
Fue en los primeros meses de 1938 cuando le colocaron el típico cartel de venta pintado de rojo y blanco. El dueño tentaba a los posibles compradores con un precio accesible y con facilidades de pago. Por las fotografías publicadas, esa vivienda más que centenaria no estaba en las mejores condiciones y era de cajón que el comprador la demolería para construir algo más acorde al crecimiento de la ciudad.
Ubicada casi frente a la iglesia de San Pedro González Telmo, a metros del Hueco de la Residencia, hoy plaza Dorrego, estaba en la loma del Alto del San Pedro, un barrio que cuando llovía mucho y desbordaba el arroyo Tercero del Sur, que corría por la actual calle Chile, quedaba aislado del centro de la ciudad.
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La casa estaba en la numeración 355 de la calle Humberto I. Constaba de un zaguán, dos ambientes en planta baja, otro en planta alta por el que se accedía por una escalera que estaba en el patio. Además tenía sótano y altillo.
En los tiempos de las invasiones inglesas, vivía allí Martina Céspedes, una viuda de unos 45 años con sus tres hijas.
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Se mantenían con los ingresos que daba la tienda de comestibles y despacho de bebidas que tenían en la habitación que daba al frente. Estaba en un punto estratégico para los potenciales carreros que tomaban a la plaza cercana como un punto de transferencia de las mercaderías que transportaban. Clientes no faltaban.

Británicos sedientos
La vida de las Céspedes cambiaría con la segunda invasión inglesa, que no era otra cosa que un refuerzo enviado por Gran Bretaña, donde estaban convencidos de que Buenos Aires permanecía bajo el poder inglés desde 1806. Los británicos se habían concentrado en los corrales de Miserere, y el domingo 5 de julio de 1807 se dirigieron hacia el centro de esa aldea de cuarenta mil habitantes que era Buenos Aires.
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Una de las unidades era el Regimiento 45. Fue dividido en dos columnas, cada una formada por dos compañías. La del teniente coronel William Guard, 34 años recién cumplidos, que bajó por San Juan y su ayudante, el mayor Jasper Nichols, que lo hizo por la calle Humberto I. Buscaban apoderarse de la iglesia de San Pedro Telmo, ya que el campanario brindaba una posición privilegiada. Y en la Residencia, que hasta su expulsión se alojaban los jesuitas y que luego se transformó en una suerte de hospicio de mujeres, los ingleses armaron un hospital de sangre para atender a sus heridos.
Los invasores no solo debían preocuparse por los defensores, muchos de ellos los propios vecinos, que resistían desde techos y azoteas. La inclinación de su tropa por el consumo de alcohol era un serio problema, por eso a medida que avanzaban, los oficiales ordenaban destruir a culatazos botellas y barricas en las pulperías.
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Por eso, grupos de británicos, desoyendo la orden de sus superiores, deambulaban por los alrededores en búsqueda de bebidas. Una docena de ellos fue a parar a la casa de Martina, quien mantenía la puerta fuertemente cerrada.

La tradición no rescata a cuál de las mujeres se le ocurrió la idea de tomarlos prisioneros. Ellas entreabrieron la puerta y les indicaron que solo podrían pasar de a uno, para no llamar la atención. Los soldados acataron y, a medida que ingresaban a la vivienda, luego de seducirlos con aguardiente, los reducían y los encerraban en el cuarto por el que se accedía al pie de la escalera. De esa manera, se apoderaron de doce británicos.
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Al mediodía del 7, con el repique de las campanas de las iglesias, se anunció la capitulación de los invasores.
Al día siguiente, mientras eran embarcados en Retiro, Martina fue al Fuerte, donde todo era alegría y festejo. Se dirigió a Santiago de Liniers, el héroe de la jornada, a quien le advirtió que en la lista de prisioneros británicos faltaban doce. Ante el asombro de Liniers, la mujer relató cómo con sus hijas los habían capturado. Comprobado el hecho, Liniers no solo la felicitó sino que la recompensó con el grado de sargento mayor del ejército, con el privilegio de usar uniforme y cobrar la paga correspondiente.
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Pero la mujer solo devolvió a once de los ingleses. El restante se había enamorado de su hija Pepa, con el que se casaría.
Poco y nada se sabe de la vida de Martina y de sus hijas. Las crónicas consignan que en la celebración del Corpus Christi de 1825 se la vio desfilar junto a Juan Gregorio de Las Heras y a otros héroes de la independencia. Para entonces, todos la conocían como “la Mayora”.
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En el patio de la escuela Guillermo Rawson, construida en 1887 sobre la calle Humberto I, se conserva una reja de la casa de Martina, que era lindera. Y en el edificio de seis pisos que levantaron en el solar de la vivienda, una placa recuerda que allí vivió una mujer quien, en base de ingenio y coraje, se hizo de un lugar en la historia de cuando los ingleses nos habían invadido por segunda vez.
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