
Ese americano rubio de ojos claros que vestía como gaucho, que hablaba inglés a los ponchazos y que tenía la costumbre de tomar una extraña infusión con una bombilla, vivía al día y se alimentaba de lo que producía en la granja que alquilaba en Swanthling, a unos kilómetros de Southampton, sobre el camino a Londres.
Lejanísimos habían quedado esos años de señor todopoderoso de la Confederación Argentina. La estrechez económica por la que pasaba lo obligaba a declinar o ignorar invitaciones a recepciones ya que no disponía de vestimenta adecuada. Para Juan Manuel de Rosas habían quedado en el pasado las visitas que intercambiaba con su amigo Lord Palmerston, a quien había nombrado su albacea y que ya había fallecido. Otros que solían visitarlo eran el cardenal Wiseman y el reverendo Mount. Nadie más.
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En 1862, la falta de dinero lo obligó a desprenderse de su casa en la ciudad, convirtiendo la granja en su residencia definitiva.
Hombre de campo
Su jornada de trabajo comenzaba a las ocho de la mañana, que interrumpía una hora al mediodía para almorzar. Iba acompañado de un niño negro quien le cebaba mate. Luego seguía hasta las cinco de la tarde, tiempo en que se ponía a escribir, preferentemente con lápiz. Tenía varios con la punta preparada, para no perder tiempo.
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En la Argentina le habían confiscado sus propiedades, la legislatura lo había declarado en 1857 “reo de lesa patria”. No mantenía contacto con su familia ni con su hermano Prudencio, que vivía holgadamente en un palacete en Sevilla. Se animó a escribirle a Justo José de Urquiza por su situación, y éste lo ayudó económicamente. Lo seguiría haciendo su viuda Dolores Costa, cuando el entrerriano fue asesinado el 11 de abril de 1870.

En el dormitorio de su granja guardaba lo más preciado de sus pertenencias: papeles, documentos y libros que había logrado rescatar cuando dejó Buenos Aires. Muchos eran papeles de la época de gobernador. Decía que serían clave para defenderse de las acusaciones de sus enemigos.
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Rosas siempre fue un personaje algo pintoresco para los lugareños, al que recordaban montado a caballo y que hablaba no tan bien el inglés, al que había empezado a estudiarlo junto a su hija Manuelita en el barco que lo llevó a Gran Bretaña y que siguió con lecciones en Southampton.
Para el anciano general, su hija Manuelita no era más que una ingrata. Había tenido la idea de casarse y dejarlo solo. El 22 de octubre de 1852 se había casado con Máximo Terrero en la iglesia católica de Southampton y se habían ido a vivir a South Hampstead, en las afueras de Londres. Dos veces al año junto a sus hijos Rodrigo Tomás y Manuel Máximo y a su marido recorría los 120 kilómetros que los separaban para pasar unas semanas junto a él.
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Su hijo varón, Juan Bautista, que también lo había acompañado en el exilio junto a su familia, en 1855 había resuelto volver a Buenos Aires. Tan contrariado estaba Rosas que no fue al puerto a despedirlo.
Con su hija había sentido algo similar. Tomó su matrimonio como una traición. No asistió a la boda y en cartas a allegados se lamentaba: “me ha dejado abandonado”.
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A pesar de sus 83 años, no había dejado de lado su costumbre de salir a la mañana al campo a trabajar, a pesar de sus problemas de gota. Había caído en cama por un enfriamiento que había tomado el sábado 10 de marzo y ese resfriado rápidamente se complicó.

