
Joel López salió temprano de su trabajo en Ciudad de México la tarde del 25 de enero de 2006. El día estaba soleado y caminó por las calles sin prestar atención a los carteles con el identikit de la asesina serial más buscada del país, “la mataviejitas”. Como la mayoría de los habitantes del Distrito Federal, de tanto verlos ya no los veía: estaban en las paredes, en la cartelería de las paradas de colectivo, en las estaciones de subterráneo y, claro, en todos los medios de comunicación.
Si se hacía la cuenta, “la mataviejitas” tenía más de 40 víctimas en su haber -el cálculo más preciso sumaba 48-, todas mujeres de entre 60 y 95 años a las cuales había estrangulado en sus casas con lo que encontraba a mano: la cuerda de una cortina, un hilo sisal, el cable de un velador o de una radio, un estetoscopio.
Venía matando desde hacía por lo menos ocho años y tenía desconcertada a la policía mexicana, que en ese lapso había anunciado dos veces su captura frente a micrófonos y cámaras de televisión, y a la justicia, que ya llevaba condenadas a dos “mataviejitas” -un hombre y una mujer- y las había metido en la cárcel.
A pesar de las detenciones, los crímenes no paraban. O había más de una “mataviejitas” o la policía y la justicia -presionadas por la opinión pública- venía culpando a inocentes para sacarse de encima esa presión.
Te puede interesar: Tenía 8 años y desapareció cuando iba a la iglesia: el recuerdo íntimo que resolvió el crimen atroz medio siglo después
El modus operandi de la asesina o del asesino disfrazado de mujer era siempre el mismo: se hacía pasar por enfermera, asistente social o trabajadora doméstica, se ganaba la confianza de las mujeres en la calle o presentándose en sus casas con el ofrecimiento de ayuda social, lograba entrar y las mataba.
En nada de eso pensaba Joel López mientras volvía al departamento que le alquilaba a Ana María de los Reyes Alfaro, una anciana vivaz de 89 años, que vivía en el mismo edificio. Hacía años que Joel era inquilino de Ana María, y esa tarde, aprovechando la salida temprana del trabajo, pensaba llamar a su puerta para compartir una limonada, como hacían con frecuencia.
Le llamó la atención que la puerta de Ana María estuviera abierta y la llamó con un código que compartían: silbar La chorreada, de Pedro Infante. No tuvo respuesta. Entonces entró y cuando llegó a la sala quedó paralizado: su amiga yacía en el suelo, con el cuello apretado por un cable que después se sabría que era el de un estetoscopio.

Joel seguía sin reaccionar cuando vio a la mujer robusta, vestida con un abrigo color rojo, que lo miraba desde el otro extremo de la habitación, y continuó paralizado mientras veía que se iba caminando hacia la puerta y ganaba la calle.
Finalmente pudo moverse y salió detrás. La vio a unos cincuenta metros, alejándose y atinó a gritar: “¡Atrapen a esa mujer! ¡Atacó a Ana María!”. Lo escucharon dos policías que, no sin trabajo porque era fuerte, lograron reducir a la mujer.
En ese preciso momento terminó la carrera criminal de Juana Barraza Samperio, de 49 años, la verdadera y única “mataviejitas” -o “La dama del silencio”, como le gustaba que la llamaran en el gimnasio de lucha libre-, pero también salió a la luz una trama que había llevado a dos inocentes a la cárcel con la intención de ocultarle a la sociedad la impotencia política, policial y judicial para atrapar a la asesina serial más famosa de la historia de México.
Te puede interesar: La masacre de los marqueses de Urquijo: dos cuerpos acribillados en una mansión y los interrogantes de un caso siniestro
La niña abusada
Después de la detención, la vida -y sobre todo la infancia- de Juana Barraza Samperio se convirtió en objeto de todo tipo de teorías y especulaciones mediáticas. Se competía por explicar cómo había llegado a convertirse en “esa mujer monstruosa” capaz de matar con sus propias manos a tantas “abuelitas”, como la prensa mexicana llamaba a sus víctimas.
“La mataviejitas” dio su propia explicación en el tribunal: “Odiaba a las señoras porque mi mamá me maltrató, me pegaba y siempre me maldecía, un día me regaló con un señor grande y yo fui abusada, por eso odiaba a las señoras, yo sé que no es excusa, no merezco perdón ni de Dios ni de nadie, pero ya lo hice”, le dijo al juez.
Sus documentos decían que nació el 27 de diciembre de 1958 en Pachuca de Soto, estado de Hidalgo, a lo que Juana Barraza agregaba que ese mismo día había comenzado su desgraciada infancia, porque su padre decidió abandonarlas a su madre y a ella sin siquiera levantarla en brazos. Cuando el hombre se fue, se llevó también al hijo mayor de la pareja, de modo que nunca conoció a su hermano.
Cuando Juana tenía tres meses, la madre se fue con ella a Ciudad de México, donde formó pareja con otro hombre y sobrevivía haciendo tareas domésticas.
En la memoria de Juana, cuando su madre no estaba trabajando o durmiendo tenía una bebida en la mano. Borracha -contaba “la mataviejas”- le gritaba y le pegaba por cualquier cosa. Cuando llegó a la adolescencia, la situación empeoró. Para no dejarla sola en la casa, la llevaba a los bares donde bebía y una noche se la ofreció a otro borracho a cambio de tres cervezas. El hombre se la llevó, la ató y la violó. Así, contó, quedó embarazada de su primer hijo.
La madre, a la que Juana ni siquiera nombraba por su nombre, murió de cirrosis cuando ella tenía 18 años. No la lloró sino que se sintió aliviada, pero también cargada de un rencor que la llevaría, años después” a “odiar a las señoras”.
“La dama del silencio”
En su confesión del asesinato de Ana María de los Reyes Alfaro, Juana Barraza dijo que, de haber tenido suerte, la lucha libre pudo haberla salvado de convertirse en una criminal, porque le permitía sacarse de adentro la violencia que guardaba en su cuerpo.
Su carrera como luchadora profesional, para la cual adoptó el apodo de “la dama del silencio” parecía promisoria hasta que, en una mala caída se lesionó la columna. En el hospital, el traumatólogo le dijo que si seguía luchando podía quedar inválida.
A pesar de eso, siguió frecuentando el ambiente, el incluso siguió usando el disfraz de su personaje, pero la frustración de no poder pelear la iba consumiendo día tras día. Intentó convertirse en promotora de lucha libre y en representante de otras deportistas pero, aunque se la seguía recibiendo bien entre sus antiguas colegas, nadie aceptaba sus ofrecimientos.

