
La muerte de Maurice Gibb hace 17 años puso punto final a la formación histórica de los Bee Gees, uno de los grupos más exitosos de la música pop de la segunda mitad del siglo pasado y, también, de los más golpeados por la tragedia.
Su compañero de grupo y mellizo Robin falleció nueve años después; mientras que en 1988 había partido Andy, el menor de la familia, cuando apenas tenía 30 años y amagaba unirse a la banda.
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Mientras estuvieron vigentes, los Gibb dominaron la industria de la música, rompieron récords en los charts y vendieron discos al ritmo de Los Beatles y Michael Jackson. Pero como asegura el dicho “la fama cuesta” y su vida lo demuestra.
A primera vista Barry, el mayor de los Gibb, fue el indiscutido líder de los Bee Gees, el responsable del falsetto que caracterizó a la banda en su etapa más popular y el principal compositor. Luego, aparece Robin, segundo cantante y reconocible en clips y actuaciones en vivo por sus anteojos azulados. El tercer lugar lo ocupa Maurice, “!Mo” para sus hermanos y amigos, el líder silencioso, el cerebro musical, el multiinstrumentista y el mediador de egos, una especie de George Harrison de los Gibb. Ese que ocultaba bajo su sombrero, su sonrisa y su calma casi zen, una vida de excesos y bohemia que le cobraría pronto factura.
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Al igual que sus compañeros de banda, Maurice nació en Douglas, capital de la Isla de Man, un 22 de diciembre de 1949. En esa tierra, dependiente de la corona británica y situada en el Mar de Irlanda, llegó al mundo 35 minutos después que su mellizo Robin y tres años luego de Barry. Allí se había mudado el matrimonio formado por Hugh Gibb y Barbara Pass, junto a su pequeña hija Lesley, en busca de un mejor porvenir en la Europa de la posguerra.

En 1955, los Gibb volvieron a Manchester. Con el tiempo llegó Andy, su hijo menor, y allí empezó el mundo real para Maurice. La música estaba en la familia, además de buscavidas, papá era baterista y lideraba una orquesta y mamá oficiaba de corista. La música fue entonces su juego favorito, su compañera de vida, el pacto de sangre que hizo Barry y Robin hasta que los separó la muerte.
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Todo empezó una tarde en la que los hermanos cantaban melodías de los Everly Brothers. Con el oído acostumbrado de tantos años de escenarios, Hugh sintió que en sus hijos podía haber talento. Con 8 años recién cumplidos, Mo debutó junto a sus hermanos Barry y Robin y dos amigos del barrio en The Rattlesnakes, un grupo que tocaba un poco de skiffle y otro poco de rock and roll, lo que hacían todos los grupos entonces en Gran Bretaña. Hasta que otra mudanza iba a marcar el destino de la familia: Brisbane, Queensland, Australia, al otro lado del mundo.
A mediados de los ’60, y con una carrera exitosa en Australia, los Gibb volvieron a Inglaterra dispuestos a ser profetas en su tierra. Hugh le mandó un demo de sus hijos a Brian Epstein, manager de los Beatles, quien lo derivó a Robert Stigwood. Bastó una audición para que los fichara con un contrato por 5 años y solo necesitaron un álbum, Bee Gees’ 1st (1967), para posicionarse en la escena global post beatlemanía.
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Por entonces tuvo lugar una de las leyendas más populares del Swinging London. La flema británica se había puesto technicolor y los pubs, galerías de arte, librerías y teatros latían al ritmo de la música pop. En uno de sus bares, Maurice es sorprendido por la visita de John Lennon, que llegaba con el traje verde lima en tiempos de Sgt. Pepper’s. Todavía incrédulo, Maurice lo saluda y John le recomienda un trago. Scotch con bebida cola, un clásico. “Me hubiera convidado cianuro y lo hubiera aceptado igual”, reconocería luego el joven, evidenciando la idolatría por uno de sus héroes. La cuestión es que el popular whiscola le gustó demasiado y con el tiempo le traería graves problemas.

