Por Eugenia Pérez Tomas.

Había ido al bar de la esquina porque en casa no estaba pudiendo. Tenía la costumbre de mover la mesa de lugar para esas situaciones, pero no alcanzó. Fui al bar de la esquina para que los ruidos de las tazas ajenas me permitieran hacer algo más, como si el contraste de ellos ahí con su normalidad y yo del otro lado con la mía fueran buenas excusas para concentrarme. Será que a veces estar sola no me ayudaba para escribir.
Será que estaba dando vueltas como dan vueltas las animales hasta que encuentran el lugar donde dar a luz, parir. Ese día del que hablo yo todavía contaba en tercera persona. Veía con una equidistancia perfecta a los dos protagonistas de mi historia, la adolescente y la sombra. Esa tarde en el bar el café con leche estaba distinto, siempre pedía más leche que café y dos medialunas calientes; hubiera pedido tres, pero así era la promoción.
Ya había pasado de la primera persona a la tercera, pero ese traslado se había dado sin demasiado rumor alrededor, fue más bien una especie de consejo que seguí, alejarme de la voz adolescente para escuchar más de cerca a esa otra que me tironeaba y me resultaba totalmente desconocida. Esta es la crónica de como una tarde en un bar volví a la primera persona, de cómo tomé la voz de la sombra salvaje y me puse a escribir, otra vez, desde ahí.
Tampoco voy a mentir y decir que todo fue tan romántico.

Pero lo que sí es cierto es que ese día tuve una sensación imbatible, de haber encontrado algo que dentro de mi ecosistema era importante. Esa certeza me la daba, por un lado, el cuerpo, que se negaba a nuevos traslados, que me exigía la cercanía a esto nuevo y que se revelaba excitante. Parecido, imagino, a lo que deben sentir las piratas cuando descubren algún tesoro milenario. Así me sentí yo y cuidé el hallazgo con dientes y espadas.
Por el otro lado, desde este punto de vista me aparecía con la fuerza y soltura de una avalancha el humor, o cierto tipo de humor al menos, uno que a mí me causaba reverberancias en la panza. Ahora que lo escribo pienso que cuando en la escritura no me pasa nada es cuando me empiezo a mover, camino por la casa intentando caminar por las paredes, muevo la mesa siguiendo la luz. Cuando la estrategia de movimiento se reduce salgo (algunas veces cambié de bar y siempre el contexto distinto me aportó).
No es novedad que una escribe en su contexto. A veces reboto contra los libros en casa y otras contra los ruidos de los comensales vecinos.
También hay veces, como en esta crónica, que es en un contexto de silencio extremo, mientras que A. y nuestra hija duermen. Escribo con las frecuencias de sus respiraciones, en plena oscuridad, con el reflejo que irradia el celular. Tengo un grupo en el wasap que se llama LOS MENSAJES. Es al otro día que bajo a la computadora lo que apareció en el impulso de la noche.
Desde chica que las 5 de la mañana, esa franja del alba, es la hora que mejor me queda. Tal vez mueva los muebles buscando esa hora interna. Cierto ánimo disipado me acompaña, la nostalgia está con las aguas calmas, la imaginación en su justa medida.
El resto del día estoy buscando eso que pasa cuando me desvelo a la madrugada y me pongo a decir. Me la paso tendiéndome trampas para escribir.
El problema es que no me pasa siempre y no es cuestión de ponerme un despertador. Muchas noches paso durmiendo el momento sagrado y me pierdo de esa escritura que tanto disfruto. El resto del tiempo insisto y hasta logro encontrar esa hora de la que hablé, a otra hora, en otro lugar.
Tal vez esta crónica adopte la forma que persigue el recorrido que hizo la voz que narra en mi novela.
Primero la sensación de la sombra salvaje, como en un cuento de los hermanos Grimm, que asusta y seduce a la vez. Después, como en un relato de iniciación, levantar la vista y hacerle frente. Ponerme cara a cara con la sombra me dio vuelta. ¿Podía ver el mundo desde los ojos de algo que no tiene cuerpo? ¿Podía dejarme llevar por la voz de una sombra? Espejadas, la adolescente y la sombra, como parte de un mismo Jekyll y Hyde. Muy al final llegó el nombre, estaba en el bar, de eso me acuerdo, de la necesidad de no pedir la cuenta hasta poder nombrar. ¡Pedía un nombre para mi novela! Los pequeños capítulos tenían la forma irregular de una fruta. Cada palabra parecía una fruta al lado de la otra. La novela bien podría llamarse a sí misma: racimo de uvas.
Volver a casa luego del lugar de donde aconteció la escritura significaba otro relato: hoy tal cosa, hoy tal otra. Me gusta pensar en ese día que volví y le dije a A.: a la novela la narra un oso, una sombra salvaje. ¡Qué grandilocuente pensé! Escribir la experiencia de mi primera persona deforme.
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