
Cuando a principios de mayo de 1944 el teniente coronel de las SS Rudolf Hoss, antiguo comandante de Auschwitz-Birkenau desplazado de su puesto mediante un supuesto ascenso cuando en realidad estaba sospechado de corrupción, recibió la orden de volver a hacerse cargo del mayor campo de concentración y exterminio montado por los nazis durante la guerra, supo que el Tercer Reich requería una vez más de su comprobada eficiencia en la maquinaria de la “solución final”.
Hoss pensó que se preparaba algo realmente grande y no se equivocó: estaría a cargo del último paso de una aceitada operación destinada a eliminar a centenares de miles de judíos que serían transportados desde Hungría hasta Polonia para acabar en las cámaras de gas.
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Para principios de 1944 vivían en Hungría unos 825.000 judíos que hasta entonces habían esquivado la muerte, por lo que constituían la única comunidad de la Europa ocupada por los nazis que se había mantenido casi intacta desde el inicio del Holocausto. Eso se debía a que, pese a un abierto antisemitismo que se traducía en fuertes leyes discriminatorias, el gobierno del primer ministro Miklós Kállay -aliado de Adolf Hitler- se negó desde el principio a cumplir con los pedidos alemanes para que deportara a la población judía del país.
Por eso, a la numerosa comunidad original de judíos húngaros, desde el principio de la guerra se habían sumado alrededor de 15.000 escapados de sus países ocupados para refugiarse en la precaria seguridad que les otorgaba Hungría.
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Esa seguridad comenzó a derrumbarse en marzo cuando Hitler sospechó que Kállay ya no confiaba en la victoria nazi y planeaba en secreto firmar unilateralmente la paz con los aliados. Su reacción fue ordenar la ocupación de Hungría para instalar un gobierno títere que le respondiera completamente.

La ocupación nazi
La llegada de los nazis a territorio húngaro tuvo también como consecuencia que se aplicara la misma política de “solución final” del resto de los países ocupados, con la obligación de los judíos de llevar una estrella de David amarilla pegada en sus ropas, bien a la vista, y la creación de guetos, el más grande de ellos en la capital, Budapest, donde fueron concentrados en grandes edificios departamentos marcados con estrellas amarillas.
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Esa fue la primera etapa del proceso de deportación y exterminio para cuya etapa final el teniente coronel Rudolf Hoss fue convocado y restituido en su cargo de la comandancia de Auschwitz-Birkenau.
Fue una operación monumental que comenzó el 15 de mayo y pasó a la historia como el Holocausto de Hungría: en menos de dos meses, 427 mil judíos fueron trasladados en 1.500 trenes hasta Auschwitz para ser inmediatamente exterminados. Apenas unos pocos miles pudieron sobrevivir.
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La deportación de judíos al siniestro campo de concentración instalado en Polonia terminó de manera abrupta el 8 de julio de 1944, cuando debido a presiones del Vaticano y de los aliados a través de diplomáticos de países neutrales el primer ministro Mikós Horty detuvo los traslados.

Eichmann en Budapest
La reinstalación de Rudolf Hoss en Auschwitz-Birkenau para llevar a cabo el último paso del Holocausto de los judíos húngaros fue sugerida por el teniente coronel Adolf Eichmann, el hombre a quien Hitler y Heinrich Himmler habían elegido para que llevara adelante en la práctica la “solución final”.
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La magnitud de la operación húngara hizo que el propio Eichmann se trasladara a Budapest en abril de 1944 para planificar y controlar personalmente la puesta en marcha del proceso de selección y deportación.
La celeridad con que se pudo llevar a cabo la identificación y la concentración de los judíos en los guetos donde esperarían hasta ser deportados se debió a que el gobierno antisemita húngaro de Kállay -pese a negarse a deportarlos- había realizado un pormenorizado relevamiento de la población judía del país.
