
“Yo bajo al infierno y sé cosas que no perturban la paz de los otros. Pero hay que tener cuidado. El infierno está subiendo y las ganas y necesidad de dar un garrotazo, de agredir y de matar es fuerte y es general”, le dijo como si fuera una premonición a un periodista de La Stampa el día anterior a su muerte. La noche del 2 de noviembre de 1975, el cadáver de Pier Paolo Pasolini apareció en un descampado cerca del puerto de Ostia. Lo habían asesinado de manera brutal: su rostro estaba desfigurado, tenía múltiples fracturas y los testículos destrozados a los golpes; el cuerpo estaba parcialmente quemado porque lo rociaron con nafta y lo prendieron fuego después de matarlo.
El crimen causó conmoción y no solo por su brutalidad. Escritor, director de cine, ensayista y filósofo, a los 53 años Pasolini era considerado -y con razón- una de las figuras más importantes de la cultura y la intelectualidad italianas de la segunda mitad del siglo XX. Y no solo eso, porque su doble condición de católico y marxista, su homosexualidad abierta y sus posiciones provocadoras lo habían convertido también en un emblema de las luchas contra el sistema. Era a la vez un ícono cultural y la encarnación del escándalo.
El caso pareció resuelto en pocas horas. Giuseppe “Pino” Pelosi, un joven taxi boy de 17 años, fue detenido por los carabineros cuando manejaba el Alfa Romeo de Pasolini. Primero dijo que lo había robado, pero dos horas más tarde, cuando fue descubierto el cuerpo, confesó también en crimen. Aseguró que había sido en defensa propia, que Pasolini había querido obligarlo a tener sexo y que se resistió, que el director de Teorema lo atacó y él respondió, que lo golpeó y luego, al escapar, lo atropelló con el auto pasándole por encima. En la jerga periodística de esos tiempos, se trató de un “crimen pasional”.

Pelosi fue condenado como autor del homicidio, pero muchas cosas no cerraban: nadie podía explicarse cómo ese joven debilucho había podido matar al atlético Pasolini, era difícil creer que hubiera actuado solo; además, Pino no tenía casi manchas de sangre en su ropa, lo que no era consistente con la brutalidad del asesinato, y tampoco se pudo identificar al dueño de un pulóver -que no era de la víctima ni del criminal confeso- que se encontró en el auto; por último, Pasolini estaba a punto de publicar un nuevo libro donde, prometía, revelaría una escandalosa trama de negocios y muerte en lo más alto del poder económico y político del país, por lo que era probable que hubiera muchos poderosos a quienes les convenía silenciarlo.
Una de las primeras en desconfiar fue la periodista Oriana Fallaci -la misma que unos años más tarde entrevistó y puso contra las cuerdas al dictador argentino Leopoldo Galtieri-, para quien el relato oficial y el proceso judicial encubrían una trama mucho más oscura. En una columna del diario L’Europeo escribió que luego de investigarlo a fondo había llegado a la conclusión de que el asesinato estaba planificado y que era obra de tres o más personas.
El director de películas de culto como El Evangelio de San Mateo, El Decamerón, Edipo, hijo de la fortuna y Saló o los 120 días de la ciudad de Sodoma, entre otras, y de novelas como Chicos del arroyo y Una vida violenta, dejaba un legado cultural inapreciable, pero también un enigma, el de su muerte, que durante décadas buscó respuestas y solo las ha encontrado parcialmente.

La primera versión
Era sabido que Pasolini tenía la costumbre de hacer citas o recoger directamente de la calle a hombres muy jóvenes que se prostituían. Por eso no extrañó que en su confesión Pino relatara que había arreglado con el cineasta para cenar juntos en el restaurante Biondo Tevere, cerca de la Basílica de San Pablo Extramuros.
Contó que habían comido espaguetti, que Pasolini acompañó con cerveza, y que salieron del local alrededor de las 23:30 para ir a un lugar aislado cerca del puerto de Ostia para “toquetearse un poco”, servicio por el que Pino recibiría veinte mil liras.
Según la confesión, todo había marchado sobre rieles hasta que llegaron a un lugar cerca del mar, donde Pasolini detuvo su Alfa Romeo y le propuso a Pelosi tener sexo allí mismo. Eso era lo pactado, pero -siempre de acuerdo con ese primer relato- la situación se desmadró porque Pasolini quería utilizar un palo de madera en el acto, no quedaba claro si para que Pino lo sodomizara o al revés. Pelosi se negó y se bajó del auto. Entonces el director salió detrás de él y lo persiguió esgrimiendo el palo con el que comenzó a golpearlo. Pino le dijo a la policía que en ese momento pudo tomar un garrote para defenderse y terminó derribando a su atacante “en defensa propia”, que corrió al auto para escapar y que al hacerlo atropelló involuntariamente a Pasolini y le pasó por arriba con las ruedas.
Nunca pudo dar cuenta de dónde había sacado el garrote, ni relatar coherentemente la pelea y mucho menos explicar por qué el cuerpo de Pasolini estaba parcialmente quemado. Sin embargo, a base de esa confesión y sin ninguna otra prueba, el Tribunal superior condenó a Pelosi por “homicidio en colaboración” -sin especificar en colaboración con quién- a nueve años y medio de prisión. Una pena relativamente corta que se debió a que el acusado era menor de edad en el momento de cometer el crimen.

