¿Qué hace un escritor si no puede escribir? ¿Qué hace un escultor si no puede abandonar el mercado del arte? Son estas las preguntas que ponen en movimiento la trama de El artista más grande del mundo, la nueva novela del siempre genial Juan José Becerra (El espectáculo del tiempo, Toda la verdad, Grasa).

La novela está narrada (hablada) por Alejandro del Valle, un escritor menor que tiene un dolor crónico en la columna, lo que no le permite sentarse a escribir. Del Valle, entonces, debe dictarle a una máquina. Y lo que "le cuenta" son los días junto a Esteban Krauze, que lo ayudaba a remodelar su casa de Barrio Parque.

Krauze es un artista brillante, un triunfador. Haga lo que haga, desde esculturas hasta happenings, provoca efectos profundos en todo el mundo. Temido hasta por políticos poderosos, interviene las grandes ciudades como si fueran páginas en blanco. "Tiene algo de Dios", dice Becerra.

La relación entre ellos reproduce a escala la relación entre la literatura y las artes plásticas, compuesta de fascinaciones, envidias, respeto, malentendidos. A fuerza de excesos y salvajadas, Becerra borronea las marcas de alta cultura, pero El artista más grande del mundo es una de las novelas más eruditas y divertidas del año.

“El artista más grande del mundo”, de Juan José Becerra (Seix Barral)
“El artista más grande del mundo”, de Juan José Becerra (Seix Barral)

La novela tiene un cierto estado de crispación. El narrador está enojado.

—El origen de ese malestar, ese rencor tiene que ver con el dolor que siente y con que ese dolor no lo deja escribir. Y también con otras, como por ejemplo, que la literatura es algo que ve como una disciplina que empieza a degradarse hasta considerar que podría desaparecer.

¿Cuánto de Del Valle, del narrador, hay en vos? Del Valle tiene unas frases muy tajantes, a veces escandalosamente tajantes. Pero pienso si eso es construcción de personaje o ideas a desarrollar.

—Lo que tiene de mí posiblemente sea la idea de que la literatura es el arte que envuelve a todos los demás, que es el arte superior. Pero eso lo podría sostener cualquier escritor. La novela  es el género de la absorción total. Puede metabolizar cualquier cosa. En eso coincido con él. No coincido tanto con las cosas que dice. En realidad, cuando uno habla a través de la voz de un personaje, el que habla es una especie de monstruo que es y no es uno. La ambigüedad tiene que ver con el escritor y sus personajes. Hay cosas con las que coincido y otras que me parecen una barbaridad.

En El espectáculo del tiempo planteabas un futuro donde los lectores iban a formar una pequeña cofradía en un espacio cada vez más reducido. Esa idea está presente en El artista más grande del mundo, pero sobre todo está su opuesto: hoy todos escribimos y generamos una masa de escritura como nunca se dio.

—La literatura siempre asumió el papel de ser una disciplina artística minoritaria. Siempre se bancó esa posición. También se la bancan los escritores: si uno quisiera ser famoso se dedicaría a otra cosa. La literatura es para minorías. Es muy resistente, pero es para minorías. En cuanto a lo otro, lo más ambiental, sin dudas el libro revienta la literatura. La aplasta, la sepulta. Es muy difícil detectar dónde está la literatura en medio de la semejante cantidad de libros que se publica constantemente. Hay un asedio de la industria del libro sobre la literatura, que sobrevive como puede, más o menos ahogada debajo de esa masa crítica, adaptándose a lo que sería su propia evolución. No en el sentido de que la literatura tendría que evolucionar hacia una salida populista, si no, justamente, a aprender a vivir abajo del agua.

“La literatura siempre asumió el papel de ser una disciplina artística minoritaria”, dice Becerra
“La literatura siempre asumió el papel de ser una disciplina artística minoritaria”, dice Becerra

En el libro también se pone en crisis la idea de ficción. En algún momento decís que ya no se puede creer más en la ficción: ¿hacia dónde va, entonces, el camino del escritor?

—Creer en la ficción es una especie de milagro. Es cierto que en algo hay que creer, pero creer en ese milagro es creer, de algún modo, en la cosa más antigua que tiene la literatura, que es su capacidad de fascinación. No ponemos en cuestión que lo que sucede en un libro de ficción tiene más o menos que ver con algún tipo de verdad. La relación entre el lector y las ficciones siguen siendo las mismas desde hace siglos. Eso me llama mucho la atención: cómo puede ser que ninguna época haya intervenido sobre eso para decir "Esto es un artificio, no seamos tan niños, seamos un poco más adultos, lo que hacemos es observar una representación maquinal, no tiene nada que ver con la vida". Creemos en eso justamente porque el encantamiento persiste y porque cuando leemos, de alguna manera, siempre somos niños. Cuando uno entra en un libro, cuando se interna en un libro, recupera la relación de un niño con su juego. De hecho, el escritor es un poco niño. Si no, no se comprendería esa soledad. Soledad y megalomanía juntas es una fórmula muy de los niños.

¿Cómo funciona, entonces, la realidad? Pienso en el personaje de Flavia Páez que, a partir de ciertos datos —trabajó en televisión, fue pareja del padre del jefe de Gobierno—, uno sabe que esa Flavia no existe pero que parte de un modelo de la realidad.