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Años después de terminada la guerra se supo cómo se llevó a cabo ese trabajo de inteligencia. Recién en 2011, el descubrimiento casual en un edificio de Budapest de 6.300 formularios que debían rellenar los ciudadanos a requerimiento del gobierno, donde entre otras cosas se los interrogaba sobre su raza, nacionalidad y religión, mostró que desde el principio los nazis contaron con una “base de datos” que les facilitó la tarea.
Con la mayor parte de los judíos identificados y concentrados en guetos, el primer tren partió con destino a Auschwitz con 3.500 hombres, mujeres y niños hacinados en sus vagones.
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Testimonios de un gueto
Ana María Goldstein era una niña cuando los nazis ocuparon Budapest y comenzaron a identificar y concentrar a los judíos en guetos. Sobrevivió porque tuvo la suerte de no ser trasladada a Auschwitz. “Desconocíamos totalmente cuál era el destino de nuestros seres queridos. Como nos prohibieron viajar en trenes, nos quitaron los radios y se interrumpieron las comunicaciones, no pudimos tener noticias de la familia. Tuvimos que colocarnos la estrella amarilla, carecíamos de comida, debíamos trasladarnos al gueto inmediatamente”, le contó al periodista Ricardo Angoso, de Aurora Israel.
Estaba todavía en Budapest con sus padres cuando se suspendieron las deportaciones el 8 de julio de 1944, pero para entonces ya había perdido al resto de su familia. “Casi todos murieron en el Holocausto. Mis abuelos maternos, paternos, tíos y primos. De una familia muy numerosa fueron asesinados casi un centenar de personas. He investigado estas muertes y están todas documentadas, tengo datos sobre las fechas de los transportes, inclusive el número del vagón en el que fueron deportados”, explicó.
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El escritor Béla Zsolt, que había huido de la Francia ocupada a Hungría para no caer en manos de los nazis, salvó su vida al escapar del gueto de Budapest pocos días después de ser internado allí. En sus recuerdos escritos dejó un testimonio desgarrador: “Estoy echado sobre un colchón, en el centro de la sinagoga, al lado del Arca de la Alianza. La lámpara cuya bombilla el médico jefe, el doctor Németi, pintó anoche con tinta azul para asegurar un cierto ambiente de hospital, se apaga por momentos. Fuera, en la ciudad, siguen los bombardeos; pero eso a nosotros no nos interesa. La estrella amarilla, ese estigma, no solamente nos excluye de los beneficios de la vida sino también de sus temores. No tenemos miedo a los bombardeos, no tenemos miedo a ninguna forma de muerte. Yo estoy rodeado por doquier de cuerpos muertos”, relató.
En cambio, Violeta Friedmann sí fue trasladada a Auschwitz y dejó constancia de aquel viaje de terror. “A finales de mayo de 1944, y una vez reunidos todos los judíos de la provincia, nos llevaron a la estación y nos hicieron subir a un tren muy largo. No era un tren de pasajeros, sino una interminable fila de vagones de ganado, con unas rejillas minúsculas, lo justo para que entrara un poco de aire, horriblemente sucios y malolientes. En cada vagón instalaron a cien o ciento veinte personas, de tal modo que, una vea bien cerradas las puertas desde fuera, apenas cabíamos. Aquel viaje hacia el infierno…”, contó.
Fue una de las pocas judías trasladadas desde Hungría que sobrevivieron en el campo de concentración y nunca encontró otra explicación que la del azar. “¿Por qué sobreviví? Es una pregunta que me hacía todos los días y que aún hoy me la sigo haciendo. La suerte fue un elemento fundamental para que sobreviviera pues muchas veces nuestros verdugos y carceleros elegían a mujeres que estaban a mi lado para enviarlas a los hornos crematorios y a mí no me tocó por el azar. La muerte era algo cotidiano y estábamos acostumbradas a que cualquier día podríamos ser las elegidas para ser enviadas a las cámaras de gas. Los verdugos nos elegían al azar y cualquiera podría ser la siguiente en engrosar la siniestra lista de las víctimas; no había ninguna lógica en la elección de las que iban a morir”, le dijo al periodista de Aurora Israel.

