
Escribí Luto en una semana. Literal: siete días. De un viernes a un viernes. Ya al otro fin de semana la estaba corrigiendo. La corrección me llevó otros siete días. O sea que siendo estrictamente borgeanos en aquello de que "escribir es corregir", debería decir que escribí Luto en dos semanas.
Me llamó la atención que un par de editores amigos, cuando se las di a leer y se los comenté, me recomendaran que no lo dijera (incluso, creo, hubieran querido que no se los dijera a ellos); como si hubiera algo un poco sospechoso en esa, pongamos, velocidad de escritura y concreción; como si –y creo que esta era la verdad del prejuicio– muy probablemente la calidad de lo escrito, la calidad de la novela fuera baja, porque la calidad o eficacia en la literatura y en el arte se conseguirían sólo con meses y años de trabajo.
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Sin falsa modestia, quizá tuvieran y tengan razón sobre Luto, pero estoy seguro de que no la tienen en general. Todos conocemos el anecdotario. Son igual de gloriosos los ejemplos escritos durante mucho o poco tiempo. El extraño caso de Dr. Jeckyll y Mr. Hyde, El jugador, Mientras agonizo o La naranja mecánica, escritos en pocos días no son superiores ni inferiores a The catcher in the rye o Madame Bovary escritos durante años.
Sin embargo, es cierto que las novelas –lo comparto con mi amigo Gustavo Ferreyra– están hechas de tiempo. Y yo agregaría que están hechas de un tiempo en particular, aquel donde ocurre la magia: el traspaso, la representación, la invención o el hallazgo de cierta forma para grabar en el arte algo sensible que se encuentra en esa continua y extraña sucesión de lo real que llamamos vida. Y yo escribí en Luto, yo grabé o quise grabar en Luto mi primera muerte social. O debería decirlo de esta manera: mi primera muerte no fue una muerte familiar.
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Mi primera muerte no fue una muerte que aconteció en el núcleo de mi familia sino en el núcleo de la comunidad en la que yo crecía. Corría 1990, yo tenía doce años. Y asesinaron a la mujer del dueño del negocio que estaba enfrente de mi casa y del negocio de mi madre. A partir de entonces, y acaso para purgar la impresión, yo atesoré y modelé detalles de aquel hecho hasta encontrar un relato; lo hice sin escribir una palabra. O como se suele decir, lo fui escribiendo en la cabeza. Tenía y tuve esa historia en la cabeza durante veinticinco años, hasta que finalmente la escribí en una semana hacia fines de 2015.

Por otro lado, cuando escribí Luto, estaba escribiendo otros dos libros grandes. Grandes quiere decir largos, pero además con una carga de temas y objetos que para sintetizarse en la escritura requiere de un trabajo pesado, de un esfuerzo delicado, intrépido y escrupuloso. Un libro sobre el Riachuelo y una novela alcohólica. De manera que yo venía avanzando río arriba por aquellos dos ríos a la vez, escribiendo unas sesenta o setenta páginas de cada uno, me sentí extenuado al mirar el horizonte de los dos ríos que debería seguir navegando quién sabe durante cuánto tiempo y Luto apareció, o mejor dicho, reapareció como un desahogo. Un desahogo de muchas cosas y en muchos sentidos. Un desahogo, acaso como la venganza, es algo breve, imparable, vertiginoso y muy útil.
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Pero lo que descubrí o descifré después de escribirla, en esos efectos de lectura, en esos pasajes de una dimensión a otra, de tiempo, vida y literatura, es que en la historia de aquella mujer asesinada y aquel hombre, había un espejo de mi madre, que cada día trabajaba, trabajó y trabaja, también en un negocio, un negocio de telas, en el negocio de enfrente. De manera que esa muerte en la otra vereda, figuraba también, una muerte terrible y temida que pudiera acontecer en esta, a mí, en mi propia vereda, en mi propia casa.
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