
¿Qué tienen en común Dardo Cabo, un militante montonero fusilado a comienzos de 1977 y Alejandro Giovenco, miembro de la Concentración Nacionalista Universitaria, muerto al estallarle una bomba que llevaba en un maletín en plena avenida Corrientes en 1974? Que ambos habían sido dos de los protagonistas del Operativo Cóndor: el 28 de septiembre de 1966 18 jóvenes llegaron sorpresivamente a las Islas Malvinas en un avión de línea e izaron la bandera argentina. Lo hicieron en tiempos en que gobernaba el general Juan Carlos Onganía, quien se deshacía en atenciones hacia el Duque de Edimburgo, de visita en el país.
Todo comenzó como una loca idea de Dardo Cabo, un joven militante peronista de la UOM de 25 años, y de su pareja, la periodista Cristina Verrier, quien ya conocía las Malvinas. A medida que la fueron compartiendo con otros militantes, jóvenes como ellos, fue madurando la idea de ir a las islas. El objetivo de la misión era la de hacer visible la causa Malvinas.
Además de Cabo y Giovenco, de 21 años, el grupo estaba conformado por Juan Carlos Rodríguez (31), empleado; Pedro Tursi (29), empleado; Aldo Omar Ramírez (18), estudiante; Edgardo Salcedo (24), estudiante; Ramón Sánchez; María Cristina Verrier (27), periodista; Edelmiro Navarro (27), empleado; Andrés Castillo (23), empleado; Juan Carlos Bovo (21), obrero metalúrgico; Víctor Chazarreta (32), metalúrgico; Pedro Bernardini (28), metalúrgico; Fernando Aguirre (20), empleado; Fernando Lizardo (20), empleado; Luis Caprara (20), estudiante de ingeniería; Ricardo Ahe (20), estudiante y empleado; y Norberto Karasiewicz (20), obrero metalúrgico.
Los integrantes tenían órdenes específicas. Unos irían a la casa del gobernador, Cosmo Dugal Haskard, quien hacía dos años que estaba en el cargo y no se encontraba en las islas; otros al cuartel militar, ocupado por no más de 50 soldados; y un tercer grupo a la oficina legislativa.
El Día D

En la madrugada del 28 de septiembre, el grupo embarcó en el vuelo 648 de Aerolíneas Argentinas, que cubriría el trayecto Aeroparque-Río Gallegos. Los muchachos, que escondían armas -algo impensado en la actualidad- se confundieron entre el pasaje.
Un rato antes de llegar a destino, accedieron a la cabina y le ordenaron al piloto modificar el vuelo rumbo a Malvinas. "Rumbo 1-0-5", indicaron. El comandante Ernesto Fernández García pensó que se trataba de una broma. Cuando vio las armas, supo que la cosa iba en serio.
Entre los pasajeros estaba el gobernador del Territorio Nacional de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, contraalmirante José María Guzmán, y el periodista Héctor Ricardo García, director del diario Crónica. Su presencia no era casual. Cuando en 1964 Miguel Fitzgerald había aterrizado en Malvinas en un Cessna, enarboló la bandera argentina y entregó una proclama a los isleños, García le dio amplia difusión. Fue por este motivo que Cabo lo contactó para ser parte de la misión. Necesitaba quien registrara semejante acontecimiento.
¿Dónde aterrizar? La pericia del piloto hizo que pudieran descender en una pista de tierra de 800 metros usada para carreras de caballos. Las ruedas del cuatrimotor quedaron hundidas en la turba húmeda.
El primero en descender fue Andrés Castillo. Luego, el comando tomó de rehenes a algunos kelpers, entre ellos un policía, mujeres y niños que se habían acercado, entre curiosos y atónitos, preguntándose qué hacía un avión de Aerolíneas Argentinas en un páramo donde rara vez pasaba algo.
El grupo enarboló siete banderas argentinas donde pudieron: un poste, alambrados. Se bautizó el improvisado aeropuerto con el nombre de Antonio Rivero -el gaucho que protagonizara un alzamiento en el archipiélago cuando los ingleses lo tomaron en 1833- y se cantó el Himno Nacional. Luego, llegaron efectivos militares que rodearon a la nave a una distancia prudencial. Los pasajeros fueron alojados en casas particulares.

Al día siguiente, se ofreció como mediador el cura católico, de origen holandés, Rodolfo Roel. El sacerdote quería que todo terminase pacíficamente. En la iglesia se llegó a un acuerdo. El grupo entregó las armas al piloto del avión y se acordó que no se rendirían ante los ingleses. La practicidad anglosajona los llevaba a terminar con esta cuestión lo antes posible. También liberaron a Héctor Ricardo García, a quien habían encerrado en un calabozo cuando lo sorprendieron tomando fotografías del poblado.
En Buenos Aires, Juan Carlos Onganía calificaba al grupo de "piratas", pero no pudo frenar que los medios comunicasen la noticia.
En la tarde del 1° de octubre, los 18 fueron embarcados en el buque Bahía Buen Suceso. En 1982 volvería a esas aguas como barco logístico durante la guerra de Malvinas y terminaría en el fondo de las heladas aguas cuando los ingleses lo hundieron una vez terminada la lucha armada.
El día 3 de octubre arribaron a Ushuaia, donde la Justicia federal los procesó por privación de libertad y tenencia de armas de guerra, no pudiéndolo hacer por el secuestro de la aeronave, delito que no estaba tipificado. Estuvieron detenidos cerca de nueve meses, menos Cabo, Giovenco y Rodríguez, considerados cabecillas, quienes purgaron tres años en la cárcel.
El grupo se disolvió y cada uno tomó por distintos caminos donde otras historias de enfrentamientos y desencuentros no lograrían borrar el recuerdo de esa loca idea llamada "Operativo Cóndor".
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