
Detrás de cada emergencia en El Salvador se encuentran personas dedicadas a salvar vidas, a veces a costa de sus propios momentos de descanso.
Una de ellas es Carlos Fuentes a quien la vida le cambió el primero de octubre de 1986. Tenía once años cuando ingresó a los Comandos de Salvamento en Apopa, animado por su hermano mayor.
Nueve días después, el país tembló. El terremoto del diez de octubre dejó escombros y muerte en San Salvador. Carlos, que acababa de ponerse el uniforme de socorrista, fue llevado de inmediato hasta el corazón de la tragedia.
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Sus primeros pasos en la institución fueron duros. “Cuando ya me ingresaron al exedificio Rubén Darío, nos encontramos con unas personas fallecidas. Para mí fue impactante, porque un niño de once años ver un muerto… me quedé totalmente paralizado en su momento”. Su hermano, también socorrista, lo obligó a enfrentar el miedo y lo empujó a seguir caminando entre cadáveres. “Tenés que caminar, tenés que seguir. Es el momento de quitarte todos los miedos”.

El ritual fue extremo: “Me pusieron a otro muertito encima de mí para que me quitaran los miedos y, pues gracias a Dios, eso hizo que me quitaran todos los miedos habidos y por haber”. Ese día, Carlos dejó de ser un niño y aprendió de golpe lo que significa ser socorrista.
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La infancia de Carlos transcurría a unas casas de la seccional de comandos en Apopa. Veía a su hermano y a otros rescatistas regresar manchados de sangre. “Ver a los compañeros llenos de sangre ayudándole a la gente… en ese momento fue que me emocionó poder ser parte de la gran familia de los Comandos de Salvamento”. Soñaba con ser uno más entre quienes corren hacia el peligro para ayudar.
El terremoto fue solo el principio. Todavía adolescente, Carlos vivió la ofensiva guerrillera de 1989 en Apopa, en plena fiesta patronal. Pasaron los años y participó en emergencias como los huracanes Stan, Mitch y la tormenta E12. En 1993 fue uno de los doce seleccionados para una beca de Técnico en Emergencias Médicas en Minnesota. De vuelta en el país, enfrentó desastres como los terremotos de 2001, la pandemia y ayudó en las inundaciones en Honduras.
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“Cada emergencia te deja algo, pero la primera vez que uno ve la muerte, la vida cambia. No hay vuelta atrás. El miedo se convierte en una herramienta”.
Entre el sacrificio y la vocación: la vida del comando
Desde 2018, Carlos Fuentes es el vocero oficial de los Comandos de Salvamento. Aunque su cargo cambió, el ritmo de su vida no se volvió menos exigente. “No sé qué es pasar una Semana Santa en casa, no sé qué es pasar una semana de agosto en casa, ni un fin de año en casa, ya ni me recuerdo cómo es el recibir el año nuevo en casa”.
Durante las vacaciones, cuando la mayoría descansa, los comandos trabajan el doble o triple. “Es donde más trabajo hay, donde más necesidad tiene la gente de alguien que está prestando servicios en las instituciones de primera respuesta”. Para Carlos, sacrificar su tiempo familiar tiene sentido porque significa salvar vidas.
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La formación nunca se detiene. Cada año se realizan entrenamientos y certificaciones para actualizar conocimientos en atención prehospitalaria.
“Gracias al esfuerzo de todos los instructores que nos preparan día tras día y sobre todo, ver el tipo de actualizaciones mundiales para brindar una mejor atención”. El objetivo es estar listos ante cualquier eventualidad y ofrecer siempre la mejor respuesta.
Desde su rol, Carlos pide responsabilidad a la población, especialmente a quienes viven en San Salvador: no sobrecargar los vehículos, no conducir bajo el efecto del alcohol, respetar las indicaciones oficiales y cuidar a los niños y adultos mayores. “Si cada persona hiciera su parte, se evitarían muchas tragedias”.
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Heridas, resiliencia y especialidad: las marcas de una vida en emergencia
Algunas emergencias dejan huellas profundas. En 2000, un conductor ebrio provocó un accidente en la carretera a Comalapa que dejó a dos niños gemelos atrapados: uno murió, el otro sobrevivió. Pero la herida más dolorosa de Carlos fue personal:
“La peor que sí me ha marcado es ver morir a mi padre en mis manos, al recibir un disparo en la cabeza”.
