
Apenas se estrenó, Titanic se convirtió en un éxito extraordinario. Fue la película más vista durante cuatro meses y se transformó en la película más taquillera de la historia hasta ese momento, luego superada por Avatar también de James Cameron y por la última entrega de los Avengers. Recaudó alrededor de 2.000 millones de dólares. Y, como corolario de su triunfo crítico y de público, arrasó en las entregas de premios anuales.
El 23 de marzo de 1998 igualó un récord que parecía inalcanzable, el de Ben Hur: once Oscars tras catorce nominaciones. Y eso que la Academia ni siquiera la nominó en dos categorías importantes en las que seguramente mereció estar entre los cinco: Leonardo DiCaprio como mejor actor (nadie del elenco obtuvo una estatuilla esa noche) y el guión.
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Sin embargo, en los años previos, en el largo proceso de creación y producción del film todos los indicios daban a entender que sobrevendría un desastre financiero y artístico. Fueron muchos los que creyeron que la megalomanía de James Cameron hundiría el proyecto y a los estudios involucrados.
Todo empezó con la obsesión de Cameron por los naufragios. Ese mundo del mar, el fracaso, la tragedia y los restos que quedan hundidos siempre lo atrajeron. Al ver un documental sobre una expedición a los restos del Titanic supo que ese sería su próximo proyecto. Consiguió que el estudio le financiara filmaciones subacuáticas. Para eso, su hermano ingeniero aeroespacial, diseñó una cámara especial que pudiera sumergirse a mucha profundidad y resistir la presión del agua para recorrer los vestigios del verdadero trasatlántico.
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Él no quería hacer una película catástrofe más. Quería (necesitaba: su obsesión no le permitía otra cosa) precisión histórica para narrar una historia de amor épica con el desastre como marco. El Titanic como tema no parecía demasiado original ni tentador. Como dijo algún productor rival para menospreciar el proyecto: “¿A quién le puede interesar? Ya todos saben que pasa: el barco indestructible se hunde. Y todos se mueren. Muy aburrido”. Sin embargo el poder de seducción y la convicción de Cameron consiguieron el visto bueno. De entrada avisó que sería carísimo. Hizo lo contrario a lo que hacen todos, en vez de ocultar el tamaño de su empresa, les anunció que necesitaría 150 millones de dólares. Aunque, después de varias negociaciones, el primer presupuesto lo cerraron en 109 millones. Al final gastaría casi el doble del cálculo original.

El proyecto pertenecía a 20th Century Fox. Pero era muy costoso y el riesgo era monumental. Así que lo querían compartir. Hablaron con Universal que no quiso tener nada que ver con ese potencial desastre. Paramount aceptó convertirse en socio pero limitando su aporte a algo menos que los 50 millones de dólares debiendo la otra compañía poner todo lo que se excediera de presupuesto. Paramount se aseguró la distribución en Estados Unidos. El costo era una más de las preocupaciones que asolaban a los directivos. Veían que la película iba a ser muy extensa. Más de tres horas que atentaban directamente contra sus posibilidades comerciales. La duración no sólo provocaba que cada sala tuviera menos pasadas diarias sino que las películas demasiado largas acobardan a los espectadores que no están dispuestos a estar tanto tiempo frente a la pantalla.
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Antes de escribir el guión, James Cameron se documentó. Leyó todo lo que pudo sobre el Titanic. Una de las paredes de su oficina se cubrió con publicaciones sobre el barco. No quería dejar ningún detalle sin conocer, no le importaba si se notaba o no en pantalla. Con que él supiera que algo era incorrecto o que no estaba chequeado de manera adecuada, eso se convertía en un obstáculo que le impedía continuar.
Los ejecutivos querían otra pareja protagónica. Para el papel de Rose pasaron por las audiciones Gwylneth Paltrow, Claire Daines y Gabrielle Anwar entre otras. Kate Winslet quería ese personaje. Y luchó por él. Le escribió cartas a Cameron: “Rose soy yo”. Y hasta le mandó flores y se enojó cuando se enteró que otra actriz había pasado por las audiciones. Una carta más: “Me cuesta entender que todavía estés dudando y no te hayas dado cuenta que acá tenés a tu Rose”. La insistencia de Kate hizo ver a Cameron que la actriz estaría dispuesta a hacer todo lo necesario (a aguantar todo lo necesario) para ser una Rose perfecta.
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Tom Cruise quiso hacer a Jack pero ni siquiera fue considerado. La directora de casting acercó los nombres de Chris O´Donnell, Billy Crudup y Stephen Dorff. Matthew McConaughey fue quien más chances tuvo de quedarse con el papel. Hasta hizo pasadas de guión con Winslet. Y también lo probaron para el papel del prometido millonario de ella, el que obtuvo Billy Zane. Pero se quedó sin ninguno de los dos roles.
