
Ese joven de 37 años cumplidos diez días atrás que entraba como presidente a la casa de gobierno esa mañana lluviosa de octubre de 1874 -el día anterior había habido un temporal que dejó destrozos en la ciudad- era un tucumano de larga barba negra y que disimulaba su baja estatura con zapatos con un taco un poco más alto. No pudo evitar el apodo amistoso de sus propios amigos, que le decían “taquito” o “chingolo”.
Nicolás Remigio Aurelio Avellaneda era el más joven de los presidentes del país, que arrastraba, bien adentro de su alma, el drama del día en que cumplió cuatro años. Ese 3 de octubre de 1841 su padre el catamarqueño Marco Avellaneda, de 28 años, cuando estaba a punto de cruzar la frontera hacia Bolivia escapando de la persecución rosista, fue traicionado y en Tucumán le cortaron la cabeza que permaneció en macabra exhibición en la Plaza Independencia.
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De su niñez recuerda esos años viviendo en Tupiza, Bolivia. Por 1850 ingresó al Colegio Monserrat de Córdoba, provincia donde estudió dos años de Filosofía y cuatro de Derecho. Regresó a Tucumán donde fue defensor de pobres y menores, pero como no estaba conforme con su vida, pensó en radicarse en Rosario, aunque terminó decidiéndose por la ciudad de Buenos Aires, hacia donde recaló en mayo de 1857. Al año siguiente se doctoró en la Universidad de Buenos Aires con una tesis sobre tierras públicas, estudio que se transformará en un voluminoso libro en 1865, en el que destacó que en el país sobraba la tierra, pero faltaba el trabajo y el capital. Este tema será su caballito de batalla cuando fue ministro del gobernador bonaerense Adolfo Alsina.

Dedicado al periodismo, trabajó en El Comercio del Plata, fundado por Florencio Varela en Montevideo y que su cuñado trasladó a Buenos Aires, y luego como redactor de El Nacional, uno de los principales periódicos de la época fundado por Dalmacio Vélez Sarsfield.
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A pesar de su juventud, en los círculos políticos se hablaba muy bien de él. Por eso, ese joven militante del Partido Autonomista, a la hora de renovar la legislatura de Buenos Aires, fue electo diputado, integrando la comisión de Negocios Constitucionales. Tenía 23 años. A partir de 1860 y durante seis años ejerció como profesor de Economía Política y Derecho Internacional Privado en la Facultad de Derecho de la UBA.

El 23 de octubre de 1861 se casó con Carmen Nóbrega, dos años menor que él. Los unía un pasado trágico: su padre había sido degollado por mazorqueros en 1848 en la quinta familiar de Barracas.
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En 1866 fue elegido ministro de Gobierno del gobernador Adolfo Alsina, y se pronunció por el rechazo a la federalización de Buenos Aires y por la construcción de una relación armónica con el gobierno nacional. Para dedicarle el debido tiempo, renunció a sus cátedras en la UBA.
Estaba haciendo un carrera idílica: legislador, ministro y profesor universitario.
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El presidente Sarmiento -que lo llamaba “mi discípulo predilecto”- lo designó ministro de Justicia e Instrucción Pública y el tucumano aceptó al instante. Con Sarmiento se habían conocido en 1857 y quedó encandilado del talento del sanjuanino. Tendrían un vínculo por años que trascendería lo laboral. Fue Avellaneda quien le comunicó la muerte de Dominguito en la batalla de Curupaytí, con la intención de que Sarmiento no se enterase por los diarios.
Como ministro, buscó el fomento de la educación poniendo el énfasis en la formación del maestro, cuestión que no era sencilla, en los fondos a invertir y en la construcción de edificios adecuados, en la fundación de bibliotecas, siempre buscando agilizar la burocracia. Ya conocía el problema educativo cuando fue ministro bonaerense.
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Fue su responsabilidad la de multiplicar las escuelas normales en diversas provincias, modelo que Sarmiento había traído de los Estados Unidos. Planeó crear dos, una en Paraná y otra en Tucumán, la que la inaugurará siendo presidente.
Además, como ministro, aplicó un sistema de apoyos y reconocimientos a las provincias que dieran la importancia debida a la escuela primaria. Esa labor, comenzada por Sarmiento, daría sus frutos a fines del siglo, cuando el país podía exhibir orgulloso una bajísima tasa de analfabetismo.
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Fue durante su gestión que se creó el primer observatorio astronómico del país, el servicio meteorológico, el telégrafo y la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas y, fundamentalmente, se organizó la primera exposición industrial y comercial desarrollada en Córdoba en 1871.
Rompía con los paradigmas impuestos por sus antecesores. No había sido militar ni tampoco se lo asociaba dedicado a la trenza política. “Sois el primer presidente que no sabe disparar una pistola”, le dijo Sarmiento. Era inteligente, preparado y sabía cómo cautivar con la palabra.
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Por eso cuando aún faltaban tres años para las elecciones presidenciales, su nombre se agregó a la lista conformada por Bartolomé Mitre y Adolfo Alsina, por entonces dos pesos pesados que integraban todas las listas de ocupar la primera magistratura. Avellaneda debió desdoblarse para ocuparse de los ministerios que manejaba.

