
La persecución llevó dieciséis años. Todo empezó en 1971 con unas fotocopias que llegaron a la pequeña oficina de Beate y Serge Klarsfeld, el matrimonio que se dedicaba a cazar nazis. Era el informe de una fiscalía alemana que determinaba que la causa contra Klaus Barbie por crímenes contra la humanidad sería archivada. No importaba, parecía, que Barbie, conocido como el Carnicero de Lyon, hubiera sido condenado a muerte dos veces en las décadas anteriores en dos procesos en ausencia.
Los Klarsfeld no se resignaron. Comenzaron una campaña en varios frentes. Sabían que necesitaban esfuerzo, paciencia e imaginación. Hicieron presentaciones judiciales en Alemania y en Francia, iniciaron campañas de prensa en Lyon y en Münich, planearon viajes a Sudamérica para rastrearlo ellos mismos.
La primera tarea fue movilizar al pueblo de Lyon. Si la gente que había sufrido las atrocidades perpetradas por el jefe de la Gestapo local no se quejaba e indignaba, difícilmente le hicieran caso los tribunales alemanes. Necesitaban que la opinión pública francesa los acompañara.

A partir de ese momento y durante los siguientes dieciséis años, los Klarsfeld se convirtieron en la sombra de Barbie. Ellos fueron siempre delante de la justicia y la obligaron a actuar. Difundieron el caso, movilizaron a los tribunales, viajaron a Bolivia para encontrarlo, lo identificaron, pidieron su extradición, lograron expulsarlo y aportaron pruebas en el juicio. Ellos, contra la indiferencia del resto y hasta contra la complicidad de varios, consiguieron que Barbie fuera juzgado y condenado.
Klaus Barbie llegó a Lyon en 1942. Desde ese momento instaló el terror en la ciudad. Como jefe de la Gestapo local persiguió a los miembros de la Resistencia y deportó miles de judíos. Predicaba con el ejemplo. Concurría a los operativos para mostrarle a sus subalternos la dureza con la que debían desempeñarse. Torturó y mató a Jean Moulin, el jefe de la Resistencia. Se lo acusa de más de 4000 asesinatos y de 7.000 deportaciones. Fue responsable de la muerte de 44 niños judíos que estaban en un asilo y del Último Tren, una deportación final, con los vagones atestados de judíos horas antes de que las fuerzas aliadas ingresaran a liberar la ciudad.
Klaus Barbie era un nazi de segundo orden. No era uno de los jerarcas que diseñaron las políticas de extermino o que las coordinaron. Sin embargo su ferocidad y sadismo lo hizo distinguirse del resto. Fue responsable de mucho daño y dolor. Un criminal de guerra.

Tras la guerra utilizó toda su astucia y frialdad para quedar impune y lograr una fuga. Fue detenido pero se escapó del tren que lo llevaba al campo de detención. De allí siempre consiguió que alguien lo refugiara. Apenas entendió cómo sería la Guerra Fría, utilizó el enfrentamiento de los vencedores en beneficio propio. Estados Unidos, con la excusa de la lucha contra el comunismo, no dudó en esas décadas en aliarse, prohijar y encubrir a dictadores latinoamericanos, tiranos africanos y hasta nazis. Barbie fue espía de la CIA y en 1951 fue ayudado por la agencia en su escape hacia Bolivia. Utilizó como tantos otros la Ratline, la Ruta de las Ratas. Cruz Roja, Génova, barco hacia Argentina. En Buenos Aires, según contó él tiempo después, vivió en un hotel de la calle Maipú durante diez días. Después partió hacia Bolivia. Trabajó en un aserradero hasta que consiguió hacer contacto con el dictador de turno. Lo nombraron director de una compañía de comercio marítimo. Se supo también que colaboró en varias operaciones de inteligencia y en el contrabando de armas en favor de los gobernantes de facto. Allí se hacía llamar Altman y su perfil era alto. No parecía un hombre con dos condenas a muerte sobre sus espaldas. Se sentía seguro. Muy rápidamente le concedieron la ciudadanía boliviana. Pero, como sucedía siempre en las dictaduras latinoamericanas, un cambio de mando, una puja militar lo dejó sin protección. En 1968 se desplazó hacia Perú. Allí le agregó una N al apellido que usaba. Pasó a ser Altmann.
En Lima fue reconocido por una de sus víctimas. Una foto en un diario de una reunión de miembros del gobierno con empresarios. En ella, la víctima creyó reconocer al oficial nazi que lo había torturado un cuarto de siglo antes en Francia. Envió el recorte a los Klarsfeld que sólo podían comparar esa imagen poco nítida, algo borrosa con dos fotografías que tenían en su archivo de Barbie sacadas en 1943. Con ayuda de expertos determinaron que las coincidencias fisonómicas eran múltiples. Era una pista que valía la pena seguir. En 1971 Beate Klarsfeld luego de movilizar a las justicias alemanas y francesas, y de alertar a los medios y a la opinión pública sobre el paradero del Carnicero de Lyon, viajó a Perú. Alertado, Barbie volvió a Bolivia. Allí estaba seguro. Tenía doble protección: la que le brindaban sus amigos poderosos y la de la ley. Al ser ciudadano boliviano no podía ser extraditado a Francia.

