
“¿Quién, después de todo, recuerda hoy el exterminio de los armenios?”, les preguntó retóricamente Adolf Hitler a los integrantes de su Estado Mayor el 22 de agosto de 1939 en una reunión realizada en Obersalszberg, menos de diez días antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial.
En esa reunión, minutos antes, les había anunciado su decisión de invadir Polonia – lo que ocurrió el 1° de septiembre – y también cuál era el destino que le esperaba al pueblo polaco bajo su dominio. “Mantengo listas para el momento oportuno mis ‘Unidades de la Calavera’, con la orden de matar sin piedad o gracia a todo hombre, mujer y niño de raza o lengua polaca. Solo por este medio obtendremos el espacio vital que necesitamos”.
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Cuando pronunció la frase habían pasado menos de 25 años del inicio, el 24 de abril de 1915, del genocidio del pueblo armenio en el Imperio Otomano, gobernado por el partido ultranacionalista conocido como los Jóvenes Turcos, con un saldo de entre un millón y medio y dos millones y medio de muertos en ocho años y la diáspora de los sobrevivientes.
La mención del “exterminio de los armenios” no era gratuita en boca del dictador alemán, que tenía pensado no solo eliminar a los polacos sino acabar con los judíos, los gitanos y cuanta minoría “inferior a la raza aria” con un resultado que, seis años después, sumaría al menos seis millones de víctimas.
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Al hablar de la masacre de un pueblo entero y de su olvido, el líder nazi daba estaba diciendo que a los vencedores no se les exigía rendir cuentas y que el caso armenio era un ejemplo.
El del pueblo armenio en Turquía fue el primer genocidio del siglo XX y comenzó ese 24 de abril de 1915 con la detención y la muerte de los representantes más importantes de la comunidad. Poco después empezaron las deportaciones en masa, supervisadas por autoridades civiles y militares, y que iban en paralelo con una campaña de asesinatos perpetrados por fuerzas paramilitares, integradas fundamentalmente por kurdos y circasianos.
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Quienes sobrevivían a los traslados, que debían hacer a pie, bajo la mira de los fusiles, sin agua ni alimentos, llegaban a campos de concentración instalados en el desierto sirio, donde su suerte ya estaba echada: morirían allí de hambre o de sed y los que intentaran huir serían asesinados a balazos.
Durante esas largas marchas, que se realizaron entre 1915 y 1916, se calcula que murieron alrededor de un millón de hombres, mujeres y niños armenios. Durante los años siguientes, hasta 1923, una represión selectiva acabaría con cientos de miles más, muchos de ellos ocultos y bajo la protección de familias turcas que se horrorizaban por la masacre a la que estaban asistiendo.
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Semejante despliegue de muerte no podía pasar inadvertido. Hubo periodistas, misioneros, diplomáticos y militares extranjeros que informaron lo que estaba ocurriendo, pero el contexto de la Primera Guerra Mundial, iniciada en 1914, y las noticias sobre el desarrollo de las batallas hicieron que quedara en un oscuro segundo plano frente a la opinión pública internacional.
El final de la guerra no cambió la situación. Hitler no estaba desacertado al decir, un cuarto de siglo después, que eran muy pocos quienes recordaban el exterminio de los armenios.
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Por entonces, la palabra “genocidio” no existía. Recién en 1944 la acuñaría el jurista judío-polaco Rafael Lemkin, que pudo huir a la persecución nazi y se refugió en los Estados Unidos, en su libro El poder del Eje en la Europa ocupada, donde lo definió como “todo acto con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico o religioso como tal”.

Un pueblo perseguido
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Los armenios venían luchando por el reconocimiento de su nacionalidad frente al Imperio Otomano desde mediados del siglo XIX y la ola independentista creció después de la derrota en la guerra ruso-turca, en 1888, cuando el Imperio Otomano debió otorgar la independencia a Serbia, Montenegro y Rumania, y una independencia a medias a Bulgaria.
Lo que Turquía no aceptó fue la creación de un Estado armenio, por temor a su alineamiento con Rusia. Sin embargo, la lucha por la autonomía no se detuvo, no solo dentro del alicaído Imperio Otomano sino también en Europa, con la formación de varios partidos políticos independentistas.
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Como represalia, entre 1894 y 1896, el Sután Abdul Hamid II perpetró una furibunda represión contra los armenios en lo que se conoció como las “masacres hamidianas”, con un saldo de miles de asesinados. Después de eso se lo comenzó a llamar el “Sultán Rojo”, por la sangre que derramó.
El sultán fue derrocado en 1908 por un grupo de oficiales del ejército nucleados en el Comité de Unión y Progreso, a los que se conocía como los “Jóvenes Turcos”. Su proyecto nacionalista apuntaba a revivir las viejas glorias del Imperio Otomano y para ello, aplastar a las minorías.
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Cuando se inició la Primera Guerra Mundial, los Jóvenes Turcos se alinearon con Alemania y el Imperio Austro-Húngaro -las “potencias centrales”-, para estar del lado que creyeron victorioso y volver a restaurar, desde el lado de los vencedores, el poderío del Imperio Otomano.
En ese contexto, la minoría armenia fue considerada prácticamente como un elemento que no dudaría en alinearse con el histórico enemigo ruso. Se los calificó de “enemigos de la seguridad nacional”.
La masacre comenzó a través de grupos paramilitares que atacaron y cometieron asesinatos en masa en las aldeas armenias más cercanas a la frontera con Rusia, y la situación se agravó luego de la derrota otomana frente a tropas rusas en la batalla de Sarıkamış, en enero de 1915, de la que se culpó a armenios y otros no musulmanes de colaborar con el enemigo.
Tres meses después comenzaría el exterminio sistemático de la población armenia.

