Entre los grandes libros del año que se fue, ocupa un lugar destacado El canario, de Carlos Bernatek. Con este, su décimo libro —que se suma a Rencores de provincia, Rutas argentinas, La noche litoral, etc.—, Bernatek obtuvo el primer premio del tradicional concurso de novela que coorganizan el diario Clarín y la editorial Alfaguara.
El canario cuenta tres historias en paralelo que callan más de lo que revelan. Bernatek no aborda la elipsis si no que trabaja desde el silencio, consiguiendo que, paradójicamente, sean los blancos en la narración los que movilizan la trama. Javier Parra regresa a la Argentina tras 20 años de un exilio autoimpuesto en Brasil y busca la ayuda de Miguel Bishop, un amigo con la edad para ser su padre que se mueve con cierta áurea conspirativa en sus formas. Gracias a Bishop consigue un trabajo en la biblioteca pública de Talcahuano y es allí donde conoce a Maidana, un hombre que hizo la conscripción durante la dictadura y que participó en hechos que aún lo atormentan. Son protagonistas de una épica menor que, casi a la manera de los personajes de Roberto Arlt, se las ingenian para ocupar las grietas del sistema y vivir un poco —sólo un poco— mejor.
El canario es, sobre todo, una historia de amistad y supervivencia. "Uno se apoya en el otro porque también él es el bastón de uno", dice Bernatek en el estudio de Infobae TV, convocado a hablar de la novela. "Los vínculos entre las personas es lo único que nos queda como para decir «Acá hay algo por lo que vale la pena seguir adelante»".

—El título viene de cuando le dicen a Maidana que él como los canarios que llevan los mineros. Pero hay otros significados sobre "el canario" que también funcionan sin hacerse explícitos: el canto del pájaro frente a lo que no se dice, o que, de alguna forma, todos los personajes parecen enjaulados.
—El título original era "Un canario en la mina de carbón". Por una cuestión de simplificación, le empecé a decir El canario sin darme cuenta de que esas otras alusiones metafóricas tenían que ver de un modo fundamental con el argumento. Otra vez aparece el tema de la supervivencia: los mineros del carbón se llevan la jaula porque cuando se deteriora el canario hay que irse de la mina porque se pudrió el aire. Otra vez uno que se apoya en el otro, que es una condición de la solidaridad humana. Esa concatenación de vínculos entre los personajes es, muchas veces, lo que se ve en la microhistoria pero también en la historia general.
—El canario tiene como antecedente tu primer libro, La pasión en colores, aunque pueden leerse independientemente uno del otro. El lector que llega a El canario sin haber leído la historia, casi no sabe nada de los personajes. Es muy llamativo cómo se construye la trama con esos silencios.
—Como autor uno siempre tiende a regular la dosis de lo que informa, sobre todo en una historia como esta, que tiende al desvarío o al desmadre. Pero yo creo que hay que ser muy sucinto y preciso en determinados renglones, porque dar más información sería como la "Chacarera con explicaciones", de Les Luthiers. Me gustaba que la historia previa funcionara de apoyo sin que se la aluda. Este libro empieza como un ejercicio, como un desafío personal: "¿Cómo escribiría esta historia ahora? ¿Es posible de continuar?" Tuve que hacer un forzamiento de lo argumental para encajarla 20 años más tarde sin por eso abandonar la estética de como escribo ahora, que ya no es como la de entonces.

—Pero El canario tiene un estilo distinto a tu novela anterior, La noche litoral.
—Sí, totalmente. La noche litoral tiene una impronta diferente porque está apoyada 100% en el lenguaje del personaje. Es una novela de discurso más que de argumentación. En El canario, si bien existe una primera persona fuerte, hay un paso de distancia como para que la historia no se apoye solo en el lenguaje del protagonista. Normalmente yo hago novelas fuertemente argumentales. Tengo una propensión a narrar mucho, hay muchas historias, trabajo por arborescencia. Pero es muy diferente cuando eso está centrado en la voz de un personaje. La noche litoral salió de un cuento donde un personaje contaba su forma de mirar al mundo. En el transcurso surgió la novela. Era una novela fuerte, potente, me dejó muy contento y tuvo muy buenas críticas. Por eso estoy terminando la segunda parte.