—Ahí hay una ambigüedad de doble faz. Los personajes de ficción existen y no existen, en el mismo sentido en que las personas existen y no existen. Uno se relaciona con posiciones personales cuando se relaciona con una imagen e, incluso, con un sujeto. Es cierto que puede haber cosas de ese personaje que sean reconocibles en algún tipo de realidad pública, pero puede ser y puede no ser al mismo tiempo. A mí me interesa que las dos cosas funcionen en simultáneo.

¿Es lo que busca Krauze?

—Él no cree demasiado en ese malentendido que lo lleva a ser una especie de héroe global. El artista verdadero no debe creer demasiado en la posición imaginaria que ocupa, cuando esa posición es de poder. No puede creerse nada de sí mismo. Tiene que ser la persona más pesimista con el efecto que produce su obra, sobre todo si ese efecto es de éxito.

Te interrumpí justo cuando estábamos hablando de Flavia Páez y me decías del personaje que existe y no existe.

—Cada escritor tiene su modo de componer personajes. Por lo general, lo que hacen mis libros —me despego porque son como si se hiciesen solos— es utilizar algún tipo de plataforma material, pero para desfigurarla, de degradarla. En general, la literatura realista, por llamarla de alguna manera, funciona de ese modo: con un principio de realidad trabajado hacia la desfiguración, la deformación, la degradación, incluso el maltrato. Es el material que solamente da origen a los hechos. Luego los hechos de la ficción tienen su propio curso, empiezan a ramificarse, los sentidos se superponen unos con otros y finalmente no sabemos muy bien qué es lo que estamos haciendo, si reportamos una realidad resucitada o, en el mejor de los casos, componemos algo de lo que podríamos estar más o menos satisfechos —que es algo que a mí, por lo general, no me pasa.

Decías "lo que hacen mis libros" y recordaba que Krauze no se dice artista sino alguien que es escultor mientras hace esculturas. ¿Vos sos escritor o hacés libros?

—Hacer libros es una actividad que tiene que ver con una cuestión industrial. Yo no me niego a que el aparato industrial tome de mí aquello que hago; de hecho lo permito y ahí están los libros. Un escritor es escritor cuando escribe. Y antes también: hay una materia que se forma en uno, que yo llamaría "lo literario", que es anterior al hecho de escribir y que produce la posibilidad de escribir. En ese tránsito entre una cosa y la otra, entre lo que llamo de una manera muy amplia "lo literario" y lo más preciso que es "el acto de escribir", ocurre la actividad del escritor. Más allá de eso, nada tiene que ver con el escritor. La impresión de un libro no tiene nada que ver con un escritor. Tendrá que ver con el editor, el imprentero, el fletero que distribuye los libros, el librero que los vende y el lector que los lee. Pero esa trazabilidad, que parece muy larga y que parece intervenida en todos los eslabones por el deseo o por la voluntad del escritor, no tiene que ver con él. Lo que tiene que ver con el escritor es el yacimiento de literatura que hay en él y el acto de escribir.

Otro concepto en crisis de la novela es la idea de memoria: la imposibilidad de comunicarla, de revivirla o re experimentarla. ¿Eso también tiene que ver con los límites de la literatura?

—Sí, claro. Es un límite que en apariencia soluciona el hecho de escribir, que es el modo de fijar esa cosa tan volátil que es la lengua. Eso resolvería el problema en algún sentido. Pero hace una sola memoria de algo y no todas las que ese algo se merecería. En el caso del escritor de esta novela, lo que le ocurre es que al pensar en su obra en términos de audiolibro, antes que de escritura, es que no se puede rectificar y todos los errores que cometa tienen que permanecer como una especie de condena y fatalidad.

La figura del narrador de El artista más grande del mundo sería como una forma de llevar al extremo los textos entre paréntesis de El espectáculo del tiempo, cuando el escritor intervenía con sus ideas y sus incertidumbres las "verdades" de la historia que contaba.

—No lo había pensado pero sí, es muy posible. Hay una fuerza en el momento de escribir que nos empuja a reconocer que aquello que escribimos es insuficiente. Lo que nos puede salvar de esa contradicción es, en primer lugar, el agregado. Como si uno dijese "Me está faltando algo para darle sentido a lo que quiero decir". Pero eso que falta entra en un ciclo de enloquecimiento: falta permanentemente eso que falta. Y si no falta eso, falta otra cosa. En ese vértigo uno empieza a ser consciente del fracaso de la literatura, de que no se puede ir muy lejos. Es cuando este personaje decide, a pesar o a causa del dolor físico, que quiere hacer un tipo de literatura nueva que incluya todas las contradicciones, todas las suciedades y que no le dé la posibilidad de ejercer un poder sobre lo que hace. "Yo no leo lo que escribo, simplemente hablo". Y todos sabemos que no hay ningún control cuando uno habla.

Hay una pregunta que se hace el mismo narrador, que para cerrar quería hacerte a vos: "¿Qué es, en realidad, lo que puede contar la literatura?"

—Para ser precisos y no arriesgarnos a hablar pavadas, diría que lo que puede contar la literatura es poco. Pero, desde un punto de vista optimista, es algo. No creo que sea más que eso.

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