
En Inglaterra no había marino ni explorador que ocultara su fascinación por un mundo helado, a casi catorce mil kilómetros de Londres, al que llamaban la Tierra del Fuego.
Nombre que le dio Carlos I de España, cambiando el original (”Tierra de Humos”) que le endilgó un navegante –era el siglo XIX, el de las grandes exploraciones y descubrimientos–, asombrado por la cantidad de hogueras que resplandecían en la costa.
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Mucho más tarde se sabría que no sólo servían para mitigar el frío casi perpetuo: también como sistema de comunicación entre las tribus.
Cerca de la navidad de 1832, el bergantín Beagle y sus diez cañones navegan, por fin, hacia ese mundo. Lo comanda el capitán Robert Fitz Roy, que en materia religiosa es de una rigidez tan grande como su misión: la única palabra, la Biblia; la misión, trazar un mapa completo y perfecto de cada rincón de ese enigma: la Tierra del Fuego, un planeta en sí mismo…
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Viaja también un naturalista, Charles Darwin, al que –como Fitz Roy– sólo le interesa colmar sus baúles con cuanta especie desconocida, desde una planta hasta un caracol, desde un pájaro o animal nunca visto antes. Pasión que lo impulsó a publicar su libro El Origen de las Especies, que no sólo sería célebre: desataría una tormenta tan violenta como eterna entre aquellos que creían que el hombre, la mujer y todo lo creado era obra de Dios, y los evolucionistas, que prescindían de aquél y, siguiendo a Darwin, se ataban al precepto “El hombre desciende del mono, y sólo sobreviven las especies más fuertes sobre las más débiles”. Es decir: el dios de Darwin era la Naturaleza.

Pero lo más curioso entre la tripulación son York Minster, Fuegia Basquet y Jemmy Button, tres aborígenes que Fitz Roy capturó en un viaje anterior, los llevó a Londres, y ahora los devolvería a su tribu. Pero no por piedad…
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Fanático de sus creencias, los secuestró como rareza zoológica, y decidió que los educaría al modo inglés y los convertiría al cristianismo: una crueldad sin límites…
York y Fueguia se negaron. Pero Jemmy Button, alegre y de risa fácil, se entregó al experimento sin chistar.
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Fitz Roy lo vistió desde el bombín a los zapatos, y sus inequívocas facciones de aborigen y la moda inglesa lo transformaron en un personaje grotesco.
Pero Fitz Roy no se apiadó. Le pagó los estudios –Jemmy llegó a hablar un inglés muy elemental-, y lo acercó al cristianismo con ayuda del misionero Richard Matthews, que poco o nada logró acercarlo a la Cruz.
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Además, su secuestrador se pavoneó hasta el punto de presentarlo en sociedad desde el punto más alto: el rey Guillermo IV y la reina Adelaida, que no entendieron bien de qué se trataba aquello…

Y ahora, el Beagle lleva a los tres fueguinos a su mundo salvaje, pero real. La intención de Fitz Roy es dejarlos cerca del Estrecho de Murray, donde fueron atrapados. En cuanto a Darwin y su infinita colección de especies, tampoco sintió pena por ellos, los fueguinos, que vivían desnudos, desafiaban al frío glacial untando sus cuerpos con grasa de foca, y algunos los pintaban con extraños diseños, parte de su lenguaje. Dijo, según testigos de a bordo, que “nunca vi seres más abyectos y miserables. Cuesta creer que sean seres humanos y habiten en este mundo”.
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El Beagle finalmente atraca en una ensenada llamada Wulaia, adonde llegan guiado por Jemmy, que se encontró con su madre y sus seis hermanos., que lo conocían por su nombre original: Orundellico.
Fitz Roy siguió explorando una parte del Canal de Beagle, y nueve días más tarde retornó a Wulaia, el pequeño paraíso de Jemmy, y prometió buscarlo en su próximo viaje. Pero ese reencuentro fue casi trágico. York y Fuegia, ya pareja, robaron la ropa y las botas inglesas de Jemmy, que él conservaba como un tesoro, y según Fitz Roy en su diario, “En lugar del muchacho que dejamos, encontramos a un salvaje flaco, huraño, con los pelos revueltos, y sin más ropa que un pedazo de tela en la cintura”.
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Comió en el barco con su verdugo, pero no quiso volver a Inglaterra. Se quedó en su islote. En esa eternidad, esa soledad, y el triste recuerdo del momento en que un espejo de Londres le devolvió una imagen imposible: vestido como un gentleman, pero sin saber que era la presa de un cazador que lo atrapó a muy bajo precio: un brilloso botón de nácar… De ahí el apellido de Jemmy, Button, que como los de York y Fuegia, fueron inventados por Fitz Roy para pasearlos en sociedad: una sociedad que los miraba como a monos de circo.
Murió a los 49 años. Su último refugio se llama hoy Isla Button. Pero nadie pregunta por qué.
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