
Mona Basile se sienta en el restaurante del hotel porteño en el que se está alojando y hace un silencio breve. Es psicóloga, periodista y escritora y está pensando -se le ve- por dónde empezar a relatar la historia. Hay calma en su voz, aunque lo que está por contar no es técnicamente “la historia” sino “su historia”: la historia que, cuando era una nena de 4 años, abrió una larguísima grieta en el asfalto, como en los dibujitos animados.
“Yo vengo de una familia muy disfuncional. Mi papá me dejó plantada a los cuatro años”, dice a Infobae, y enseguida desarma la frase: “Me refiero concretamente a que me dijo ‘te paso a buscar tal día a tal hora’ y no apareció nunca más”.

A ese hombre, que no era un señor de poca educación sino un empresario -el representante de la empresa Polaroid en Argentina- Mona le puso un nombre: “Papá fantasma”. Hoy está, mañana bum, desapareció.
“Desde ese momento tuve que llenar una historia, o inventarla, porque eran los 70′, no era común tener padres separados o padres fantasma, y en el colegio los otros chicos me preguntaban ‘¿y tu papá qué hace?’, ‘¿y tu papá por qué no viene al acto?’, ‘¿y tu papá por qué nunca te viene a buscar?’. Así que desde muy chica tuve la sensación de que era diferente, que mi vida no era como las de los demás”.
¿Y qué pasó?
Pasó que Mona se sintió siempre no un “gato negro” sino directamente “un gato violeta”. Y que pasó el resto de su vida “tratando de encajar en un patrón de supuesta normalidad”, tratando de ser un gato más.
¿Hay que casarse como el resto de las mujeres? Ok: no funcionó. ¿Hay que tener hijos como el resto de las mujeres? Ok: tampoco funcionó.

Fue mientras se revolcaba en el barro de todos esos “no” que Mona dejó de forzar y, de a poco, logró con ese barro empezar a darle forma a quien siempre había querido ser. Tenía 51 años, la edad en la que mucha gente cree que “ya está”, que ya es demasiado tarde para “pegar el volantazo”.
La nena
Mona Basile tiene ahora 55 años y desde hace un tiempo vive en Lisboa, Portugal. Vino a Argentina a presentar su primer libro, el texto en el que se animó a poner en palabras todos esos “fracasos” -una palabra que no le gusta usar pero que usa- que, en definitiva, le sirvieron para “resetearse”, renacer.

“Desde chica quise ser escritora. A los cuatro años, la edad en que desapareció mi papá, escribía y leía, me enseñó mi abuela. La escritura y la lectura fueron siempre ese segundo cielo del que habla Cortázar, ese refugio en donde yo podía reformular ese mundo en el que vivía, inventar otro”, arranca.
A ese “papá fantasma” volvió a verlo siete años después del día del abandono, y al pasar. Mona y su mamá se iban a vivir a Brasil y ese hombre -que legalmente seguía siendo un padre, con todos sus derechos- tenía que firmarles un permiso.
Desde entonces la necesidad de Mona de “encajar” en el molde no hizo más que endurecerse.

“Después crecí. ¿La verdad? Nunca estuvo en mí esto de ‘me quiero casar’, ‘quiero formar una familia’. Pero a los 39 años conocí a un hombre y seis meses después me casé. Y ahí pensé ‘bueno, ahora sí mi vida va a ser como la de las otras mujeres. Ahora tengo un hogar, tengo un marido’”, sigue.
“Un día él me preguntó ‘¿te gustaría tener un hijo?’. Yo ni lo pensé, pero dije ‘sí, claro’. Yo sentía ‘bueno, al fin entré en la carretera”.
Pero los años empezaron a correr, ¿y el embarazo? Nada. Mona empezó entonces a hacer tratamientos de fertilidad.
“Yo era la promotora de hacer todo esto, pero había muchas discusiones, porque él decía ‘dale’ y después ‘ah, pero ahora no estoy seguro’”, cuenta ella. Mona se había acostumbrado a vivir en ese malestar, el clásico “no seré feliz pero tengo marido”.

El último intento de fertilización fue cuando tenía 49 años.
“La verdad es que después de ese fracaso...mmm, no me gusta llamarlo así: después de eso que no pudo ser, me deprimí mucho. Fue un impacto durísimo, me sentí muy sola. Es muy difícil hacer tratamientos de fertilidad si no tenés una pareja que te acompaña”.
Un año más tarde Mona le dijo que quería separarse. “No lo hice con seguridad, no imagines eso: cuando tomé la decisión tenía pánico de volver a estar sola. ¿Sabés que me respondió él? ‘Bueno’. Nada más”.
Hacía 13 años que estaban juntos.

“Yo pensé ‘¿pero no va a luchar por mí?’. Y no, es que no había nada. Uno de los dos lo tenía que enunciar, uno de los dos tenía que decir ‘me quiero separar’, y en general somos las mujeres las que decimos las cosas”, sostiene.
“Yo tenía 51 años, y lo subrayo porque parece que a cierta edad una se jubila de la vida y se tiene que conformar con lo que tiene”.
La pandemia estaba a punto de comenzar: los encontró separados, pero aún viviendo juntos. Fue ahí que Mona empezó a escribir un diario personal.