Para los secundarios se consideró a Barbra Streissand -no aceptó: era poca cosa para ella- y a Robert De Niro como el capitán, pero a último momento desistió alegando temas de salud.
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Los personajes son esquemáticos, no tiene una gran profundidad. Están ahí para demostrar la diferencia de clases y para que los protagonistas vivan una gran historia de amor. Ese esquematismo hace más valorable la actuación de Leonardo DiCaprio, que en ese entonces tenía 22 años. No hay mucho para sacar de ese héroe enamorado que de antemano sabemos condenado a la tragedia.
Los dibujos de Rose desnuda (y la mano que aparece haciéndolos) son de James Cameron. Él mismo dibujó a su personaje. Le pidió a Kate que posara en ropa interior frente a él para hacerlos. Esa fue la primera escena entre los actores. El barco todavía no estaba listo y la pileta gigantesca tampoco estaba llena así que el director debió filmar todas las escenas posibles que no requirieran de mar. Eligió esta para incomodar a sus actores, para romper el hielo. Creyó, con acierto, que al no conocerse tanto, al no haber entrado en confianza, la escena tendría una tensión singular. Los nervios de DiCaprio eran tan grandes que le pidió que se acostara en la cama en vez de en el sillón como indicaba el guión. El tropiezo fue tan genuino que quedó en la versión final.
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La Rose anciana, la de la actualidad, fue Gloria Stuart. Cameron pidió que le buscaran a una actriz que hubiere brillado en la década del 30 pero que luego hubiera desaparecido. Stuart, al momento de la filmación, tenía 87 años y debía ser maquillada para parecer centenaria (se dio la curiosidad que dos actrices distintas Gloria Stuart y Winslet estuvieran nominadas al Oscar por hacer a la misma persona en una misma película). La anciana con la sabiduría que dan los años respondía a cada exceso del director llamándolo “Herr Direktor”.
Los protagonistas de la historia de amor son personajes ficcionales (aunque en la tripulación hubo un joven que se llamaba Jack Dawson y que murió en el naufragio). Pero estos se mezclan con muchos otros personajes que sí estuvieron en el desgraciado viaje. La precisión histórica que desvelaba a Cameron no la logró sólo con un vestuario apropiado o peinados y maquillaje acorde. Contrató a un especialista en normas de etiqueta de principios del Siglo XX que además de escribir un manual que le sirvió de guía a todo el equipo, dio varias charlas durante el rodaje y supervisó cada escena para que no existieran anacronismos ni siquiera microscópicos.
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Pero si hablamos de ajustar a los hechos reales, la mayor proeza fue la construcción en tamaño real del barco hundido. Cameron no quería maquetas ni miniaturas. Necesitaba que todo se viese como había sido. Sólo a algunas partes (los botes por ejemplo) se les redujo el 10 % de su tamaño original. Para algunas escenas como la de la sala de máquinas, Cameron pidió que le consiguieron extras de baja estatura, así todo se veía más grande todavía.
El estudio compró un terreno costero en Baja California, México para construir el barco y el tanque inmenso en el que filmarían las escenas. Toda la operación significó 57 millones de dólares de inversión. La profundidad de ese tanque era de un metro para que todos los actores pudieran hacer pie y pudieron permanecer el mayor tiempo posible. Todo el que pasó por el set terminó, más temprano que tarde, en el agua, empujado por Cameron que siempre sentía necesitar más náufragos en su mar. En algún momento desesperado porque no se hacía lo que había pedido (o al menos eso interpretaba él), Cameron tomó de las solapas a una decena de extras y los metió de cabeza en el desmesurado tanque. Sólo paró cuando llegó al número deseado de víctimas.
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Afuera, en los descansos entre escenas, los esperaban unos piletones con agua caliente en la que los actores procuraban recuperar temperatura.
El agua helada y la inmersión prolongada produjeron varias enfermedades. Desde una neumonía de Kate Winslet hasta problemas renales varios, más allá de algunas fracturas de un par de dobles de riesgo. Pero la gran emergencia médica de la filmación se produjo en un almuerzo cuando estaban filmando escenas de los restos del barco original en el fondo del mar. En esa comida el plato principal era una rica y algo exótica sopa de pescado. Algunos le sintieron gusto raro pero no dijeron nada porque no sabían bien cuál debía ser el sabor de ese caldo. Pero al poco tiempo empezaron los problemas. Alguien había envenenado la sopa con una importante cantidad de P.C.P. (conocida también como Polvo de Ángel) un fuerte y potente alucinógeno que produjo estragos en el equipo técnico. James Cameron apenas se dio cuenta de la situación corrió al baño para provocarse el vómito y paliar los efectos antes de que la droga hiciera efecto. La filmación debió interrumpirse un par de días. No se sabe si se trató de una broma de mal gusto, un accidente o una venganza al comportamiento de Cameron.

