En el imaginario colectivo de los años ochenta y noventa, Action Park ocupaba un lugar peculiar en los Estados Unidos. Era una promesa de aventura sin límites. Un refugio donde las normas parecían ser dejadas de lados. El predio estaba ubicado entre las colinas de Vernon, Nueva Jersey. Este parque estuvo abierto entre 1978 y 1996. Se publicitaba como un destino para quienes buscaban emociones auténticas, sin filtros ni restricciones. Pero lo que inicialmente parecía un paraíso para los adictos a la adrenalina pronto se ganó un apodo menos glorioso: “el parque de diversiones más peligroso del mundo”.
A primera vista, Action Park ofrecía todo lo que cualquier parque temático aspiraba a tener. Tenía una amplia gama de atracciones que abarcaban desde emocionantes toboganes acuáticos hasta vehículos motorizados diseñados para tomar las curvas a alta velocidad. Bajo esta fachada, se escondía una realidad más oscura. Las instalaciones del parque desafiaban las leyes de la física y cualquier estándar razonable de seguridad. La combinación de diseños peligrosos, supervisión mínima y una dirección que priorizaba la ganancia sobre la protección creó un ambiente caótico donde el riesgo era una certeza de todos los días.
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Desde su apertura, el parque atrajo a millones de visitantes ansiosos por vivir aventuras que no iban a encontrar en otro lugar. Y ciertamente, eso fue lo que obtuvieron. Pero a medida que la reputación de Action Park crecía, también lo hacía la lista de tragedias asociadas a él. Seis muertes confirmadas y miles de lesiones graves se convirtieron en el oscuro legado de este experimento de entretenimiento sin precedentes.

La clave del desastre radicaba en la filosofía del propietario, Gene Mulvihill, un empresario sin miedo a empujar los límites de lo permitido. Mulvihill creía firmemente en la idea de que los visitantes debían enfrentarse a sus propios temores sin la interferencia de las regulaciones. Action Park no solo desafiaba las reglas físicas, sino también las legales. Con un sistema basado en empresas ficticias creadas en las Islas Caimán, el parque esquivaba reclamos legales e inspecciones estatales. Mientras tanto, los visitantes heridos —y sus familias— se enfrentaban a un muro de negación y agresiva defensa legal.
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A pesar de las tragedias, Action Park mantuvo un aura de fascinación. Para muchos, era un lugar donde podían probar sus límites. Allí, los adolescentes podían disfrutar de un subidón de adrenalina mientras los adultos se refugiaban en la nostalgia de una era menos regulada. Pero, detrás del glamour y la emoción, se escondían historias de dolor y pérdida que convirtieron al parque en una leyenda trágica.
Los juegos del terror
Entre las atracciones más peligrosas estaba el Tobogán Alpino, una combinación de cemento y fibra de vidrio que más parecía diseñada para arrancar la piel de los visitantes que para ofrecer diversión. Los usuarios descendían en pequeños trineos controlados por una palanca de freno que, en la mayoría de los casos, no funcionaba. “Era una trampa gigante disfrazada de atracción infantil”, relató un visitante años después en un medio de Estados Unidos. Las fotografías previas al descenso mostraban a niños sonrientes, pero las que seguían documentaban sangre, moratones y heridas. El primer accidente grave registrado en el parque ocurrió aquí, un oscuro presagio de lo que vendría.
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El resultado era predecible: visitantes que salían despedidos de la pista, choques entre trineos y una acumulación constante de lesiones. Desde abrasiones y fracturas hasta conmociones cerebrales. Las heridas eran tan comunes que el parque parecía más un campo de batalla que un destino de ocio. La muerte de un joven de 19 años en 1980, quien se golpeó fatalmente la cabeza contra una roca tras perder el control, marcó un oscuro hito en la historia del tobogán. Pero, en lugar de asumir la responsabilidad, el parque clasificó el incidente como un “accidente laboral”.
Por su parte, la piscina de olas se ganó el apodo de “la piscina de tumbas”. Con olas que superaban el metro de altura, sus profundidades representaban un peligro incluso para los nadadores experimentados. Los socorristas, jóvenes mal entrenados, atendían más de 20 rescates al día. Tres personas murieron ahogadas en esta atracción, incapaces de luchar contra la fuerza del agua y la falta de supervisión efectiva. La falta de flotadores o advertencias visibles solo agravaba el peligro.