Es cierto que es frecuente saber de parejas que se divorcian. De hecho, en Argentina las estadísticas muestran que por cada dos parejas que se casan, una se divorcia. Pero que sea frecuente no quiere decir que el impacto no sea bestial, aún cuando sea una quien toma la decisión.
“El divorcio fue un punto de inflexión enorme en mi vida. Al principio estuve bien, pero unos meses después se me vino el mundo abajo. Todo en lo que yo había creído, todo a lo que yo había apostado, no existía más: nada por aquí, nada por allá”.
El libro es una novela de no-ficción, se llama “Yo soy la que sobra en este mundo”, y la frase es exactamente lo que ella sintió.
Pensaba “estoy sentada en la mesa de los perdedores’, o ‘bueno, parece que tener una familia no es para mí, desde que era chica que es así’. Suena muy dark pero no lo planteo como una tragedia porque no soy así, más bien como algo tragicómico”, sonríe.

¿Y ahora?
Mona pasó los años que siguieron intentando mirar hacia adentro, conocerse por primera vez. ¿Quería de verdad ser madre o era parte de una lista de cosas que creía que debía cumplir para encajar en el patrón de “normalidad”?
“Entendí que no era un deseo genuino, pero tuvo que pasar mucho tiempo y mucho trabajo subjetivo para poder aceptarlo. No era un deseo genuino como sí era escribir, viajar, las cosas que finalmente terminé logrando porque no eran forzadas”.
Las preguntas empezaron a amontonarse. “¿Y entonces quién soy? ¿Qué quiero? ¿Dónde quiero estar?”.
Fue en ese contexto que un primo que en 2020 se había ido a vivir a Lisboa, Portugal, le preguntó: “¿Por qué no te venís?”. Mona andaba como bola sin manija pero la idea, igual, le pareció lejana. ¿Emigrar después de los 50? ¿Sola?

En diciembre de 2021 finalmente se fue. Emigrar sola a los 53 años no es lo mismo que ir a juntar kiwis a Nueva Zelanda a los 20.
“Cuando llegué todos me preguntaban lo mismo ‘¿tenés marido, tenés hijos? Y yo pensaba ‘por Dios, ¿no hay otra cosa que quieran saber de mí?”. Trató de adaptarse, pasó allá casi un año pero el desarraigo le resultó más difícil de lo que había imaginado.
En agosto del año pasado, cuando ya había tomado la decisión de volver a Argentina, sucedió algo que ella llama “una escena cinematográfica”.
Mona había ido a almorzar a un restaurante dentro de un supermercado y se sentó sola en una mesa. En la mesa de enfrente había un hombre sentado solo.
“En un momento pasaron unos franceses haciendo un escandalete. Yo me reí, y él también”.
Empezaron a hablar de mesa a mesa. El hombre se llamaba Antonio, era dentista y brasilero. Ya tenían un tema en común, porque Mona había vivido en Brasil de chica. Charlaron a la distancia hasta que ella lo invitó a acercarse a su mesa.

“En un momento se puso a recitar un poema de Paulo Mendes Campos. ¿Sabés qué dice el poema? Se me está haciendo difícil cruzar este río. Eso me confundió antes. Ya dejé de amar los desencuentros”, recita, y florece.
Fueron a cenar pero Mona ya tenía pasajes para volver a Argentina.
Él en Portugal y ella en Buenos Aires siguieron hablando por teléfono, compartiendo música. Hasta que Mona entendió que lo que siempre había deseado había quedado en Lisboa.
“Yo sí creía que iba a volver a estar con alguien, pero no pensé que iba a encontrar a alguien como él. No es ‘el hombre que me rescató', no es ‘el príncipe azul’ que salva a la mujer, por favor. Lo que quiero decir es que es alguien que tiene algo para dar, para compartir, alguien que tiene ganas”.

“Mucha gente me decía ‘¿para qué te vas a meter en otra relación?’. Y yo pensaba ‘¿por qué no? ¿Por qué no me voy a dar la oportunidad si yo tampoco soy la misma?’. Por primera vez en la vida yo permitía que una pareja me ayudara, me diera algo. Por primera vez me mostré vulnerable, mostré lo que sentía”.
Hacía 32 años que Antonio vivía en Portugal por lo que la ayudó, sobre todo, en el duelo migratorio.
En enero de este año, también en Portugal, Mona logró por fin conectar con el deseo de la Mona chiquita: ser escritora. Y allá empezó a editar el libro. Allá también terminó de aceptar que nunca había querido ser madre. Allá comenzó la relación con Antonio, que sigue siendo su compañero.
“Primero tuve que atravesar toda esa turbulencia horrible, recién ahí vino lo otro”, se despide. “Esto es algo que me decía mi mamá, lo pienso y la escucho: ‘Vos andá para adelante, seguí: si las cosas no salen como imaginabas siempre se puede pegar el volantazo”.
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