24 de abril de 1915
Se puede fijar la fecha precisa del inicio de lo que hoy se conoce como el genocidio del pueblo armenio. El 24 de 1915, el gobierno de los Jóvenes Turcos ordenó el arresto de 250 intelectuales y referentes de la comunidad armenia, entre los que se encontraban algunos diputados del parlamento otomano. Los encarcelaron primero, los deportaron después y finalmente fusilaron a la mayoría.
Ese fue el principio. Un mes más tarde, con la excusa de la guerra, el gobierno de los Jóvenes Turcos disolvió el Congreso y promulgó “Los diez mandamientos del Comité Unión y Progreso”, donde se hacía ver a la población armenia como un grupo de traidores al que era necesario perseguir.
Después de esa primera etapa, se buscó la eliminación de todos los hombres jóvenes, y se lo hizo con un mecanismo perverso. “Más de 60 mil hombres armenios fueron reclutados al ejército otomano y luego asesinados. Se los hacía cavar sus tumbas antes de ser fusilados. Algunos encarcelamientos y la formación de campos de concentración se habían producido también a comienzos de ese año”, explica el historiador y periodista Vardan Bleyan.
Finalmente, comenzaron las deportaciones masivas de aquellos hombres que se habían salvado de la primera etapa de la masacre, las mujeres, los ancianos y los niños. Los obligaron a marchar a pie, sin agua ni comida, hacia campos de concentración en medio del desierto. A quienes pretendían escapar los asesinaban a tiros, los que finalmente alcanzaban a llegar a los campos, morían allí de inanición.

Un testimonio del horror
En abril de 2015, al cumplirse el centenario del inicio del genocidio armenio, la BBC entrevistó a una de las pocas sobrevivientes que aún quedaban con vida.
Yevnigue Salibian tenía 101 años y ya no podía caminar, pero relató con extraordinaria claridad el calvario que sufrieron ella y su familia. Cuando comenzó la masacre tenía apenas un año, pero las relaciones de su padre con el alcalde de la ciudad de Aintab, en la que vivían, les permitió permanecer allí hasta 1921 relativamente a salvo.
“Desde nuestra casa veíamos pasar a multitudes en las que había niños pequeños, mujeres y ancianos. Había muchísimos niños. Gritaban: ‘Tengo sed. Tengo hambre. Mamá dame algo de pan. Tengo mucha sed. Dame agua. No puedo andar. Mamá, no puedo andar’”, recordó en la entrevista.
Cuando el alcalde ya no podía protegerlos, la familia entera huyó a Siria en dos carromatos y más tarde se refugió en Beirut, la capital del Líbano y más tarde en los Estados Unidos.
“No puedo entender cómo, cien años después, el gobierno actual de Turquía puede seguir negando la masacre de nuestros compatriotas, que no admite que fue un genocidio”, dijo en esa entrevista.
Y agregó: “Mataron a muchísimos armenios. Un millón y medio, o más. Es un número muy alto. Los encontraremos en el cielo”.
Un genocidio negado
Cuando se cumplen 108 años del inicio del exterminio del pueblo armenio en el Imperio Otomano, la posición formal de Turquía es que esas muertes, ocurridas durante la “reubicación” o “deportación” no pueden considerarse como “genocidio”, una posición que ha sido apoyada con una serie de justificaciones: que los asesinatos no fueron deliberados ni sistemáticos, que los asesinatos fueron justificados porque los armenios representaban una amenaza como un grupo cultural simpatizante de los rusos; o que los armenios simplemente murieron de hambre.
Cuando en agosto de 1939, antes de lanzar la invasión a Polonia, Hitler le preguntó a su Estado Mayor quién recordaba el exterminio de los armenios, sabía de lo que hablaba. Para entonces ningún país del mundo lo había condenado de manera oficial.
Uruguay fue la primera nación en hacerlo, en 1965, cuando se cumplía medio siglo del comienzo del genocidio.
Hoy más de veinte países del mundo han comenzado a calificarlo así, haciendo de alguna forma lo que consideran justicia con la memoria de las víctimas. Entre ellos se cuentan la Argentina, Bélgica, Bolivia, Canadá, Chile, Chipre, Estados Unidos, Francia, Grecia, Italia, Líbano, Lituania, Países Bajos, Polonia, Rusia, Eslovaquia, Suecia, Suiza, el Vaticano y Venezuela.
El Parlamento Europeo y la Sub-Comisión de las Naciones Unidas para la Prevención de Discriminación y Protección de las Minorías también lo han reconocido.
Al escribirse estas líneas, los armenios de todo el mundo siguen luchando para que los asesinatos en masa cometidos contra ellos sean reconocidos como un genocidio sin ningún tipo de excusa.
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