
A mediados del siglo XIX los hospitales no gozaban de la mejor fama. Eran tantos los muertos en sus instalaciones que la gente los llamaba Casas de la Peste o Casas de la Muerte. Uno de los médicos más prestigiosos de los Estados Unidos en esos años, Louis Grossman le enseñaba a sus alumnos algunas normas de antisepsia pero aclaraba que para él todas esas cosas no servían para nada. Los cirujanos de ese tiempo solían, antes de entrar a los precarios quirófanos, afilar sus bisturíes contra la suela de sus botas, práctica que imitaban de los peluqueros.
En esa época las mujeres que daban a luz tenían una alta tasa de mortalidad. Esa tasa se triplicaba si el parto tenía lugar en un hospital y no en la casa. La causa era lo que los facultativos llamaban fiebres puerperales. Un médico de Budapest que trabajaba en Viena observó esa circunstancia. Y luego de estudiar el ambiente durante meses llegó a la conclusión que eso se debía a que los médicos y estudiantes de medicina pasaban de analizar cadáveres y sus vísceras a la mesa de partos. Y que la causa de la muerte se encontraba en las partículas de tejidos necropsados que llevaban con ellos. No lo escucharon las primeras veces que insistió con el tema. Hasta que un colega de él, en medio de una autopsia, se cortó accidentalmente con el bisturí y al poco tiempo murió con un cuadro muy similar al de las parturientas.
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Así, wl médico húngaro Ignaz Semmelweis obligó a instalar fuera de la sala un receptáculo con agua y jabón para que se lavaran las manos. También agregó una sustancia clorada. Al principio, Semmelweis fue tratado como un loco, como un excéntrico que quería hacerse notar. Pero casi de inmediato empezaron a verse los resultados. Los números se invirtieron y para 1860, en Budapest, era más seguro tener un hijo en un hospital. Casi el 20 % de las parturientas no podían superar el parto hasta que la intervención de Semmelweis bajó ese número a un 2%.
Pero, Semmelweis, que con sola incorporación del agua y del jabón pudo haber revolucionado la medicina moderna, no fue reconocido en su tiempo y su hallazgo fue abandonado con demasiada velocidad. Uno de los pilares de su teoría era que los pacientes que recibían más visitas de médicos y estudiantes más riesgo tenían. Y eso, naturalmente, no cayó nada bien entre sus colegas. Lo que el húngaro hizo fue ir contra el pensamiento de su época y eso fue demasiado para su descubrimiento simple pero a la vez revolucionario. Los escasos conocimientos y las creencias sostenían que las infecciones luego del parto se debían a las miasmas, un conglomerado de circunstancias ambientales, médicas y hasta cósmicas. Y no a que los médicos eran sucios. La mención de esa posibilidad resultó insultante para sus colegas.
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El pobre médico húngaro murió al poco tiempo a raíz de sus investigaciones. Ya había sido raleado por la comunidad científica. En medio de un experimento se inyectó tejido de una necropsia tratando de demostrar su teoría. Una infección generalizada lo mató con velocidad. Aunque hay otra teoría. Debido a la falta de reconocimiento, el doctor enloqueció. Y una mañana, enajenado, ingresó en medio de una autopsia y escarbó con su manos en el cadáver que estaba siendo estudiado, lo que llevó a que terminara en un manicomio. En las dos historias el final es el mismo: semanas después una infección generalizada ponía fin a su vida.
Este hombre, reconocido por la comunidad científica póstumamente, tuvo mala suerte hasta para con quien se dedicó a enaltecer su figura. Un joven médico francés, cerca de 1925, lo eligió como tema de su tesis doctoral. Ese material se convirtió en el primer libro de Louis Ferdinand Celine, escritor genial, autor de Viaje al fin de la noche y consumado nazi, que fue denostado durante décadas.
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Pero en simultáneo a Semmelweis, un médico tuvo una intuición similar en Estados Unidos. Oliver Wendell Holmes, sin conocer al húngaro, propició la importancia de la higiene en el ámbito sanitario. Pero su prédica no tuvo demasiados seguidores. Wendell Holmes se convirtió, con los años, en un reconocido poeta.