En el documental de Netflix estrenado este año, “La dama del silencio”, una de sus ex colegas relata que, aunque no podía seguir luchando y estaba sin trabajo, para mediados de la década de los ‘90 Juana seguía yendo al gimnasio donde entrenaban y las invitaba a comer. “Gastaba mucho dinero, no sabíamos cómo lo conseguía. Ella decía que tenía un buen trabajo, pero nunca nos explicó cuál era”, dice.
Ninguna de sus antiguas compañeras del cuadrilátero imaginó que Juana podía estar robando y, mucho menos, matando. “La recuerdo siempre como una persona amable, dulce y tranquila, no puedo creer que haya matado a esas mujeres”, dice una de las entrevistadas para el documental.
El raid criminal
Juan Barraza se cobró su primera víctima en 1998, cuando asesinó a la anciana María Amparo González estrangulándola con un cable. Ese mismo año mató a Concepción Carranza, también por asfixia.
Los años siguientes la lista de víctimas fue aumentando casi exponencialmente hasta sumar 49: 2 en 1999, 2 en 2001, 4 en 2002, 12 en 2003, 17 en 2004, 11 en 2005 y una en 2006, cuando todavía no había terminado enero y la capturaron.
En un primer momento negó ser “la mataviejitas” y solo aceptó, ante el peso de los testigos y la evidencia, haber asesinado a Ana María de los Reyes Alfaro, su última víctima.
A la psicóloga que le hizo los exámenes psicométricos, le contó que el 25 de enero, alrededor de las 11 de la mañana, andaba por la calle en busca de un trabajo cuando vio a una anciana cargando dos bolsas pesadas. Según su relato, se le acercó y le ofreció acompañarla hasta su casa, no solo para ayudarla sino para ver si le daba trabajo. Una vez en el departamento, cuando Barraza le ofreció hacer la limpieza y planchar la ropa, la anciana le dijo que le pagaría 22 pesos por todo. Contó que le pareció muy poco y que, cuando se lo dijo a la dueña de casa, la escuchó murmurar: “Así son siempre estas gatas, siempre quieren ganar demasiado”.
Eso la enfureció y la encegueció. Sin siquiera pensarlo, dijo, tomó un estetoscopio que estaba sobre la mesa, se puso detrás de la anciana y la ahorcó con el cordón de caucho hasta dejar sin aire. En ese preciso momento, Joel López llamó con un silbido a su amiga y, al no tener respuesta, entró en la casa que la descubrió.
La historia de la víctima única se cayó a pedazos cuando se compararon sus huellas digitales encontradas en las casas de las otras víctimas y hubo coincidencias en 17 casos.
El 31 de marzo de 2008, fue condenada a 759 años de prisión -de los cuales cumplirá, si vive, un máximo de 50- por doce robos y el asesinato de 17 mujeres. Desde entonces está recluida en la cárcel de Santa Martha Acatitla, donde con el correr de los años se convirtió en un personaje temido y respetado por las otras reclusas. Incluso se casó con otro preso, culpable de asesinato, pero pidió el divorcio al cabo de un año.
Dos víctimas políticas
La captura y la condena de Barraza no significó ningún alivio para los dos supuestos “mataviejitas” detenidos por la policía antes que ella y condenados, en ambos casos, a la cárcel.
La primera en caer fue Araceli Vázquez García, detenida el 1° de abril de 2004. La mujer no era una santa, pero nunca había matado a nadie. Solo engañaba y estafaba a mujeres mayores utilizando uno de los disfraces de Barraza: se presentaba ante las ancianas con un carnet de asistente social y les decía que podía conseguirles un subsidio estatal para mejorar sus jubilaciones. Una vez adentro, robaba lo que podía y escapaba.
Ese modus operandi fue su desgracia. Cuando la detuvieron en uno de los robos, le tiraron por la cabeza todos los crímenes que la “mataviejitas” había cometido hasta ese momento.
Sus huellas digitales no coincidían y ningún testigo pudo reconocerla, pero la pusieron frente a las cámaras de televisión, la obligaron a usar una peluca rubia y la presentaron como la asesina en serie que mataba a las ancianas.
Vázquez García, de 48 años por entonces, confesó haber robado, pero siempre negó haber cometido los crímenes. Fue condenada a 23 años y nueve meses por el asesinato de Margarita Aceves Quezada. La única prueba era una huella digital parcial que luego se comprobó que pertenecía a Barraza. A pesar de eso, no la excarcelaron. “Simplemente quiero que se esclarezca que yo no fui la que mató. Y las pruebas las tienen ahí. ¡He estado 18 años callada!”, se queja en la entrevista que concedió desde la cárcel para el documental de Netflix.
Al escribirse estas líneas sigue presa, sin lograr que se reabra la causa, pero aún así tuvo más fortuna que Mario Tablas Silva que, también condenado por crímenes cometidos por Barraza, murió en la cárcel.

