veces. Se le exigió abjurar. Aceptó firmar un documento, confiando en que era un compromiso de obediencia. Como no sabía leer, no supo que el texto la presentaba como hereje y aliada del demonio.
Fue condenada a cadena perpetua, alimentada solo con pan y agua. Pero al día siguiente, al serle retirada la ropa femenina y encontrar solo vestimenta masculina en su celda, volvió a vestirse como hombre. Se la acusó de reincidente. La sentencia fue modificada: debía morir.
El 30 de mayo de 1431, Juana de Arco fue llevada a la plaza del Mercado Viejo de Ruan. Vestía de mujer. La acompañaban dos frailes y 120 soldados. Un cartel colgado de su cuello decía: “Hereje, relapsa, apóstata e idólatra”. Antes de ser atada al poste, pidió una cruz. Un soldado inglés rompió su bastón y le improvisó una. Juana la besó y la estrechó contra su pecho. Mientras las llamas la envolvían, se le oyó repetir varias veces: “Jesús”.

Tras su muerte, a los 19 años, su cuerpo fue quemado nuevamente y reducido a cenizas, que fueron arrojadas al Sena. Nadie debía conservar reliquia alguna.
Años más tarde, su madre, Isabelle Romée, inició una campaña para limpiar su nombre. El papa Calixto III ordenó la reapertura del caso. En 1456, tras analizar más de cien testimonios, el nuevo tribunal anuló la condena y declaró su inocencia. Pierre Cauchon, ya fallecido, fue considerado hereje y excomulgado.
En el siglo XIX, Napoleón la erigió como símbolo de la nación. En 1909 fue beatificada por Pío X y en 1920 canonizada por Benedicto XV. A ella se le atribuyeron tres milagros relacionados a curaciones de monjas, una por una tuberculosis y dos por cáncer.
En Ruan, junto al mercado viejo, se construyó una iglesia en su honor. En una de sus paredes puede leerse: “Juana de Arco sin sepultura y sin imagen, tú que sabías que la tumba de los héroes es el corazón de los vivos”.
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