- Ya gastamos demasiado. Hay que cortar escenas -dijo un productor.
- Si quieren cortar algo, me van a tener que echar - replicó Cameron
- No nos ponga en esta situación.
- Y le aviso que para despedirme, me van a tener que matar.
La maquinaria, monstruosa y extremadamente cara, se había puesto en marcha hacía mucho. Las dudas, de manera inevitable, aparecieron en los ejecutivos de los dos estudios involucrados. Pero a las dudas siguió el pánico. Se obsesionaron con el fracaso. No podían verle otro final a esta historia. Pero fracaso en este caso significaba la quiebra de estudios, el fin de carreras artísticas, ejecutivos despedidos y pérdida de una cantidad obscena de millones de dólares.
Suele suceder, los casos son múltiples (Heaven´s Gate, Waterworld, One from the Heart, los films de Orson Welles), que una película que se va de presupuesto, que se adivina grandilocuente, de la que se filtran los problemas durante el rodaje, padezca un fracaso estrepitoso. Se suele castigar, a priori, la desmesurada ambición de un director. Y James Cameron era el candidato ideal para que esto sucediera. Megalómano, excesivo, despótico. Y ambicioso. Esa ambición se suele pagar muy cara. No les cae bien a los críticos ni a la industria y el castigo es la lapidación de la obra, casi sin darle chances. Esa arrogancia se la hacen pagar en algún momento. Le demuestran que la omnipotencia que creen ostentar es tan sólo una sensación.
Además en este caso la analogía era demasiado fácil, estaba al alcance de la mano. Todo el mundo sabía que al primer traspié se iba a equiparar el hundimiento de los dos gigantes, de los dos Titanics: el barco y la película. Estaban esperando el fracaso del film para hablar de naufragio, era una carrera para ver quién era el primero en ser obvio.
El manejo tiránico del set de James Cameron es bien conocido. Siempre tenso, al borde del maltrato (en sus días más serenos), el director no suele hacerse cargo de sus modos poco amables. Él, dice, busca resultados concretos y para lograr algo se necesita dolor, atravesar el dolor. Esa es su ética de trabajo. Como contracara no se puede decir que él mismo no lo se sometiera a las mismas condiciones. Las jornadas de trabajo eran extensísimas. Hay fotos extraordinarias en la que lo muestran dentro del tanque, tapado hasta los hombros por el agua, concentrado en la explicación de la escena cumbre a DiCaprio y a Winslet que lo escuchan con atención y algo ateridos por el frío.

La idea original de Cameron era la de contar con la música instrumental de Enya pero no hubo acuerdo. El contratado finalmente fue James Horner. El pedido que recibió fue el mismo. Sólo música instrumental. Así que para no provocar la furia de Cameron se guardó hasta el final la carta de la canción con letra que había escrito. Cuando el director escuchó My Heart Will Go On supo que debía cambiar su decisión. (Otro detalle: Celine Dion al principio rechazó el tema, no le gustaba; fue su marido quien la convenció).
Como todo lo referido a Titanic la música también fue un éxito extraordinario. La canción cantada por Celine Dion se convirtió en el single más vendido de la historia y la banda de sonido obtuvo 11 discos de platinos sólo en Estados Unidos tras vender 11 millones de copias.
El estreno previsto para mediados de 1997, para aprovechar las vacaciones norteamericanas, la temporada alta cinematográfica, se debió posponer. Otra vez las profecías catastróficas se instalaban. El director explicó que se trataba de una demora por los complejos efectos especiales. Ya se hacían cuentas: la película iba a salir más de 200 millones de dólares; a valores actualizados ya era más cara que el mismo barco sobre el que se inspiraba. El estudio le pidió a Cameron que para tranquilizar a los periodistas especializados diera algunas entrevistas. Él aceptó de mala gana.
Fue así que en medio del montaje y cuando los rumores sobre Titanic cada vez eran peores y los malos augurios cada vez mayores, Cameron recibió a una periodista en la sala de montaje. Mientras conversaban, le mostró una escena. Duraba poco más de un minuto. Cuando terminó el director le dijo: “Espero que la hayas mirado bien. Porque fuiste la última en hacerlo”. Y en ese instante borró la escena para siempre. “Acabo de tirar un millón de dólares a la basura”, le dijo, olímpico, a la reportera.
Pero el 19 de diciembre de ese año, Titanic llegó a las salas. Las especulaciones terminaron en ese momento. La película se convirtió en un éxito inmediato, uno que excedió hasta su descontrolada ambición.
James Cameron había logrado crear un nuevo clásico moderno.
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