—Los protagonistas de El canario están en busca de la redención. Los tres tienen —de uno sabemos, de los otros lo intuimos— secretos que los acompañan muchísimos años. Maidana, además, estuvo en la Escuela de Mecánica de la Armada en la época del Proceso y, aunque involuntariamente, estuvo en el espacio donde estaban secuestrados los detenidos/desaparecidos. ¿Cómo fue el trabajo de humanizar un personaje como ese, al que siempre tuvimos como el opuesto monstruoso?
—Mucha gente de mi generación hizo la colimba durante la dictadura y a algunos les tocó participar en cosas terribles. A un compañero del secundario le tocó estar en Monte Chingolo cuando fue el ataque al regimiento; lo dieron de baja por problemas mentales y demás. Hay gente que está en el lugar menos indicado en el momento menos propicio. Maidana es uno de ellos: está haciendo la colimba y por una cuestión totalmente azarosa, por presión de su superior, termina trabajando con los guardias. Es un testigo casi involuntario, pero aceptó estar adentro de una maquinaria donde no tiene ningún poder más que el de la obediencia. Él trata de ser humano en un lugar deshumanizado. Su actitud es siempre humana y comprensible, dentro de los límites que uno se puede imaginar, porque la norma es la supervivencia y en el precio de la supervivencia cabe cualquier humillación.
Felicitamos a Carlos Bernatek, querido autor de nuestra casa editora, por haber recibido el Premio Clarín Novela por su obra "Canario". pic.twitter.com/9BULQt2Dta
— Adriana Hidalgo ed. (@ahidalgoeditora) November 2, 2016
—¿Cómo entra el libro en el debate de los 70?
—Cuando se me otorgó el premio, lo primero que noté fue una tendencia muy rápida a sintetizar era "otra novela de la dictadura". Lo entiendo desde el punto de vista periodístico: tenés que mandar una nota que sale mañana y ponés en el título "Las heridas de la dictadura". Pero creo que es tan difícil encontrar una novela de la dictadura como encontrar una novela donde no esté la dictadura. No hay forma de hacer literatura de ficción eludiendo la dictadura. Me remito a lo que le pasó a los españoles: después de 40 años de franquismo, cómo vas a hablar del país sin que el franquismo esté presente. Es imposible evitarlo. Uno no se puede hacer el tonto con la dictadura ni tampoco puede hacer un panfleto. Pero tampoco tiene que suscitar esa respuesta automática de decir "otra novela de la dictadura". Yo me pregunto muchas veces cuál es la novela de la dictadura: ¿Respiración artificial?
—Hay novelas: El cerco, de Juan Martini, Últimos días de la víctima, de Feinmann.
—Elusivas en alguna medida.
—Villa, de Luis Gusmán.
—Villa es posterior, pero es una gran novela. Es el modo que me imaginé muchas veces escribir el tema. Gusmán atina en el lugar desde donde se puede narrar la cosa horrorosa, que es desde un personaje secundario. Y encuentro algunos parentescos en El canario: sin pretender plagiarlo a mi amigo Gusmán, hay cosas de Villa acá. Cosas que son distintas, pero que tienen que ver. Porque la dictadura tiene que ver con todo.
—Cuando te dieron el premio, destacaste dos figuras: la del escritor y la del bibliotecario. Maidana y Parra trabajan en la biblioteca de la calle Talcahuano, vos trabajás en la Biblioteca Nacional. Quería preguntarte por cómo esas dos figuras se reúnen en vos.
—Hay algo de ars antiqua en la biblioteca. El escritor en medio de la biblioteca es una experiencia que vivo como propia todos los días. Estás rodeado de libros y ves que son una entidad distinta para la gente que trabaja ahí. Porque en una biblioteca trabaja también un calderista, gente de mantenimiento, vigilancia. Esa gente puede trabajar en cualquier otro lado, pero la biblioteca es especial. Si hablás con la gente de vigilancia de la Biblioteca Nacional, que yo los conozco uno por uno, te van a decir que no la cambiarían por ningún otro lugar. Por qué, no sé. Las letras de alguna manera te deben influir. Hace poco estuvo Chartier, estuvo Carlo Guinzburg. Una de las últimas salidas de Piglia fue a la Biblioteca Nacional. Trabajar en un lugar que concita a la literatura, a los lectores, a los escritores, a artistas de tantas disciplinas, te deja marcas muy fuertes.
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