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Pero nada podía preparar al visitante para lo que iba a vivir en el Cannonball Loop. Esta era una creación que desafiaba tanto la lógica como el sentido común. Este tobogán acuático con un giro vertical completo era tan peligroso que las pruebas iniciales con muñecos terminaron con varios decapitados. Mulvihill, lejos de abandonar la idea, ofreció dinero a empleados para que lo probaran. Quienes se atrevían salían con narices sangrantes, extremidades magulladas y una buena dosis de arrepentimiento. Esta atracción sólo estuvo abierta un mes antes de ser cerrada por las autoridades.
El diseño era tan defectuoso que los pasajeros quedaban atrapados en el bucle o salían disparados al final, a menudo con lesiones graves. Las historias sobre dientes incrustados en el tobogán y huesos rotos se convirtieron en leyenda urbana.
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Adrenalina peligrosa
En Action Park, incluso algo tan simple como saltar al agua se transformaba en un acto temerario. Los acantilados para bucear tenían un trampolín de unos 10 metros que daba a una piscina compartida con otras atracciones. Sin señalización clara ni personal que supervisara, los saltos a menudo terminaban en colisiones con nadadores desprevenidos que no esperaban un cuerpo en caída libre.
Además de las atracciones acuáticas, el parque también ofrecía actividades como las lanchas rápidas y los tanques de combate. Las lanchas capaces de alcanzar velocidades de hasta 80 kilómetros por hora eran conducidas en estanques pequeños llenos de obstáculos, escombros y, según testigos, incluso serpientes. Los choques eran inevitables, y las lesiones, comunes.
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Por su parte, los tanques, diseñados para disparar pelotas de tenis, parecían una idea inofensiva hasta que los visitantes comenzaron a usarlos para enfrentamientos caóticos que a menudo terminaban en golpes y accidentes. Estas atracciones, como muchas otras en el parque, eran menos un entretenimiento y más un deporte de contacto extremo.
Lo que hacía único a Action Park era su filosofía de “elige tu propia aventura”. Las restricciones eran prácticamente inexistentes, y el control sobre las atracciones recaía completamente en los visitantes. Adolescentes sin supervisión podían beber alcohol abiertamente, mientras que las señales de advertencia eran pocas o inexistentes.
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El columpio de Tarzán prometía una experiencia emocionante y al mismo tiempo una combinación de susto y frío paralizante. Los visitantes se balanceaban desde una cuerda para lanzarse a una piscina alimentada por un manantial natural. Pero el agua, a menudo estaba a 10 grados (Más de 10 grados menos que el océano en Mar del Plata en verano, por ejemplo). Esto provocaba que los cuerpos de los visitantes entraran en choque térmico al sumergirse. Un hombre de 20 años murió en 1984 tras sufrir un ataque cardíaco al caer al agua. A pesar de las críticas, la atracción siguió operando, dejando un rastro de historias entre lo cómico y lo aterrador.
El fin de una era
El caos de ACtion Park no podía durar para siempre. En 1996, después de seis muertes confirmadas, que incluyeron tres ahogados, un ataque al corazón, un golpe mortal en la cabeza y una chica electrocutada en un simulador de kayak, Action Park cerró sus puertas definitivamente. Los costos legales, las demandas acumuladas y una creciente desconfianza pública marcaron el fin de este experimento extremo.
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A pesar de todo, Mulvihill nunca perdió el orgullo por su creación. Su hijo, años después, reconoció que el parque “no era tan perfecto como esperaban”, pero aseguró que su padre logró algo único. “Un espacio que desafiaba los límites de la imaginación”, sostenía el joven. En 2014, el parque reabrió bajo una nueva dirección y un nombre diferente, Mountain Creek Waterpark, ahora con estándares de seguridad rigurosos. Hoy, Action Park vive como un recuerdo fascinante y aterrador, inmortalizado en documentales como Class Action Park, que HBO estrenó en 2020.
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