
En Guatemala, la escasez de parteras profesionales es una realidad que se vive en cada consulta y en cada parto. La falta de personal especializado afecta la atención de mujeres y familias en todo el país. Detrás de las cifras, hay historias personales que muestran el esfuerzo y la transformación que implica dedicarse a esta labor. Una de ellas es la de Gabriela Meléndez, presidenta de la Asociación de Parteras Profesionales de Guatemala, quien decidió convertirse en partera en 2008, cuando la carrera universitaria aún no existía en el país y el reconocimiento formal era casi inexistente.
El interés de Meléndez por la partería nació de su propio recorrido como madre. Tuvo a sus dos hijos en parto natural y en agua, cada uno acompañado por una partera distinta. Esa vivencia la marcó profundamente y le permitió comparar de cerca los estilos y modelos de atención. Fue entonces cuando sintió la necesidad de entender mejor el trabajo de la partera, la forma en que cada una acompañaba el proceso y las diferencias entre los enfoques tradicionales y los más contemporáneos. “Eso me hizo ver las diferencias entre los tipos de partería que hay”, recuerda.
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En ese momento, en Guatemala no existía una carrera universitaria de partería. Por esa razón, su formación fue completamente empírica, guiada desde el principio por otra partera experimentada. Aprendió de manera directa, observando, practicando y acompañando a otras mujeres en distintas etapas del embarazo, el parto y el posparto. Sin embargo, a medida que sumaba experiencia, Meléndez sintió que necesitaba herramientas más académicas y científicas para fortalecer su trabajo y garantizar la seguridad y el bienestar de las mujeres a las que atendía.
La experiencia personal de Meléndez como partera también es central en su vida profesional. No solo fue testigo de su propio poder como mujer en el momento del parto, sino que encontró en ese proceso la motivación para dedicarse a acompañar a otras. “Fue una experiencia reveladora, me hizo entender el poder de las mujeres y la importancia de una atención sin violencia”, relata. Para ella, acompañar a otras mujeres en momentos clave, generar vínculos de confianza y transformar el parto en una experiencia positiva son las mayores satisfacciones de la profesión. “Cada parto es distinto y cada vínculo es único. Me siento agradecida de estar presente en momentos tan especiales”.
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Con el paso de los años, Meléndez acumuló experiencia atendiendo partos, aunque hoy dedica más tiempo a la docencia y la formación de nuevas parteras que a la atención directa. Ha participado en más de cien partos y dirige la Asociación Corazón del Agua, que prioriza la formación de personal para la atención de la salud sexual, reproductiva, materna, neonatal y adolescente, brindando becas principalmente a jóvenes de comunidades rurales.

Desde la Asociación Corazón del Agua, Meléndez impulsa programas de capacitación y becas para que más mujeres del área rural puedan formarse como parteras. El enfoque está puesto en comunidades donde la atención médica es escasa y el acceso a hospitales puede ser complicado por la distancia, el idioma o las condiciones económicas. Meléndez defiende la cercanía y la confianza como el verdadero valor de la partería. Explica que las parteras pueden brindar atención en la comunidad o en el propio domicilio, lo que facilita el acompañamiento a lo largo de todo el proceso, desde antes del embarazo hasta el posparto.
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Subraya que muchas veces el sistema de salud formal resulta inaccesible por razones de distancia, idioma o barreras culturales, mientras que la partera puede comunicarse directamente en la lengua de la comunidad y acompañar a la mujer durante años. En cada historia, en cada parto, Meléndez reafirma el sentido profundo de la partería: estar cerca, respetar los tiempos y necesidades de cada mujer y hacer del nacimiento un momento de confianza y cuidado.
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