“El Ángel de Budapest”
Al tomar conciencia de la magnitud y la brutalidad de la operación nazi sobre los judíos húngaros, unos pocos diplomáticos de países neutrales que cumplían funciones en las embajadas de sus países en Budapest reaccionaron y decidieron hacer algo para ayudar.
Uno de ellos fue Ángel Sanz Briz -que pasaría a la historia como “El Ángel de Budapest”- un joven zaragozano que fungía como encargado de negocios encargado de Negocios en la Embajada de España en la capital húngara. En junio de 1944 informó a Madrid sobre la situación de los judíos y la existencia de deportaciones masivas hacia los campos de exterminio.
En uno de sus informes detalla: “Afirman que el número de los israelitas deportados se aproxima a 500.000. Sobre su suerte en la capital corren rumores alarmantes. Insisten en que la mayoría de los deportados judíos (en cada vagón de carga van unas 80 personas amontonadas) están dirigidos a un campo de concentración cercano a Kattowitz donde los matan con gas, utilizando los cadáveres como grasa para ciertos productos industriales”.
Al no recibir respuesta desde Madrid, donde el dictador Francisco Franco mantenía la neutralidad -aunque no ocultaba sus simpatías por los nazis-, decidió obrar por su cuenta y comenzó a falsificar documentos consulares para otorgarles la nacionalidad española a los refugiados, sobre la base de una ley española de 1924, destinada a los judíos sefardíes.
También escondió a judíos en la embajada española y se le pagó sobornos a los policías locales para evitar deportaciones. “Logré que el gobierno húngaro autorizara la protección por parte de España de 200 judíos sefardíes. Luego convertí esas 200 unidades en 200 familias, y esas 200 familias se multiplicaron indefinidamente mediante el simple procedimiento de no darle salvoconducto a los judíos en grupos que superaran los 200 “, escribió Sanz Briz en otro informe.
Finalmente, Sanz Briz debió salir de Budapest en noviembre de 1944 por orden de sus superiores, que temían sufrir represalias por parte del ejército soviético que se aproximaba, debido a la ayuda de España a los alemanes en el frente oriental.
En el balance final -cuidadosamente detallado por el propio Sanz Briz- dejó constancia de que otorgó 232 pasaportes provisionales a 352 personas, 1.898 cartas de protección y 15 pasaportes ordinarios emitidos a 45 judíos sefardíes.

El Holocausto en Hungría
Cuando el 8 de julio de 1944, convencido de que la guerra estaba perdida y sometido a la presión internacional, el primer ministro Mikós Horty detuvo las deportaciones de los judíos húngaros a Auschwitz-Birkenau, la operación implementada por los nazis había llevado a más de cuatrocientos mil judíos a la muerte en el campo de exterminio comandado por Hoss en territorio polaco.
Los historiadores coinciden que para esa fecha, a excepción de Budapest, todo el territorio de Hungría era “judenrein”, el término que los alemanes utilizaban para denominar a las áreas libres de judíos.
Pero la suspensión de los traslados no terminó con el Holocausto húngaro. En octubre de ese año hubo otro cambio de gobierno, con la llegada del partido pronazi y antisemita Cruz Flechada, la masacre continuó. Miles de judíos que todavía sobrevivían en Budapest fueron asesinados a orillas del Danubio, mientras que otras decenas de miles, especialmente mujeres, fueron enviados en “marchas de la muerte” -imitando el modelo del genocidio armenio cometido por Turquía- hacia la frontera austríaca.
Cuando a principios de 1945 las tropas del Ejército Rojo entraron de Budapest el Holocausto en Hungría dejaba un saldo devastador, con la eliminación de 700.000 de los 825.000 judíos que vivían en el país, la enorme mayoría de ellos trasladados y asesinados en apenas unos pocos meses.
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