
“Se convoca a un concurso para diseñar un arma automática y se inscriben un tipo llamado Degtiariov, que era general; Símonov, otro general, y Shpaguin, un célebre diseñador, y en medio de todos se cuela de pronto un humilde sargentito. ¿Sabe por qué es tan popular mi fusil automático? Porque es el regalo de un soldado a otro soldado. Lo más importante es su sencillez, pero no porque yo fuese torpe. Para un diseñador, lo más difícil es hacer algo que no sea complicado. Diseñar productos complicados es muy fácil”, contaba el viejo mayor general del Ejército Rojo.
En la memoria del periodista polaco Jacek Hugo-Bader, que lo entrevistó en 1993 cuando ya había superado la barrera de los 80 años, Mijaíl Timoféyevich Kalashnikov –aquel sargentito devenido mayor general- contestaba las preguntas con la misma sencillez que hizo famoso a su fusil de asalto, el AK-47, una de las armas más populares de los ejércitos del Pacto de Varsovia y de los combatientes guerrilleros de todo el mundo.
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No le había resultado fácil al periodista acceder al mayor general, héroe de la ya disuelta Unión Soviética. Cuando finalmente lo logró, Kalashnikov lo cortó después de la primera pregunta:
-¿Ve por qué no me gusta hablar con periodistas? No preguntan más que tonterías, le dijo.
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Esa primera pregunta había sido:
-¿Cómo deberíamos empezar, Mijaíl Timoféyevich? Tal vez así: ¿cuál es la mejor arma automática del mundo?.
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-Eso es como preguntarle a una madre qué niño es el más inteligente. Por supuesto, dirá que el suyo, había respondido el viejo mayor general antes de despacharse con su opinión sobre la prensa.
No había soberbia en la respuesta de Kalashnikov: su invención, el AK-47, era un fusil famoso por su seguridad, que podía seguir funcionando en las condiciones climáticas más adversas. No se encasquillaba casi nunca, ni siquiera en el agua, el barro o la nieve. Era tan sencillo que podía desarmarse y armarse con facilidad. Todos los países del Este lo habían adoptado para sus ejércitos y también muchas naciones africanas, que lo tenían como símbolo de sus luchas anticolonialista. Algunos, como Mozambique, lo habían incluido en su escudo. Cuando Hugo-Bader entrevistó a Kalashnikov, el AK-47 –sumado al AK-74, su versión más moderna- era el arma de mayor producción de la historia.
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Así de lejos había llegado el fusil de asalto que un joven sargento del Ejército Rojo había diseñado mientras se recuperaba de una herida en la cama de un hospital.
De la Siberia profunda
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Mijaíl Timoféyevich Kalashnikov nació el 10 de noviembre de 1919 y era el decimoséptimo de los 19 hijos de una familia campesina de la aldea de Kuria, perdida en las estepas siberianas de la región de Altái. Era un pueblo aislado, a unos 60 kilómetro de las vías de tren más cercanas, una distancia que Mijaíl no recorrió hasta que tuvo 17 años. Fue entonces cuando el futuro diseñador vio el primer artefacto mecánico complejo de su vida: una máquina de vapor.
“En 1936 llegué en un carro de caballos a la estación y me sorprendió la locomotora ‘viva’, antes solo la había visto en dibujos y fotografías”, contó en sus memorias.
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Le gustó el tren y consiguió trabajo en los talleres ferroviarios, hasta que en 1938 fue reclutado por el Ejército Rojo. Lo destinaron a una división de tanques y se puso a estudiar esos aparatos. Descubrió que podía mejorar el funcionamiento del motor, ahorrando combustible y su invento llegó a manos del general Gueorgui Zhúkov, por entonces comandante en jefe de la región militar de Kiev. Eso le valió el ascenso a sargento.

Estaba destinado en Leningrado con su división de tanques cuando en octubre de 1941 fue herido en un brazo por una bomba en la batalla de Briansk. En el hospital, se entretenía conversando con otros soldados en su misma situación y prestó atención a una queja que todos repetían, lo anticuadas y poco maniobrables que eran las carabinas soviéticas.
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Allí, en la cama del hospital, diseñó los primeros bocetos de un nuevo fusil de asalto, que pretendía sencillo y eficaz. En eso estaba todavía cuando terminó la Segunda Guerra Mundial.
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Nace el AK-47
En 1945 Kalashnikov, junto con varios famosos armeros soviéticos, entró en el concurso abierto por la dirección central de artillería para desarrollar un fusil automático para el cartucho intermedio.
Presentó el primer proyecto en 1946 y en una primera etapa le recomendaron hacer algunas modificaciones y mejoras. Pero el jurado del concurso supo apreciar la potencialidad del diseño y puso a dos expertos armeros para que colaboraran con él.
En 1947 el arma fue preseleccionada para el concurso final, junto con los fusiles desarrollados por Deméntiev y Bulkin. La decisión a favor del futuro AK-47 no fue fácil ya que ninguno de los tres fusiles respondía a los requerimientos exigidos por el Ejército en cuanto a la precisión de tiro por ráfagas.

