
Entre los grandes asesinatos políticos del Siglo XX hay dos que todavía hoy –más allá de los dictámenes judiciales– que continúan envueltos por un halo de misterio en el que no faltan las teorías conspirativas de todas las calañas. Son los del presidente estadounidense John Fitzgerald Kennedy, en 1963, y el de su hermano Robert, senador y candidato presidencial, en 1968.
En los dos casos, las investigaciones oficiales determinaron que fueron perpetrados por asesinos solitarios que actuaron por motivaciones personales, sin ninguna organización o conspiración detrás. También en la reconstrucción de ambos crímenes, esas posibilidades no cerraron en su momento y siguen sin cerrar.
En la investigación del asesinato de John Fitzgerald Kennedy, perpetrado en Dallas, Texas, el 22 de noviembre de 1963, la Comisión Warren, que investigó el magnicidio por orden del nuevo presidente, Lyndon Johnson, dictaminó en 1964 que fueron tres disparos -dos certeros, el segundo y el tercero-, todos ellos obra de un tirador, Lee Harvey Oswald, que actuó solo y era un desequilibrado. Sin embargo, en 1976, un Comité de la Cámara de Representantes reabrió el caso y tres años después que hubo cuatro disparos, probablemente dos tiradores y, por tanto, una conspiración.
Según la justicia, el palestino de nacionalidad jordana Sirhan Bishara Sirhan fue el único autor de los disparos que le quitaron la vida a Bobby Kennedy el 5 de junio de 1968 en la cocina del Hotel Ambassador, en Los Ángeles, California. El problema de esa teoría es que en esa ocasión se escucharon –y quedaron grabados en un audio– 13 detonaciones, de las cuales sólo cinco pudieron provenir del arma de Shirhan.

Hasta allí las dudas que, en el primero de los crímenes, Lee Harvey Oswald nunca pudo despejar porque fue asesinado dos días después por Jack Ruby en las narices mismas de la policía de Dallas.
En cuanto a Shirhan, fue condenado a muerte como único asesino de Bobby Kennedy el 17 de abril de 1969 –tres años después se cambió la pena por cadena perpetua – luego de que confesara haber matado al senador por sus simpatías por el Estado de Israel.
Esa confesión no convenció a nadie, salvo al tribunal que lo juzgó, y sería el propio Shirhan quien años después dijo que en realidad no recordaba nada, ni del crimen ni del juicio. Que no sabía qué había hecho en la cocina del Hotel Ambassador ni qué había dicho ante el tribunal.
En 1994, sus abogados sostuvieron que lo habían hipnotizado antes del crimen, lo que habría sonado como una versión delirante si no existieran documentos que prueban que la CIA intentó durante años crear “asesinos hipnoprogramados”.
El asesinato de Bobby Kennedy
El 4 de junio de 1968, Robert Kennedy logró la mayor victoria de su carrera política, al vencer en las primarias del estado de California y Dakota del Sur, lo que despejaba su camino hacia la batalla presidencial.
Esa misma noche, el senador pronunció su último discurso en el hotel Ambassador de Los Ángeles. Terminó de hablar apenas después de la medianoche y, para evitar que caminara entre el público, sus colaboradores decidieron que fuera hacia la sala de prensa caminando por la cocina. Allí sonaron los disparos.
La autopsia de Bobby comprobó que una bala había pasado a través de la hombrera derecha de su chaqueta sin entrar en su cuerpo, otras dos lo habían alcanzado debajo de la axila derecha, y que el tiro fatal impactó en el cráneo unos centímetros por detrás de la oreja, atravesando el cerebro.

En total, Kennedy recibió cuatro balazos y, aunque no murió nadie más, otras cinco personas resultaron heridas por distintos proyectiles. Es decir, hubo por lo menos nueve disparos, y el calibre 22 Iver-Johnson Cadet de Shirhan sólo tenía capacidad para ocho balas. Y tres habían quedado sin disparar. Más tarde se encontraron tres balas más, con lo que los disparos sumaron 12.
La versión oficial del asesinato tampoco encajaba con el único documento sonoro que recoge el crimen: la grabación que realizó el periodista Stanislaw Pruszynski, en la cual pueden escuchar perfectamente 13 disparos.
Primero hay dos disparos, después una pausa de segundo y medio (momento en el cual, un maitre tomó a Shiran de un brazo, desviando la mira de Kennedy) y luego se escucha el resto de las detonaciones. Entre los disparos tres y cuatro, y siete y ocho, muchos expertos determinaron no existe el suficiente tiempo como para que el sonido provenga de la misma pistola. Son disparos efectuados casi a la vez desde puntos distintos. Cinco de los disparos -el tercero, el quinto, el octavo, el décimo y el duodécimo- tienen una “frecuencia anómala” que indica que provenían de otra pistola, situada en dirección opuesta a la que portaba Sirhan.
Nada cerraba con la teoría oficial del “asesino solitario”, pero Shirhan confesó en el juicio, dio sus razones para matar al senador Kennedy y no mencionó a ningún cómplice. Tampoco se pudo comprobar que tuviera vínculos con organizaciones terroristas, aunque eso no impidió que en los medios se lo llamara años después como “el primer terrorista islámico” que había actuado en los Estados Unidos.
El asesino hipnoprogramado
Cuando en 1994, al hacer un pedido de libertad condicional para Shirhan, no eran los únicos que defendían al supuesto “asesino solitario”. Paul Schrade, íntimo amigo de Bobby y herido también en el episodio, sostenía que habían actuado varias personas y que ninguna de las balas de Shirhan había dado en la humanidad del senador. Robert Kennedy Jr., hijo de Bobby, suscribía la misma teoría y consideraba que Shirhan, a pesar de haber disparado, no era el autor material del asesinato.
En la solicitud de libertad condicional –que le fue negada– Shirhan sostenía que no recordaba haber estado en la cocina del Hotel Ambassador y menos haberle disparado al senador. Tampoco tenía memoria de lo que había dicho en el juicio y que al releer su declaración nada de lo dicho le resultaba familiar.

