
Hasta hace unos días, Bakersfield, una ciudad de California situada a menos de 200 kilómetros de Los Ángeles, era conocida por su pujanza -es una de las que más creció en Estados Unidos en los últimos años- y por la rama de la música country que lleva su nombre, creada por Buck Owens y popularizada por Merle Haggard. Sin embargo, en las últimas semanas reverdeció un antiguo mérito, que hizo que fuera mencionada en todos los diarios del mundo. Se podría decir que Bakersfield se convirtió en la capital mundial del alcohol en gel, uno de los productos más buscados en estos momentos de pandemia por el coonavirus.
En 1966 una joven latina, estudiante de enfermería, se preocupó al descubrir que en los procedimientos cotidianos que le exigiría su profesión no siempre tenía a mano agua y jabón para lavarse. Es más: se podría afirmar que sólo en escasas ocasiones eso sucedía. Por lo general, sólo al comienzo y al final de la jornada laboral.
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En esa época la necesidad de que los profesionales de la salud tuvieran las manos limpias se había convertido en un credo. Hacía casi un siglo que se habían dejado atrás supersticiones e ignorancias al respecto. La asepsia salvaba vidas. Eso, precisamente, era lo que preocupaba a la joven Hernández. Sabía que los médicos y enfermeras no contaban con la posibilidad de lavarse las manos ante cada tarea y ante cada paciente. Era rigurosa la asepsia previa al quirófano y durante una cirugía, pero no así en la atención clínica cotidiana. También se conocían desde hacía casi 100 años (desde 1875) las propiedades del alcohol que era utilizado como desinfectante en medicina. Así fue que a Hernández se le ocurrió inventar una sustancia con fuerte presencia del alcohol, que fuera fácil de acarrear y cumpliera el efecto de librar las manos de gérmenes y bacterias. De esa manera nació el alcohol en gel (o el satinizante para manos).
Una noche mientras descansaba en su casa, una entrevista captó la atención de la joven latina. Un hombre hablaba entre risas con el conductor de un late night show y explicó que parte de su fortuna la había hecho con sus inventos. En ese momento detalló la conveniencia de patentar las invenciones y dio un número telefónico para que algún televidente interesado llamara para averiguar más. A la mañana siguiente, bien temprano, Hernández llamó. A los pocos días había patentado su invento: el alcohol en gel para manos.
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No se sabe demasiado más de Lupe, figura a la que trajo a la memoria una reciente nota del diario inglés The Guardian. Su nombre aparece, también, en un libro (The grow and development of nurse leaders) sobre la historia de la enfermería entre las que desde esa profesión hicieron un importante aporte a la humanidad. Lupe figura en esa lista junto a Florence Nightingale y a la monja británica Jean Ward quien gracias a su poder de observación ayudó a combatir la ictericia en los recién nacidos. Pero respecto a la vida posterior a su invención desconocemos casi todo. Como si su misión ya se hubiera cumplido y se camufló en su nombre habitual.
El alcohol en gel se convirtió en un producto que durante dos décadas sólo utilizaron los profesionales. Los laboratorios fabricaban para el uso exclusivo en hospitales. Luego también lo usaran las fuerzas armadas. Recién en 1988, la empresa norteamericana Gojo comercializó con su línea Purell el producto de manera masiva. Al principio el público no entendía bien para qué servía, cuál era su utilidad. Sin embargo, de a poco, se fue difundiendo e instalando.
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Sin embargo hubo que esperar hasta la epidemia de Gripe A en 2009 para que se convierta en un producto verdaderamente masivo. Las campañas de concientización para el lavado de manos, vinieron acompañadas de recomendaciones de suplir en caso de ser necesario al agua y al jabón con este producto que para ese momento ya tenía casi medio siglo de vida pero para muchos constituía una novedad.
Ante la actual pandemia, el alcohol en gel fue el primer producto en agotarse, el primero en el que el desabastecimiento se hizo notar. La gente corrió a procurarse un stock del mismo.
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Un caso extremo fue el de los hermanos Colvin de Tennessee, Estados Unidos. Para fines de febrero habían logrado acumular la espeluznante cantidad de 17 mil botellas de alcohol en gel y toallitas desinfectantes. La idea fue de Matt, quien se gana la vida vendiendo diferentes productos a través de Amazon. Primero agotaron las existencias de todas las farmacias y supermercados de su ciudad, luego siguieron por el estado y terminaron comprando el resto por internet. Mientras Matt almacenaba e iniciaba contactos para la venta, su hermano Noah viajaba por Estados Unidos con una combi comprando más. Esta rara dupla, mezcla de hoarders y agiotistas, estaba convencida de que en el momento en que la pandemia del coronavirus llegara a Estados Unidos, algo inevitable a esa altura, ellos harían una fortuna vendiendo a los desesperados pobladores de su país el producto más solicitado y el más escaso.

Pero sus planes se frustraron súbitamente. Alguno de los dos se vanaglorió de su idea y eso llegó a oídos de un periodista del New York Times que contó el caso en una nota. La justicia intervino de inmediato y los puso bajo investigación por distorsionar los precios en medio del pánico colectivo. Para evitar penas mayores, mientras la causa prosigue, los Colvin debieron donar todas las mercancías que habían amontonado en su depósito. Dos tercios fueron para la iglesia local, para que las distribuyera entre la población; y el restante tercio fue incautado por el fiscal de Tennesse.
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El alcohol en gel desde 2009 se convirtió en un elemento de higiene usual. Se lo ve sobre escritorios, en oficinas públicas, en dispensers en baños, a mujeres sacarlo de su cartera en el transporte público, en las mochilas colegiales de los chicos. Su aspecto exterior se fue sofisticando. Ante mayor competencia las compañías buscaron seducir al comprador. Distintos sabores, colores y formatos. Las ventas crecieron exponencialmente en la última década. Es usual encontrar dispensers adosados a las paredes de los más disímiles negocios y dependencias públicas. Muy posiblemente, cuando la vida se reanude, será indispensable para cada uno que salga de su casa, como las llaves, el celular o el dinero.
Desde hace unos años se ha convertido en una costumbre que los médicos se froten las manos con este producto cada vez que ingresan y cada vez que salen de una habitación; y también cada vez que empiezan y finalizan una consulta con un paciente. Desde que se arraigó esta nueva conducta, este nuevo hábito, los estudios científicos muestran una contundente baja en el porcentaje de infecciones intrahospitalarias y en las enfermedades del personal sanitario.
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Hay quienes prefieren no utilizarlo, en condiciones normales, porque sostienen que un poco de suciedad en las manos hace bien, inmuniza. Están los obsesivos que necesitan higienizarse cada vez que entran en contacto con algún elemento hostil.
Los especialistas recomiendan lavarse las manos con agua y jabón. Ese es el método más eficaz para prevenir enfermedades. Sin embargo, en caso de que no se pueda o que esa operación se dificulte, recomiendan el uso del alcohol en gel que elimina más del 99% de las bacterias y gérmenes. Pero insisten que hay que priorizar el agua y el jabón. Utilizando el alcohol en gel sólo de manera subsidiaria. Tal como Lupe Hernández lo pensó en Bakersfield en 1966.
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