Sin embargo, los militares decidieron finalmente sacrificar la precisión a favor de la sencillez, facilidad de manejo y fiabilidad. El fusil de Kalashnikov respondió mejor a todas esas características y en 1949, tras varias modificaciones, fue adoptado como arma principal reglamentaria de infantería bajo la denominación AK, o “Avtomat Kalashnikova Obraztsá 1947″ o, más sencillamente AK-47.
Su producción a gran escala comenzó en la fábrica de maquinaria Izhmash de la ciudad de Izhevsk, donde se instaló el grupo de diseñadores con Kalashnikov a la cabeza.
El fúsil fue un éxito que le valió el Premio Stalin de Primera Clase y otro ascenso. Con el tiempo, aquel aldeano que no había visto una máquina compleja hasta los 17 años se convirtió en el diseñador general de armas de la Unión Soviética.
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El fusil casi perfecto
Un fusil AK de calibre 7,62 puede atravesar una plancha blindada de 7 milímetros de grosor a una distancia de hasta 300 metros, cualquier casco de la OTAN a una distancia de hasta 900 metros, cualquier chaleco antibalas a una distancia de hasta 600 metros, un obstáculo de arena de 30 centímetros de grosor a una distancia de hasta 500 metros, una viga de madera de 25 centímetros de grosor a una distancia de hasta 500 metros, una pared de ladrillo de 15 centímetros de grosor a una distancia de hasta 100 metros.
El AK-47 fue adoptado como arma oficial de los países del Pacto de Varsovia. También la Unión Soviética se lo proveyó a China en la guerra de Corea. Las tropas de Vietnam del Norte y las guerrillas del Vietcong también lo utilizaron contra las tropas francesas y estadounidenses en la guerra de liberación de Vietnam.

En la década de los 60 se transformó en el arma más utilizada por las guerrillas anticoloniales en África y Cuba armó con el AK-47 a su ejército después de la Revolución.
“Cuando vi fotografías de guerrilleros africanos y cubanos utilizando mi fusil, me emocioné. Porque esa era mi intención, un arma sencilla que pudieran utilizar soldados que no son profesionales”, le dijo Kalashnikov a Hugo-Bader en uno de los pocos momentos distendidos de la entrevista de 1993.

Recién en 1967, los norteamericanos pudieron tener un AK-47 en sus manos, cuando lo obtuvieron de un prisionero capturado en Vietnam. Fue desarmado para estudiarlo a fondo y los sorprendió por lo sencillo.
Una portada de la revista Life de ese año muestra a soldados estadounidenses en Vietnam utilizando fusiles AK-47 en combate.
Para entonces, Kalashnikov era una celebridad en la Unión Soviética. En 1971 obtuvo el grado de coronel, con un doctorado honorario de la ciencia, de la ingeniería y la Orden de la Bandera Roja del Trabajo, la Orden Patriótica de la Guerra de primera clase y la Orden de la Estrella Roja. Más tarde ascendería a mayor general, el más alto grado del Ejército Rojo.
Un arma sin patente
Kalashnikov nunca patentó su invento, y tampoco el Estado soviético lo hizo. Por eso, los AK-47 –y los AK-74– se producen en varios países del mundo y esa producción es ilegal, aunque es imposible cualquier reclamo.
En la época de la desaparecida Unión Soviética el gobierno no se preocupaba demasiado por los derechos de autor y las licencias para las ventas y las reproducciones en el extranjero. Kalashnikov no se hizo millonario con su invento, durante muchos años vivió en un humilde apartamento de dos dormitorios en la ciudad de Izhevsk.
En 1991, Eugene Stoner, el inventor del fusil M16 –otro de los fusiles más famosos del siglo XX– lo invitó a visitarlo en los Estados Unidos y conocer su fábrica. El contraste entre la situación uno y otro hombre fue sideral: Stoner era millonario, Kalashnikov, un hombre con muchas medallas y poca riqueza, apenas su salario.

El periodista Hugo-Bader le preguntó cómo se sentía con ese contraste.
“Stoner me invitó y me pagó el viaje. Muchos piensan que yo también soy millonario. Y por supuesto que lo soy, pero todos esos millones no los tengo en ningún banco, sino en el Pacto de Varsovia. Mis millones son todos y cada uno de los Kalashnikov que constituyen el armamento del Pacto y por los que no he recibido un solo kopek”, respondió, molesto.
“Una vez dijo que si por cada Kalashnikov que se ha fabricado le hubiesen dado un rublo, ahora sería millonario”, lo desafió el periodista.
“Eso es fácil de calcular, serían por lo menos cincuenta y cinco millones. ¿Y cuánto tengo? Nada. Cuando estuve en Estados Unidos me sentí como un mendigo, ni siquiera me podía permitir un helado. Los responsables de la fábrica me dijeron que era un viaje privado, así que no me dieron nada. Stoner tiene su propio avión, pero yo no me puedo permitir ni un billete de avión de Izhevsk a Moscú. Voy en tren: veinte horas”, contestó.

El mayor general Mijaíl Timoféyevich Kalashnikov murió en Izhevsk, Rusia, el 23 de diciembre de 2013. Tenía 94 años.
En sus Memorias dejó escrito: “A menudo me preguntan si estoy contento con lo que me ha deparado la vida. Estoy contento. Estoy contento de haber dedicado toda la vida a algo que era necesario para el pueblo. Claro, un arma no es tractor, una sembradora o un arado. Con un arma no se puede arar la tierra ni cultivar cereales. Pero sin ella uno no podrá defender su tierra natal, no podrá proteger la patria y a su pueblo”.
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