No todo es tragedia. Asistir partos en emergencias ha sido su mayor alegría. “Gracias a Dios que nos ha dado sabiduría y las capacitaciones para poder atender un parto y ayudar a la madre a traer a su bebé al mundo”. Su primer parto lo asistió siendo un niño; luego atendió un parto de gemelos.
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Carlos se ha especializado como técnico en emergencias médicas, rescate vehicular, vertical, alta montaña y aguas rápidas. Actualmente lidera la unidad contra el dengue y se capacita cada año. Entre sus habilidades está la reanimación neonatal, necesaria en partos de emergencia. “Uno nunca termina de aprender. Cada rescate trae un reto diferente. La satisfacción es saber que, aunque el mundo descanse, siempre habrá alguien listo para responder”.
Alexis Barrera: misión, rescate y vocación desde la Cruz Roja Salvadoreña
El recorrido de Alexis Barrera en la Cruz Roja Salvadoreña empezó en 2019. Su entrada fue impulsada por un llamado en redes sociales y por la inspiración de su madre, quien durante mucho tiempo formó parte de la organización.
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Ella le transmitió el espíritu de servicio y la convicción de que ayudar a otros podía ser el sentido profundo de una vida.
Desde su ingreso, Alexis asumió el compromiso de estar pendiente ante cualquier emergencia. No espera que ocurran desgracias, pero cuando suceden, siente que su presencia y la de sus compañeros es motivo de alivio para quienes sufren. “Solo con el hecho de saber que se les puede prolongar un poco más la vida es realmente muy gratificante”. A veces, ni siquiera es necesario un agradecimiento; basta con ver el cambio en los rostros y el respiro de quienes reciben atención.
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La situación más compleja que ha enfrentado fue la misión humanitaria en Venezuela. El escenario era catastrófico y la necesidad de ayuda, inmensa. Alexis y su equipo viajaron para colaborar en labores de búsqueda y rescate en la zona de La Guaira. Durante doce días, se turnó entre la exploración de edificios en busca de signos de vida y la penetración en estructuras colapsadas para sacar personas atrapadas. El trabajo era extenuante, tanto física como emocionalmente, pero la recompensa fue real: “Logré colaborar en el rescate de al menos seis personas con vida”. Ese logro le llenó de gozo. “Esa recompensa de poder unir a familias que debido a esa desgracia se habían separado, es bastante gratificante”.
La rutina de un socorrista se intensifica en los periodos vacacionales. Cuando la mayoría descansa, Alexis y su equipo están más activos, pendientes de atender cualquier emergencia y listos para servir. El sacrificio se compensa después, con el descanso y la satisfacción de haber cumplido.
Su formación ha sido integral: cursos de primeros auxilios, atención prehospitalaria, rescate con sistemas de cuerda, rescate vehicular y de estructuras colapsadas, todos enfocados en la ayuda humanitaria. Comenzó a los diecinueve años, y desde entonces el aprendizaje ha sido tanto técnico como emocional. “Eso, hasta en mi vida personal, ayuda bastante a poder tener como las herramientas y habilidades para poder dar resolución a muchos aspectos de la vida diaria”.

El balance de su camino es de cansancio, sí, pero también de una satisfacción profunda. No tiene dudas sobre el futuro: “Claro que sí, ahí seguiremos dando el servicio”.
Alexis deja un llamado a quienes salen de vacaciones: estar atentos a los medios oficiales, prevenir antes que reaccionar y cuidar tanto los vehículos como la integridad propia y de la familia. “Nosotros debemos tratar de ser una sociedad preventiva, que no necesariamente debe llegar a la respuesta, sino evitar la desgracia”.
El regreso de Venezuela fue reciente, un domingo doce de julio. Apenas de vuelta en El Salvador, Alexis retomó su labor convencido de que, con cada acción, aporta un grano de arena para que la vida de otros continúe.
Durante los periodos de vacaciones, son Carlos Fuentes y Alexis Barrera quienes se mantienen pendientes ante cualquier tipo de emergencias.
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