En el escrito, los defensores de Shirhan sostuvieron que el jordano había actuado víctima de la hipnosis, como un cómplice involuntario cuyo nombre árabe lo convirtió en un chivo expiatorio fácil y desvió la atención de los verdaderos arquitectos y perpetradores del asesinato.
Esa fundamentación habría resultado delirante si para entonces no hubiera salido a la luz algo que en 1968 nadie sabía: que desde hacía años la CIA tenía un proyecto de programación de asesinos mediante el uso de drogas o de la hipnosis.
Otro asesino sin memoria
La noche del 4 de julio de 1954, la ciudad de San Antonio, Texas, fue sacudida por la violación y el asesinato de una niña de 3 años. El hombre acusado de estos crímenes fue Jimmy Shaver, un piloto de la Base de la Fuerza Aérea de Lackland, que se encontraba en la zona. Shaver, sin antecedentes penales, dijo que no recordaba nada.
Dos meses después, recuerdos de Shaver aún no habían regresado. El comandante del hospital militar, el coronel Robert S. Bray, ordenó que el doctor Louis Jolyon West, jefe de servicios psiquiátricos de la base aérea, realizara una evaluación psiquiátrica. Debía decidir si Shaver estaba legalmente cuerdo en el momento del asesinato.

El psiquiatra lo hipnotizó y le inyectó pentotal con un resultado sorprendente: Shaver recordó todo o, mejor dicho, repitió la reconstrucción oficial que se había hecho del crimen sin su ayuda.
El aviador fue condenado en base a esta confesión obtenida por el doctor West. Lo que nadie sabía era que el buen doctor formaba parte de un programa ultrasecreto de la CIA, iniciado el año anterior.
El Proyecto MKUltra
Los archivos secretos del doctor West fueron en mayor parte destruidos, pero en la década del ‘70 unos pocos se filtraron y The New York Times informó sobre ellos como “un esfuerzo secreto de la CIA de 25 años y 25 millones de dólares para aprender cómo controlar la mente humana”.
Se lo designaba con el nombre en clave MKUltra e incluía 149 subproyectos y por lo menos 185 investigadores trabajando en instituciones en los Estados Unidos y Canadá.
En 1956, West informó a la CIA que los experimentos que comenzó en 1953 finalmente habían dado sus frutos. En un artículo de 1956 titulado “Estudios psicofisiológicos de hipnosis y sugestionabilidad”, sostuvo que había logrado algo que parecía imposible: sabía cómo reemplazar “recuerdos verdaderos” con “falsos” en seres humanos sin su conocimiento.

Una de las líneas de investigación, que se llevaba a cabo con voluntarios que no sabían de qué se trataba, pero también con presos y pacientes psiquiátricos, era la de programar asesinos utilizando drogas como el LSD o bien mediante la programación por hipnosis.
El MKUltra era tan altamente confidencial que cuando John McCone sucedió a Dulles como director de la CIA a fines de 1961, no se le informó de su existencia hasta 1963. Menos de media docena de agentes de la agencia supieron del proyecto durante los 20 años que duró.
La CIA esperaba producir “mensajeros” capaces de incrustar mensajes ocultos en los cerebros, implantar recuerdos falsos y eliminar los reales en personas sin su conocimiento. El objetivo más alto era producir lo que llamaba “asesinos hipnoprogramados” para actuar en el marco de la Guerra Fría.
Claro que, aunque estuviera prohibido por la ley, la CIA no sólo actuaba en el exterior, si lo consideraba necesario para sus fines, no vacilaba en hacerlo en el territorio de los Estados Unidos. Más de una vez para que la política doméstica fuera favorable a sus intereses.
Los abogados de Shirhan no negaban que su defendido había participado del crimen, pero que no lo había hecho a conciencia, programado por hipnosis para matar o, por lo menos, para convertirlo en chivo expiatorio del asesinato.
Traje anaranjado eterno
Desde 1974 hasta 2020, los distintos abogados defensores de Shirhan Bishara Shirhan presentaron catorce pedidos de libertad condicional. En casi todas las ocasiones, además de presentar los informes de buena conducta de las autoridades carcelarias –solo hay registrado un incidente menor en 1972-, volvieron a plantear la posibilidad que fuera un “asesino hipnoprogramado” por la CIA.
Siempre fue rechazada.

En agosto de 2021, finalmente la junta de libertad condicional del Estado de California se la concedió, pero el gobernador Gavin Newsom –haciendo uso de las prerrogativas del cargo– decidió que siguiera en la cárcel.
Shirhan Bihara Shirhan tiene hoy 78 años y lleva casi 54 preso y probablemente muera entre rejas.
Nunca se sabrá con certeza si fue un asesino hipnoprogramado o un ejecutor consciente del asesinato de Robert Kennedy. Lo único cierto es que no actuó solo, y que ya no se conocerá la identidad de sus cómplices y de los ideólogos del que hasta hoy es último magnicidio exitoso en los Estados Unidos.
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