A la señora Klarsfeld, los militares bolivianos le aclararon que ella tenía visa de turista y que por lo tanto no podía movilizar a nadie ni utilizar la prensa. De todas maneras ella se las ingenió para hacer saber que esa persona a la que todas llamaban Altman era en realidad Klaus Barbie. Los diarios publicaron la noticia. El ambiente se enrareció para Barbie y terminó preso por una denuncia añeja por defraudación y estafas varias. A pesar de eso, los pedidos de extradición siguieron siendo denegados.
Sin importar el peso de las evidencias, él negaba ser Barbie. No lo admitía ante ninguna persona. Seguía firme con su coartada de Altman. Ladislas de Hoyos, un reconocido periodista francés, logró ingresar a la cárcel a entrevistarlo. Para eso tuvo que sobornar desde secretarios de estado hasta guardiacárceles. Con las cámaras prendidas y ante el detenido, de Hoyos comenzó un diálogo difícil y trabado. Barbie dijo no saber francés (pese a que múltiples testigos afirmaban que lo hablaba a la perfección, casi sin acento) y se expresaba en alemán. Se mostró indignado de que creyeran que era un asesino de masas. El periodista desplegó una estratagema efectiva. Le mostró fotos de algunas de sus víctimas, de sus oficinas de trabajo en Lyon y de sitios en los que había perpetrado alguna de sus matanzas.. El hombre seguía negando. Cuando le exhibieron la de Jean Moulin, el líder de la Resistencia asesinado por él, Barbie tomó la foto, la inspeccionó con desdén y afirmó con firmeza que nunca en su vida había visto a ese hombre. El periodista francés no se inmutó. Había conseguido lo que conseguía. Lo más evidente: las imágenes de Barbie, mucho más nítidas que la foto granulosa en un diario, con sus gestos y su tono de voz. Cuando la entrevista se emitió por la televisión francesa, cientos de televidentes llamaron al canal y a los juzgados para asegurar que ese hombre era Barbie. Lo habían reconocido. Imposible olvidar al verdugo de sus seres más queridos. Pero hubo un ardid que desplegó de Hoyos, confabulado con los Klarsfeld, que fue decisivo: en las fotos Barbie había dejado sus huellas digitales. A partir de ese momento su verdadera identidad fue imposible de negar.
Un año después, un periodista argentino logró también ingresar a la cárcel a conversar con Barbie. Alfredo Serra, enviado de la Revista Gente, logró que confesara su pasado nazi y su intervención en Francia. No se mostraba arrepentido y pregonaba su inocencia. Decía que él sólo había obedecido órdenes y ejecutado actos normales en una guerra. “En la guerra todos matan. No hay buenos ni malos. Soy un nazi convencido. Admiro la disciplina nazi. Estoy orgulloso de haber sido comandante del mejor cuerpo del Tercer Reich. Y si volviera a nacer mil veces, mil veces volvería a ser lo que fui”, se vanagloriaba. Sabía que la coartada Altman había muerto.
Al poco tiempo quedó en libertad y siguió relacionado con las cúpulas de los distintos gobiernos de la dictadura boliviana que desoía los pedidos de extradición que llegaban de Europa. En 1983 con el retorno de la democracia, su protección se terminó. Siles Suazo ordenó que fuera puesto a disposición de la justicia. Klaus Barbie, el Carnicero de Lyon, fue deportado. Tendría que rendir cuentas ante la justicia francesa.
El juicio concitó gran atención. Comenzó en 1987. Las víctimas pudieron contar sus casos, ser oídas. Una de ellas, Simone Lagrange, había sido de las principales acusadoras y perseguidoras de Barbie.
Los hermanos de Simone Lagrange estaban en la Resistencia francesa. Un día una patrulla alemana irrumpió en su casa de Lyon. Patearon la puerta, dieron vuelta los muebles, golpearon a las tres personas que vivían allí: al matrimonio Lagrange y a Simone que tenía 13 años. A la cabeza del grupo estaba el jefe de la Gestapo local, Klaus Barbie. Le gustaba estar presente en estos operativos, desatar su sadismo sobre las víctimas; disfrutaba también de que se corriera la voz en toda la ciudad y de que el miedo hacia su persona se acrecentara. Quería ser temido.