Tres décadas después
Giuseppe Pelosi cumplió su condena y al salir en libertad no volvió a hablar de la muerte de Pasolini hasta 2005, treinta años después del crimen, cuando le dio una entrevista a RAI 3. Allí dijo que había mentido por temor a represalias contra su familia y cambió radicalmente su versión sobre los hechos de la noche del 2 de noviembre de 1975.
Relató que después de haber tenido sexo oral con Pasolini salió del auto y se alejó unos metros para orinar. Según esta nueva versión, en ese preciso momento aparecieron tres hombres desconocidos, “de 45 o 46 años, con acento calabrés o siciliano”, que comenzaron a insultarlos y molieron a golpes al cineasta mientras le gritaban “maricón, sucio comunista”.
Pelosi explicó que los matones habían amenazado de muerte a él y a su familia si se atrevía a revelar lo ocurrido, y que entonces había mentido en su confesión inicial. Reconoció, en cambio, que había pasado por encima del cuerpo de Pasolini cuando, asustado, huyó en el auto.

Después de escucharlo, la familia del cineasta reclamó la reapertura del sumario, que fue engrosado con el testimonio de su amigo Sergio Citti, quien afirmó que Pasolini acudió a la cita con Pino porque era víctima de un chantaje por el robo de unos rollos de su película Salo.
En una nueva declaración judicial, Pelosi fue mucho más preciso: “Pasolini fue asesinado por tres personas. Lo golpearon a sangre fría delante de mis propios ojos. Eran romanos. Dos eran los hermanos Borsellino (Franco y Giuseppe). Fue víctima de una emboscada estudiada al detalle. Lo convencieron para ir a Ostia con la excusa de negociar la venta de las cintas de la película Saló, robadas tiempo atrás. Él tenía consigo el dinero, era una excusa para tenderle una emboscada”, dijo ante el fiscal.
La policía científica italiana pasó varios años llevando a cabo interrogatorios, pero no pudo atribuir a nadie los restos de ADN encontrados en el auto, lo que llevó a que el caso volviera a cerrarse en 2015. Pelosi murió poco tiempo después, a los 59 años, llevándose parte, sino toda, la verdad a la tumba.

Una conspiración política
Cuando Pino murió, la hipótesis de la existencia de una conspiración política para asesinar a Pasolini circulaba desde hacía tiempo, desde que se supo que tenía la intención de revelar en el libro que estaba escribiendo, Petróleo, el nombre del culpable del presunto homicidio -disfrazado de accidente- del industrial Enrico Mattei, presidente de la petrolera italiana Eni. Quienes abonan esa teoría sospechan que el asesinato de Pasolini fue un crimen político que se buscó encubrir al hacerlo pasar como una pelea entre homosexuales.
Uno de los defensores de esta hipótesis fue siempre el cineasta Federico Bruno, que investigó a fondo la vida de su colega asesinado para hacer una película sobre su vida y su obra. “Hoy, en Italia se sigue diciendo que fue un homicidio casual, pero en el proceso no se hizo ninguna investigación. Fue todo un complot entre los servicios secretos, la Iglesia y los políticos. Se había creado un ambiente de que Pasolini era un hombre peligroso que hacía daño a la sociedad italiana y a la democracia. Es absolutamente injusto cómo una figura como Pasolini ha sido borrada de la memoria de Italia. Fue un testigo de su época que se dedicó a denunciar la pobreza, la corrupción y las miserias. Con su cine rompió de manera rotunda los esquemas estéticos de la época”, sostuvo.
En octubre 2023, la Comisión Parlamentaria Antimafia italiana produjo un informe en el que se calificó la muerte de Pasolini como un “crimen sin resolver” y reclamó, una vez más, la reapertura de la investigación, pero un año más tarde la Fiscalía de Toma sigue sin pronunciarse sobre el pedido.
Casi medio siglo después de aquella trágica noche del 2 de noviembre de 1975, el misterio que rodea el asesinato de Pier Paolo Pasolini está lejos de ser desvelado por completo. Tampoco se ha cumplido la esperanza que expresó en su última entrevista: “Se entiende que añoro la revolución pura y directa de la gente oprimida cuyo único objetivo es ser libre y dueña de sí misma. Imagino que aún puede llegar un momento así en la vida de Italia y del mundo”, le dijo al periodista de La Stampa.
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