La bohemia londinense enamoró al menor de los hermanos y empezó a frecuentar bares y fiestas, donde se cruzaba con celebrities como el actor Michael Caine o el Príncipe Carlos. También se juntaba ocasionalmente a zapar con su vecino Ringo Starr. En ese clima mágico de fin de la década conoció a su primera esposa, la cantante escocesa Lulú. Se vieron por primera vez en el programa de televisión Top of the Tops y empezaron a salir después de un concierto de Pink Floyd en Londres.
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Se casaron en febrero de 1969, con el coro de tres mil fanáticos de fondo, aunque el ritmo de vida no cambió. Podían ser las tres de la mañana que sonaba el timbre y del otro lado de la puerta aparecía Rod Stewart o David Bowie. Era una invitación que no podía rechazar. Si no había algún bar abierto, ellos lo encontrarían.
Mo empezó a vivir con peligro los clichés de la estrella de rock. En cuatro días podía comprarse un Rolls-Royce, un Bentley y un Aston Martin. “Pensábamos que éramos fabulosos, el rey y la reina del mundo”, confesaría Lulu tiempo después. Aunque la carroza se hizo calabaza cuatro años más tarde, algo que en retrospectiva parecía natural. “Éramos dos jóvenes estrellas del pop destinadas a vivir cada uno su propio camino”, reconoció la cantante.
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Mientras, se vivían momentos de tormenta dentro de una banda en la que los egos estaban haciendo estragos. Robin se sintió desplazado e inició su carrera solista. A fin de 1969, Barry y Maurice anunciaban al mundo la separación de los Bee Gees, una medida que duró menos de un año. Los primeros ’70 fueron rutinarios y la banda tocaba cada vez para menos público. Se necesitaba un golpe de timón, que llegó bajo las luces de neón y las bolas de espejos.

América siempre había sido el sueño de los hermanos Gibb. Así lo contaron en una de las últimas entrevistas que dieron juntos. Su primera avanzada había sido a finales de los ‘60, aprovechando el camino que habían abierto Los Beatles. Tuvo que pasar una década para que conquistaran definitivamente la tierra prometida. Para ello, viraron su sonido hacia la música negra, afianzando su tendencia soulera, poniéndose a la vanguardia de la música disco y apelando por primera vez al falsetto de Barry, la indiscutible marca registrada de la banda.
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Fue su histórico manager Stigwood quien les propuso hacer la música de una película que se planteaba narrar la escena de la música disco, inmortalizada como la Fiebre de sábado por la noche. El disco vendió más de 30 millones de copias y sus canciones sonaron en las radios y en las pistas de todo el planeta. Mo ya era un músico todoterreno, dominaba el bajo, la guitarra, los teclados y era responsable de la mayoría de los arreglos, aunque los flashes apuntaran en otras direcciones.
Fue en esa época que Maurice pudo encarrilar por un rato su agitada vida. En 1975 se casó con Yvonne Spenceley y tuvo dos hijos, Adam y Samantha. Se afincaron en una mansión en Miami, en tanto el grupo alternaba buenos discos con algunos fracasos. Los 80 los encontró más enfocados en composiciones para terceros que en material propio, aunque nunca dejaron de dominar los charts, escribiendo para Diana Ross, Dolly Parton o Barbra Streissand.
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Todo parecía marchar bien hasta que en 1988, Andy, el menor de los Gibb, falleció poco después de cumplir treinta años por un infarto de miocardio producto de su adicción a la cocaína.
Fue un golpe durísimo para los hermanos, y Maurice buscó consuelo en su vieja amiga, la bebida. Volvió a frecuentar bares y su conducta se hizo cada vez más difícil de sobrellevar para la familia.
Un día se encontró solo en su mansión de Miami. Su esposa e hijos habían salido entonces bebió como nunca, o como tantas otras veces, pero perdió el control. Cuando su familia regresó, lo encontró ensangrentado blandiendo una de las armas de su colección. Yvonne subió a sus hijos al auto y se marchó de inmediato. Al día siguiente no recordaba nada de lo sucedido.
Fue una situación límite, en la que Maurice vio el abismo y prefirió no saltar. Cuando decidió afrontar el problema, le pidió a su hija Samantha que lo acompañara a su habitación donde guardaba el arma. Se la dio y le pidió que la arrojara lo más lejos que pudiera. La niña se acercó al mar y tiró la pistola. El paso siguiente fue asistir a las reuniones de alcohólicos anónimos. Claro que el anonimato no representaba a uno de los músicos que más discos vendió a lo largo de la historia. Los vagabundos lo reconocían y él los saludaba con el mismo trato que le había dado a las grandes estrellas del rock and roll.
Asumir su alcoholismo y enfrentarlo fue el motivo decisivo para que la familia Gibb volviera a ser tal en la mansión de Miami. Maurice e Yvonne renovaron sus votos matrimoniales y la banda volvió una vez más como el ave fénix. La gira One nigth only, los devolvió a la cima de los rankings. En 2001 el grupo publicó This Is Where I Came, un álbum reflexivo y maduro con el que abrían las puertas al nuevo milenio.

