
Durante el gobierno de Juan Perón, Borges, alejado de la Biblioteca Miguel Cané y luego del breve paso por la revista "Anales de Buenos Aires", debió ganarse la vida como orador, dando conferencias por el país. Por aquel tiempo ya había publicado buena parte de su obra, pero todavía era un escritor poco conocido y la convocatoria de público en esos encuentros era más bien escasa. Borges iba peregrinando de lugar en lugar, como una suerte de vendedor ambulante de la palabra: de Azul a Chivilcoy, de Tandil a Olavarría, de Rosario a Córdoba.
Aquellas conferencias, sin embargo, no eran ingenuas: Borges las usaba como laboratorio y ensayaba lo que luego escribiría. De allí salió el volumen Otras inquisiciones, por ejemplo. Él hablaba siempre de pocos temas, a los que les iba incorporando modificaciones a medida que perfeccionaba las ideas. Aquellas conferencias quedaron como una cuña en la historia de la literatura argentina.
No es casual, entonces, que Ricardo Piglia haga que uno de sus personajes más emblemáticos, el comisario Croce, asista —con otras cinco personas, nada más— a una de las charlas de Borges en donde hablaba del cuento policial, y que luego, juntos, Croce y Borges, usen a la literatura para resolver un asesinato de la realidad.
La historia de Piglia se llama "La conferencia" y es uno de los cuentos incluidos en su libro póstumo, Los casos del comisario Croce (Anagrama, 2018), que puede leerse como un texto de despedida, pero, sobre todo, como gran homenaje a la literatura argentina.

El comisario de Piglia es un policía singular dentro del género clásico. No se preocupa por descubrir las causas de un asesinato, sino por analizar las consecuencias. Aplica un método inductivo y considera que el desciframiento de un crimen es tan complicado que prefiere llamarlo "arte de la adivinación". En su lectura del hecho, en la interpretación de las claves, Croce entiende al lenguaje como una herramienta que actúa como puente entre el pensamiento y la realidad: de ahí el interés por aquella conferencia.
Pero, como dice Borges en el cuento, la diferencia esencial entre crimen y relato es que "el crimen tiende al silencio, a la huella borrada, y está fuera del lenguaje, mientras que el relato hace hablar a lo que se mantiene oculto, dice de más, revela y delata".
Ambos, Borges y Piglia, sabían que, en esa paradoja, en esa tensión insalvable de la literatura policial, se juega el éxito del escritor.

El último lector, el primer investigador
Ricardo Piglia murió el 6 de enero de 2017, víctima de ELA (esclerosis lateral amiotrófica). Hoy se cumplen dos años. Fue uno de los más grandes escritores del país. Autor de apenas cinco novelas —la penúltima, Blanco nocturno, está protagonizada justamente por el comisario Croce—, aunque muy profuso en cuentos y ensayos, obtuvo entre otros premios el Casa de las Américas, el Rómulo Gallegos, el Hammett y el Formentor—que también recibiera Borges.
Como la ELA es una enfermedad que paraliza el cuerpo, Piglia debió recurrir a un hardware especial llamado Tobii, para seguir escribiendo. Y lo hizo hasta el último día de su vida. De hecho, aquel 6 de enero por la mañana escribió un breve texto dedicado a la Biblioteca del Congreso, cuyo bar hoy lleva su nombre.
Fue con esa "máquina telépata", como le gustaba decir, que escribió los relatos de Los casos del comisario Croce. En la nota final del libro, firmada en marzo de 2016 —el libro sale ahora por las reglas del mercado: antes había que terminar de publicar los volúmenes de los diarios—, Piglia deja el interrogante de saber si su estilo ha cambiado al usar este equipo. "Siempre me interesó saber si los instrumentos técnicos dejaban su marca en la literatura", dice, y con esa pregunta abierta —cuestión que evidentemente compartía con Josefina Ludmer, de quien fuera pareja en los setenta—, convierte al lector en un investigador que busca los rastros de la máquina de escribir en La invasión, de la computadora en El último lector y de Tobii en estos nuevos cuentos.

Olvidar lo escrito
Cada relato de este libro tiene una idea fuerte y esa es la otra gran misión del lector-investigador: a veces encierra una clave política (peronista), a veces filosófica (kantiana), a veces religiosa (católica); siempre literaria. Pobre del autor que escriba sin una tradición, dijo alguna vez T.S. Eliot. "Escribir es un intento inútil de olvidar lo que está escrito", convino alguna vez Piglia.
En estos cuentos, la tradición salta continuamente: Borges le dice a Croce que su apellido en español es Cruz, como el sargento que se va con Fierro; los ríos del delta del Tigre toman alternativamente las formas que veían Sarmiento, Lugones, Walsh; Emilio Renzi —el alter ego de Piglia— hace las veces de Manuel Puig al prender un grabador cuando habla con el comisario.
Lo más singular, sin embargo, está en el movimiento sincrético de Piglia que reúne a Borges y a Arlt: así como Borges intentaba clausurar el poema de José Hernández con "Biografía de Tadeo Isidoro Cruz", aquí es Piglia el que cierra la historia del Astrólogo de Los siete locos de Arlt.
Piglia también dijo que "la tradición tiene la estructura de un sueño". Estos doce cuentos, con la belleza de lo sencillo, nos llegan a través de una voz apagada, pero que sigue despierta.
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