Al padre lo golpearon brutalmente. No buscaban una confesión de él. Sólo querían que las mujeres aflojaran, que ellas les dieran el paradero de los buscados. Pero ni la madre ni la hermana hablaron. Barbie alejó a sus subordinados y quedó a cargo del interrogatorio. Tomó a Simone y la golpeó varias veces en la cara. Los ojos de la nena de 13 años se cerraron, la sangre caía por su cara y manchaba el vestido. Después Barbie la tomó del pelo, y la acercó a la madre que no podía ocultar su espanto. “Mirá, mirá lo que le estás haciendo a tu hija”, le dijo el nazi a la señora que siguió sin delatar a sus hijos. Los tres fueron deportados a un campo de concentración. Al padre lo mataron delante de su hija; la madre murió de tifus. Solo la hija regresó. Y se juró no descansar hasta hacer justicia, hasta que Klaus Barbie, el Carnicero de Lyon fuera condenado.
En el juicio, el testimonio de Simone fue contundente y desgarrador. Se enfrentó al monstruo que destruyó a su familia y contó paso a paso cada una de las acciones que había sufrido y presenciado.

Durante el proceso, Barbie fue defendido por Jacques Vergés, un célebre penalista. Vergés no sólo utilizó el argumento que popularizó Eichmann, el de obedecer las órdenes. Pese a la atención descomunal que había originado la causa, su habilidad fue tal que por varias semanas logró cambiar el centro de atención. Con sus preguntas y con las teorías que instalaba en medio de los cuestionamientos a los testigos, el abogado instaló la idea de la falibilidad de la Resistencia Francesa y atacó el mito de las gestas heroicas. Habló de debilidades, delaciones, malas decisiones y hasta traiciones. Los jueces cada tanto debían recordarle que el proceso versaba sobre otro asunto. También alegó que lo que hicieron los nazis en Francia era lo que por siglos había hecho Francia en sus colonias; nada más que una típica conducta colonialista y que el país nunca había condenado esas conductas.
Durante todo el proceso a Barbie se lo vio sereno. Sostenía su inocencia y se mostraba cínico y sobrador cada vez que podía. Además del proceso con las debidas garantías, gozaba de otra ventaja respecto a sus víctimas. Sabía que no lo matarían: en Francia estaba abolida la pena de muerte.
Por más habilidad que demostrara Vergés para desviar la atención, los crímenes de Barbie fueron condenados. Lo encontraron culpable de más de trecientos asesinatos y de miles de deportaciones. Los casos de los 44 niños y del Último Tren fueron los que mayor atención se llevaron. Varios de los crímenes que cometió no fueron juzgados porque habían prescripto. Evitó la horca pero no una condena perpetua.
Murió en prisión hace treinta años, el 25 de septiembre de 1991 debido a una leucemia. Tenía 77 años.
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