Poco después de estos pioneros, un inglés, John Lister, en 1877, hizo la primera intervención irrigando con unos aspersores la zona quirúrgica. Pero también obligaba a lavarse las manos con dedicación a todos los que ingresaban al quirófano. De esta manera quedó instalado como el introductor de la asepsia en la medicina moderna. La revolución llegó con el agua y el jabón.
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La higiene no era un valor que la medicina de fines del Siglo XIX tuviera demasiado en cuenta. En una famosa conferencia en la Academia de Medicina de Francia, Louis Pasteur abogó por el lavado de manos. “Lo que mata a las mujeres de fiebre de parto son ustedes los doctores que llevan microbios mortales de una mujer enferma a otra sana. Si yo tuviera el honor de ser un cirujano me lavaría mis manos con el mayor cuidado”, dijo Pasteur.
Todavía había muchos que no estaban convencidos aunque los principios científicos evolucionaban y se hacían más precisos y sofisticados, existían los que no podían entender cómo la muerte podía habitar en las manos de los médicos, aquellos que se dedicaban a combatirla. Pero no era una cuestión de creencias ni de buena voluntad, sino de falta de agua y jabón.
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Existía también una razón práctica para esa resistencia al lavado de manos: los hospitales no tenían lavatorios cerca de los quirófanos o salas de internación. Había que trasladarse mucho para acceder a un lugar con agua. Esa misión en invierno se convertía en una especie de odisea.
Otra figura que contribuyó decididamente a que el lavado de manos y la higiene se instalaran como una necesidad fue Florence Nightingale, la precursora de la enfermería moderna con decisiva participación en la atención de los heridos en la Guerra de Crimea.
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Luego el alemán Robert Koch descubrió el bacilo de la tuberculosis y el del cólera. De esa manera fundó la bacteriología moderna. A partir de ese momento la ciencia conoció los gérmenes y las bacterias. Y la necesidad de imponer normas de higiene y parámetros sanitarios se convirtió en una ley para el mundo de la medicina, que iba dejando atrás creencias y supersticiones.
La necesidad de lavarse las manos se instaló en la medicina y de ahí fue pasando a la vida cotidiana. En las primeras décadas del Siglo XX esa convicción, la necesidad de la higiene también se instaló en la gente. De la medicina se derramó hacia la sociedad. En algún momento, la conciencia de la existencia de gérmenes hizo que la comida se vendiera envasada, que en los procesos alimentarios se tuviera en cuenta la higiene.
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Luego de la Segunda Guerra Mundial, con la aparición del estado de confort, los antibióticos y la proliferación de vacunas se dejó de prestar atención al tema. Y el hábito se fue perdiendo.
Pero paradójicamente los avances científicos consiguieron hacer involucionar estas costumbres que ya estaban instaladas. La sociedad comenzó a sentirse invulnerable.
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Una investigadora inglesa divulgó, hace unos años, algunas estadísticas sorprendentes. Después de orinar, el 69% de las mujeres se lavan las manos y sólo el 43 % de los hombres lo hacen. Mientras que el 78% de los hombres y el 84% de las mujeres lo hace después de defecar. El número todavía es más llamativo en lo referido al lavado antes de sentarse a comer. Ahí las cifras son bajísimas: en ninguno de los dos sexos se alcanza el 10 %.

En las últimas décadas, con cada epidemia que surgió como la del cólera o la de la gripe A, las campañas de concientización insistían en la importancia del lavado de manos. Eso significa que el hábito todavía no está incorporado y cada vez que ocurre una situación de excepción hay que reforzar los conceptos.
En esta pandemia que se está atravesando una de las medidas que está al alcance de cada individuo es, una vez más, el de lavarse las manos. A pesar de los avances científicos y del sencillo acceso a la comunicación muchos descubrieron en estos días que aún los que se lavaban las manos no lo hacían de una manera adecuada.
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