Florida, 23 de febrero de 2002, Barry y Maurice están sobre el escenario y cantan canciones de The Everly Brothers. Sí, como 50 años atrás, cuando eran unos niños y jugaban a ser sus ídolos. Agregan al repertorio algo de los Beatles, de Elvis, de Roy Orbison. De repente aparece Robin y el público delira. Se suceden los hits de los Bee Gees, esas que sabemos todos, que bailamos todos y que quedarán para siempre en la banda de sonido de la música disco. Nadie podía imaginar que ese marco informal y benéfico fue la última vez que tuvo a los tres Bee Gees sobre un escenario.
Maurice empezó el 2003 con algunos dolores estomacales. Al principio no le dio mayor importancia, pero se volvieron severos y tuvo que ser internado de urgencia. Le diagnosticaron una grave obstrucción intestinal y le ordenaron una operación inmediata. A su lado, su esposa Yvonne y sus hijos Adam y Samantha le daban fuerzas, aún cuando sabían que la batalla estaba perdida. Su mellizo Robin voló desde Gran Bretaña y llegó a tiempo para despedirse. La madrugada del 12 de enero, un ataque cardíaco terminó con la vida del menor de los Bee Gees. Tenía apenas 53 años.
Sus hermanos lo recordaron en televisión con palabras sinceras y emocionadas. “Maurice desarrolló un rol esencial en la composición y grabación de las canciones de la banda”, dijo Barry además de destacar su rol de mediador entre dos hermanos ambiciosos y de reconocer su amabilidad y simpatía con los fans de todo el mundo.
Al mismo tiempo, sin dar crédito todavía a lo sucedido, apuntaron contra el hospital. “Se cometieron errores, se perdió tiempo, tiene que haber un responsable y éste tendrá que rendir cuentas por la muerte de Maurice”. Fue más bien una catarsis, la impotencia ante lo inesperado.

Desde entonces, Barry y Robin fueron y volvieron con los Bee Gees, pero la banda nunca volvió a ser la misma. Hasta que en 2012, la muerte de Robin dejó al hermano mayor como único sobreviviente.
Visto en retrospectiva casi como un epitafio, uno de los dos temas que canta Maurice en el último álbum de los Bee Gees es Man in the middle, el hombre en el medio. “Soy el hombre en el medio de un plan complicado. Nadie me muestra la luz. Estoy cansado de la batalla, pero recién empecé a pelear”.
La vida lo dejó fuera de combate de manera repentina, casi a traición, pero quedó su inmenso legado musical. Su liderazgo silencioso, su amabilidad dentro y fuera de la banda y su capacidad de pelear una y otra vez hasta que el cuerpo no pudo más.
Simpático, juerguista, amante del paintball, equilibrista de egos. Se fue de este mundo hace 17 años pero cada vez que su música suena y la fiebre del sábado por la noche se vuelve a sentir, su vida se hace eterna.
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