Tablas Silva tenía en su casa un estetoscopio, una peluca rubia y una Biblia con un pasaje subrayado que, según a policía, él interpretaba como que Dios lo autorizaba a matar. Con esas únicas pruebas y el hecho de ser hombre y fuerte, lo condenaron. En ese momento, la policía creía que “la mataviejitas” era en realidad un travesti o un hombre disfrazado de mujer, por la fuerza que, se suponía, era necesaria para asfixiar a las víctimas.
Tanto Vázquez García como Tablas Silva fueron en realidad víctimas de la necesidad de cerrar el caso que tenían la policía y la justicia, y también del enfrentamiento entre dos sectores políticos.
“En esa época, se desataba una intensa pugna y presión entre el gobierno de la Ciudad de México y el Gobierno Federal, cada uno evitando asumir la responsabilidad de resolver el caso. Este contexto se caracterizaba por una violencia particularmente cruda en el país, incluyendo los trágicos eventos conocidos como las ‘muertas de Juárez’. En este entorno, la creciente presión social y mediática para resolver un caso tan atípico en México se convirtió en una auténtica bomba de tiempo para las autoridades, de la que buscaron salir encontrando chivos expiatorios”, explicó al presentar “La dama del silencio” la productora del documental, Laura Woldenberg.
Más de 17 años después de su captura, Juana Barraza Samperio, la verdadera “mataviejitas”, sigue sosteniendo que solamente mató a Ana María de los Reyes Alfaro, es decir, su última víctima.
Es una de las presas más populares de la cárcel de Santa Martha Acatitla, pasa los días ayudando a las reclusas más viejas y contando historias de sus tiempos de luchadora de catch.
Seguir leyendo:
Últimas Noticias
“El horror de una guerra es el dolor y el olor a muerte”: el desgarrador testimonio de una enfermera en Malvinas
Alicia Reynoso, excombatiente y enfermera de la Fuerza Aérea, recordó su labor en el hospital móvil de Comodoro Rivadavia durante la guerra de 1982, donde asistió a soldados heridos en condiciones extremas

La conmovedora historia del excombatiente que volvió a Malvinas con su hijo y revivió la guerra: “No sabía que tenía tantas lágrimas”
A 44 años del conflicto, el excombatiente Miguel Martínez regresó a las islas junto a su hijo y nieta para participar del documental ‘Malvinas, legado de sangre’. El viaje reabrió recuerdos del combate, dejó escenas de profunda emoción y puso en primer plano la transmisión del legado a las nuevas generaciones

Tatuajes: cinco milenios de símbolos y rituales sobre la piel
Hallazgos arqueológicos en cuerpos momificados de Europa, África, América y Asia demuestran que la costumbre de pintar la piel formó parte de prácticas espirituales, médicas y sociales desde la antigüedad, atravesando fronteras y culturas sin contacto entre sí

El maestro que desafió a los poderosos: la verdadera historia detrás del trono de Pértinax
De las aulas a las provincias lejanas, el inesperado camino de un hombre común puso a prueba la estabilidad de un imperio marcado por la violencia y la inestabilidad

El niño ciego que desafía el ring: la historia de Archie Hayes y su sueño paralímpico: “Me hace muy fuerte y poderoso”
Con solo 10 años, Archie Hayes entrena en Bristol guiado solo por indicaciones sonoras y la voz de su entrenador. Su objetivo es lograr que el boxeo adaptado para personas ciegas alcance reconocimiento en los Juegos Paralímpicos y demostrar que la pasión puede romper cualquier límite