La primera proclamación de su candidatura fue en Córdoba en abril de 1873 y cuando ya era oficialmente candidato decidió renunciar al ministerio, cosa que ocurrió en agosto de 1873, por “incompatibilidad moral y legal”.
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El 12 de abril de 1874 el binomio Nicolás Avellaneda-Mariano Acosta obtuvo 146 electores contra 79 de Bartolomé Mitre-Juan Torrent, triunfo que la multitud fue a celebrar frente a su casa en la calle Moreno. Pero los mitristas quedaron dolidos, y clamaron por una revolución, aseguraron que la elección fue “una falsificación” y que había que llevar la lucha “al terreno de la fuerza”. Mientras tanto, el 6 de agosto el congreso confirmó la fórmula, que debía asumir el 12 de octubre.
La revolución estalló pero logró ser sofocada y el flamante mandatario otorgó una amnistía para los complotados. “No hay dentro de la Nación algo superior a la Nación misma”, aseguró en su primer mensaje, al frente de un país que atravesaba una profunda crisis económica.
Buscaba cuidar la prosperidad nacional y, refiriéndose a la deuda del país, aseguró que sería honrada: “Hay dos millones de argentinos que economizarían hasta sobre su hambre y su sed para responder, en una situación suprema, a los compromisos de nuestra fe pública en los mercados extranjeros”, frase que no cayó bien en muchos sectores. Avellaneda no quiso recurrir a nuevos empréstitos para no contraer más deuda para pagar otras deudas. Hubo renuncias en el ministerio de Hacienda y se lograría un repunte con una moneda que no estuviera sujeta al mercado internacional del oro, revitalizando la producción que ayudó a aumentar las exportaciones y alcanzar un equilibrio en la balanza de pagos.

Elevó un proyecto de ley de Inmigración y Colonización y continuó con las reformas educativas iniciadas durante la gestión anterior. Impulsó un plan para conquistar la frontera con el indígena.
La situación política interna, de sectores enfrentados, era para el presidente un obstáculo para la marcha del país, por eso insistió en una conciliación nacional, proyecto que se esfumó cuando en 1878 falleció Adolfo Alsina y lo reemplazó, en el ministerio de Guerra, Julio Argentino Roca, quien empezó a tejer para ser el próximo presidente.
1880, el último año de su presidencia, fue un año difícil para Avellaneda. En lo personal, moriría su hijo Manuel de dos años y en lo público, el país vivía convulsionado. En abril Roca fue electo presidente pero Carlos Tejedor se alzó, convocó a las milicias y, en ese estado de guerra civil, Avellaneda trasladó su gobierno al entonces pueblo de Belgrano. Finalmente las tropas rebeldes fueron derrotadas y a fin de ese año se votó la federalización de Buenos Aires.
De nuevo en el llano, el 5 de marzo de 1881 fue nombrado rector de la UBA y aseguró que era el trabajo más importante que le había tocado en suerte. Impuso diversas reformas en las facultades, como las cátedras por concurso. Impulsó la ley, que lleva su nombre, que establecía las bases por las cuales cada universidad debía dictar sus estatutos, norma que rigió hasta 1947, cuando fue derogada por el peronismo. Dos años después asumió como senador nacional por Tucumán.
Seriamente enfermo de insuficiencia renal, viajó a Europa para hacerse atender, sin suerte, por los mejores médicos. Cuando regresaba, el 25 de noviembre de 1885 falleció a bordo del barco. Así desaparecía una de aquellas figuras claves en la formación de la Argentina moderna, el más joven de los presidentes, el primero de los mandatarios en no saber manejar una pistola.
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