Lo asistió su vecino y amigo, el doctor John Wiblin. Hicieron llamar a Manuelita, quien llegó de inmediato. No se separaba de la cama del enfermo.
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Ella se tranquilizó cuando el martes 13 Rosas había amanecido un poco mejor. Sin embargo, en las primeras horas del miércoles lo besó como acostumbraba y notó que tenía su mano muy fría.
— “¿Cómo se siente, tatita?”- le preguntó su hija.
— “No sé, m’ hija”. Fueron sus últimas palabras. Falleció en su exilio inglés el 14 de marzo de 1877, dos semanas antes de cumplir 84 años.
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Los funerales fueron el lunes siguiente en el cementerio local. El 24 el Southampton Times & Hampshire Express publicó una breve necrológica, que informaba que “su excelencia” el general Juan Manuel de Rosas había muerto de inflamación a los pulmones.
El féretro de roble inglés macizo y lustre francés, cubierto por un paño negro que tenía una cruz blanca, fue acompañado por dos coches fúnebres. Fue una ceremonia corta, de la que participaron unos pocos allegados. Se cumplió su deseo, de que en su despedida al más allá solo se rezase una misa.
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Muy lejos, en Buenos Aires, al llegar la noticia, viejos federales salieron a manifestar, lo que dio lugar a que otros tantos viejos unitarios que habían sufrido la persecución rosista y el exilio, hicieran lo mismo y tuvieran como blanco el sepulcro de Juan Facundo Quiroga en La Recoleta, donde intentaron enlazar por el cuello a la Dolorosa, la escultura que coronaba la lápida. El gobierno prohibió a los familiares de Rosas rezar una misa en su memoria.
De nuevo en el país
En la madrugada del 3 de febrero de 1899 su caserón de Palermo fue dinamitado y el extenso parque que lo rodeaba pasó a llamarse Tres de Febrero, que recordaba la batalla de Caseros. El 25 de mayo de 1900 un busto del ex presidente Sarmiento fue colocado en el centro de lo que había sido su residencia, en el actual cruce de las avenidas Del Libertador y Sarmiento.
Desde entonces, hubo varios intentos y proyectos de repatriar sus restos. El 30 de octubre de 1973 la misma legislatura que lo había condenado retiró los cargos, hubo un proyecto en el tercer gobierno de Juan Perón que por su muerte frustró. Y en el comienzo del gobierno de Carlos Menem se concretó.

La exhumación fue el 21 de septiembre de 1989, a las tres de la tarde. Fueron testigos su tataranieto Martín Silva Garretón y Manuel de Anchorena. El féretro estaba en un nicho de mampostería, debajo de los de su hija Manuelita y su yerno Máximo Terrero. El trabajo demoró horas y se usó una pala mecánica para excavar. Tenía la tapa deteriorada. La inexperta manipulación había provocado la destrucción de algunos huesos. Los restos se pasaron a otro ataúd y fueron llevados a la funeraria Mallum.
El viernes 22 por la tarde el Boeing 707 de la Fuerza Aérea que llevaba los restos aterrizó en el aeropuerto francés de Orly, en el sector reservado a los jefes de Estado. Habían colocado una alfombra roja y banderas argentinas y francesas a media asta. El féretro de madera clara, que contenía a otro estaba cubierto por dos banderas, la azul y blanca federal y la celeste y blanca, la misma que hasta el 2 de abril de 1982 había flameado en la entrada de la embajada argentina en Londres. Acompañaban los restos miembros de la Comisión Nacional de Repatriación, con Julio Mera Figueroa a la cabeza. Un grupo de gremialistas que se encontraba en Europa depositaron un poncho punzó sobre el ataúd.
El 27 de septiembre se abrió el féretro ante la presencia de sus descendientes. Los huesos, desarticulados, eran de color castaño y muchos estaban casi destruidos. El cráneo estaba volcado hacia la derecha y la mandíbula aún aprisionaba una dentadura postiza. Era todo lo que quedaba del que durante un cuarto de siglo había gobernado con mano de hierro el país. Se hallaron además un crucifijo de madera y un plato de porcelana, que podría haber sido usado para colocar agua bendita durante el velatorio.
De Francia, el vuelo hizo escala en las islas Canarias y en Recife. El 30 de septiembre por la mañana llegó a Rosario, donde se hizo un acto en el Monumento a la Bandera, con misa y con la presencia de descendientes directos. Allí Carlos Menem pronunció su primer discurso como presidente apelando a la unidad nacional. “Al darle la bienvenida al Brigadier General don Juan Manuel de Rosas también estamos despidiendo a un país viejo, malgastado, anacrónico, absurdo (…) En la unidad nacional nadie está obligado a renunciar a sus ideas ni a su juicio histórico; en la unidad nacional nadie está obligado a claudicar en sus opiniones sobre nuestro pasado”.
En el buque de la Armada Murature fue llevado por el Paraná hacia Buenos Aires. Una parada de rigor fue en la Vuelta de Obligado, escenario del emblemático combate contra ingleses y franceses.
El 1 de octubre llegó al puerto de Buenos Aires y un multitudinario cortejo de jinetes vestidos a la usanza federal acompañó el féretro a su destino final, la bóveda de los Ortiz de Rozas en el cementerio de La Recoleta.
No se cumplió la premonición de José Mármol de que “ni el polvo de sus huesos esta tierra tendrá”. En noviembre de ese año se inauguró un monumento con su figura que mira fijo al busto de su acérrimo opositor, Sarmiento, levantado en medio de lo que era su caserón en Palermo. Y el ya devaluado billete de veinte pesos llevó el rostro de ese anciano ermitaño que había exportado a la campiña inglesa las extrañas costumbres de los gauchos de las lejanas pampas argentinas.
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