
Cuando la mafia calabresa secuestró a su nieto de 16 años en julio de 1973, el empresario petrolero John Paul Getty, de 81, era considerado el hombre más rico del mundo, con una fortuna de alrededor de US$2.000 millones (el equivalente a unos US$8.000 millones de hoy). El joven heredero había crecido en Italia, donde su padre, John Paul Getty II, había sido enviado por su abuelo para administrar los bienes familiares; vivía en Roma con su madre divorciada, y ya era una socialité por la combinación de su nombre –J. Paul Getty III–, su manifiesta adhesión a las revueltas estudiantiles de la época, la rebeldía por la que lo expulsaron del exclusivo colegio privado al que asistía y su presencia infaltable en los nightclubs de moda entre la bohemia vernácula. Lo llamaban “el hippie de oro”.
Era sabido que el patriarca desaprobaba esa vida, pero no hasta qué punto la menospreciaba. Su respuesta al recibir el llamado desesperado a Londres de su ex nuera, Gail Harris, informándole que los secuestradores habían pedido US$17 millones para devolver al adolescente sano y salvo, y rogándole que intercediera, fue pública y tajante. “Tengo 14 nietos. Si pago un rescate, tendré 14 nietos secuestrados”, anunció en un comunicado de prensa. El multimillonario moriría tres años después, el 6 de junio de 1976, en Sutton Place, su mansión de Surrey, Inglaterra, pero ese gesto lo definiría para siempre.
“Getty fue casi una caricatura de la riqueza y la codicia, tanto que te hace pensar en el Señor Burns de Los Simpsons”, dijo hace unos años a Vanity Fair David Scarpa, responsable del guión de Todo el dinero del mundo (2017), la película de Ridley Scott en la que el petrolero es interpretado por Christopher Plummer. Para el autor, fue un desafío encontrarle matices a un personaje que, “como en un drama shakespeariano, cuanto más rico se volvía, más dependiente se hacía del dinero, como un adicto”.

Nacido en Minneapolis, Minnesota, en un contexto acomodado donde su padre ya había hecho una pequeña fortuna gracias al oro negro, Paul Getty consiguió su primer millón a los 24 años. Con fama de playboy, le perdió el respeto a su progenitor en cuanto lo doblegó en los negocios. Tampoco iba a respetar nunca a sus mujeres ni a su descendencia –tuvo cinco hijos con cuatro de sus cinco esposas–: para él, la riqueza se volvió un fin en sí misma.
En el libro Painfully Rich: The Outrageous Fortunes and Misfortunes of the Heirs of J. Paul Getty, John Pearson narró en 1995 cómo era el gélido entramado familiar del multimillonario –que se mudó a Inglaterra en los años cincuenta– al momento del rapto cuya reacción y consecuencias conmocionaron al mundo. Igual que en el título, “dolorosamente ricos” (tal su traducción al español), toda su historia era una fábula acerca de cómo el dinero no hacía a la felicidad, o al menos no para sus herederos.

El empresario, cuya colección de arte fue la base del Museo J. Paul Getty de Los Angeles, no había sido más amoroso con su nieto que con su hijo menor, Timmy, cuando le diagnosticaron un tumor cerebral que lo dejó ciego con solo 6 años. Timmy vivía en Estados Unidos con su mamá, Teddy, la quinta esposa de Getty, mientras él ya estaba radicado en Europa. Y aunque el magnate se mostraba devastado en sus diarios por la enfermedad de su hijo, criticaba abiertamente a su mujer por la forma en que llevaba los gastos médicos. “Me alegro de que te des cuenta de que son enormes –le escribe a Teddy en una carta de esa época–. Siempre que haya tiempo tenés que acordar de antemano cuáles van a ser los costos. A algunos doctores les gusta cobrarle a los ricos veinte veces más de los honorarios normales”. Timmy murió en 1958, a los 12 años.
Otra anécdota que muestra la serie Trust (2018), en donde es interpretado por Donald Sutherland, lo muestra en Sutton Place el día del funeral de su hijo, más preocupado porque aumentó el precio del Times que por la muerte que acaba de sacudirlo. “¿Así que el diario subió dos peniques? –le dice contrariado a su mayordomo– Espero que la basura de periodismo que venden también haya mejorado dos peniques”.
Ese era el hombre que no vacilaba en negarse públicamente a pagar el rescate de su nieto adolescente en julio del 73. Es cierto que cuando J. Paul Getty III desapareció, la policía sospechó originalmente que podía tratarse de un autosecuestro: el chico no era precisamente un santo. Pero era su letra la que imploraba a su madre en una carta “No dejes que me maten”. Y los captores también fueron claros desde el principio, amenazaban con cortarle un dedo y mandárselo a Harris como prueba de vida. El abuelo no se conmovió. Y el padre –con quien Getty no se hablaba porque lo consideraba un fracaso financiero–, tampoco estaba en condiciones de reunir el dinero.

En noviembre de 1973, más de tres meses después de aquel primer contacto, los secuestradores cumplieron su advertencia de mutilar al menor. Le cortaron una oreja y la enviaron al diario romano Il Messagero junto con un mechón de pelo de Paul y una nota: “Les adjuntamos esta oreja porque hace meses que la familia se burla de nosotros diciendo que no tiene plata para pagarnos”. Gail Harris, la única que no dudó nunca de que su hijo estaba cautivo, reconoce entonces el pelo de su hijo. Pero los investigadores desconfiaban sobre si la oreja realmente era suya pese a que los peritos confirmaron que pertenecía a una persona viva de menos de treinta años. Ocho días más tarde, llegaría otra macabra prueba: una llamada telefónica a otro diario indicaba un punto en la autopista Roma-Nápoles en donde dejarían algunas fotos de Paul Getty con su oreja cortada. En el lugar señalado, la policía encuentra un frasco con cinco polaroids del chico. Ya no había dudas sobre la mutilación.
El magnate petrolero accedió finalmente a pagar US$2,2 millones. Eso era, de acuerdo con la biografía de Pearson, el máximo que sus contadores le aconsejaron que podría deducir de sus impuestos. Para entonces, los captores habían reducido su demanda a US$3 millones, y la forma en que cubrió el saldo restante también sacudió a la prensa y a la sociedad italiana, que seguía el caso con morbo, pena e incredulidad. Getty le prestó a su hijo US$800.000, con la condición de que se los devolviera con el 4% de interés.

El 17 de diciembre de 1973, en medio de una tormenta torrencial, un camionero encontró a Paul Getty III desnutrido, golpeado y mutilado en una estación de servicio abandonada de Salerno. Había pasado exactamente cinco meses en un atroz cautiverio, por el que más tarde se detendría a nueve hombres vinculados a la mafia calabresa. Nunca se recuperó. En el libro de Pearson hay otra escena que refleja el carácter del patriarca. Tras su liberación, Gail Harris convenció a su hijo de que llamara a su abuelo para agradecerle por su gestión. El chico hizo caso, pero Getty se negó a atender el teléfono.
Sin superar el trauma, Paul se casó muy joven y se mudó a Nueva York, donde se entregó a las drogas y al alcohol. Tenía 24 años cuando un ACV producto de una sobredosis lo dejó prácticamente ciego, paralizado y sin habla por el resto de su vida, solo un lustro después de la muerte de su abuelo. Murió en la mansión familiar de Wormsley Park, Buckinghamshire, en Londres, en febrero de 2011, a los 54 años, apenas acompañado por su madre y sus enfermeras. La imagen de una familia dolorosamente rica.
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