
Con Mi mundo privado me ocurrió algo nuevo. Antes de comenzar a escribirlo no tenía una idea concreta o central, o un primer escalón sólido. Lo escribí rápido: un poco menos de tres meses. El otro texto rápido y largo que recuerdo fue la novela Boomerang (1993). Pero allí pude recostarme cómodo y tranquilo sobre un primer capítulo largo y cargado de material que había escrito mucho antes, y que fui estirando y desenrollando a lo largo de la novela. Además la trama, el argumento, tenía bastante de policial, otra forma cómoda de ordenar las cosas.
Este último libro, en cambio, surgió de un fastidio general creciente con un par de dificultades cotidianas (una de plomería, la otra de trámites), que se iban enredando progresivamente, y convirtiéndome para los demás cada vez más en un tipo quejoso, insoportable. Como anillo al dedo, me llegó por mail un video corto (3 minutos) de BBC One sobre mantarrayas gigantes "voladoras" que me enviaba mi hija. Tenía un montaje perfecto, musical, un comentario en inglés y un audio perfectos (se comprendía todo): quedé hipnotizado, mientras lo veía varias veces. Yo quería estar así, exactamente así, saltando en el aire, y resonando como una bomba cuando caía en el agua sobre la panza, o la espalda. Sobre todo porque ya me había puesto a pensar incluso en la muerte (algo muy fácil de hacer a esta altura).
Hasta había desenterrado de las tierras de la memoria una novela que nunca escribí, de tanto pensarla: en ella mi alter ego estaba en mi departamento, muchos años atrás, y todo era perfecto. Estaban también mi hija de unos 12 o 14 años, mi mujer de entonces, yo trabajaba en la computadora… pero el sol no bajaba nunca, estaba fijo en el cielo. Por eso le había puesto El día. Como es lógico me había ido de este mundo, y como me había portado bien, estaba en el cielo: en un día redondo, perfecto, mejor que cualquier otro, eterno. Situación que no me gustaba nada.

Las imágenes de las mantas de carne voladoras y del día interminable de la novela no escrita "hicieron masa", como se decía hace mucho, en la época de la simple electricidad. Sin trama, sin argumento, tuve un flash, un concepto: descubrí la importancia de mi Mundo Privado. Fue como el petróleo que salta cuando se "pincha" un yacimiento subterráneo (como en Gigante, la película con James Dean donde el líquido le cae encima como agua negra). Se trataba de la suma de la realidad a secas más la imaginación, más los delirios con uno mismo. Más aún: la totalidad del universo conocido, tanto real como imaginado, entraba ahí, en el mundo privado, sin inconvenientes.
Me largué a escribir. Cuando había varias páginas paraba. Salía a hacer todas las demás cosas, incluso ver por enésima vez al plomero, y seguir haciendo el trámite. Volvía, me sentaba, ponía un título tentativo de capítulo, y seguía adelante. Como todos los meses, crucé a Buenos Aires a encargarme de mis cosas en dicha ciudad a lo largo de una semana o diez días. En el segundo viaje me lo pregunté: ¿podría escribir también allá? Empecé el capítulo siguiente: podía.
Un rendimiento inesperado fue que a partir de ir tirando de hilos diversos, fueron apareciendo cosas de mi vida que nunca había tenido en cuenta. Una prima con la que jugaba en la infancia. Unos tíos que se dedicaron (los tres) a ser aviadores de distinto tipo. O, de pronto, el tiempo convertido en unas imágenes totalmente fantásticas entre las que yo avanzaba cabalgándolo como su amo y maestro (uno de los delirios personales). Nueva dimensión: un capítulo entero de detalles diversos sobre Rosario, con el título My Own Private Rosario (parafraseando My Own Private Idaho, la genial película yanqui tal como se llamaba en inglés, mientras que en castellano era, desde luego, Mi mundo privado).

Estaba bueno realmente: me sentaba, escribía, escribía, llegaba al fin de un capítulo. Empezaba otro. Muchas cosas eran obviamente irreales, inventadas. Otras, inventarios diversos. En un momento, por joder, mezclé los tantos e inventé cosas que parecían evidentemente reales. Y muchas páginas después lo avisé (no hay por qué engañar con "textos del yo" que no lo son). En un momento dado aluciné imágenes donde el Mundo Privado era un bicho gigante y azul que salía del mar. Poco después calmé las aguas. Empecé a frenar. De pronto todo se acomodó. A partir de ese punto final el Mundo Privado podía volver o no, como quisiera.
Lo corregí siete, ocho veces. Sin quitar ni agregar demasiado. En las sucesivas lecturas, me di cuenta de que funcionaba: no me cansaba volver. A su vez en cuanto cerraba el libro la fórmula secreta volvía a serlo: lo olvidaba en gran medida. Y volvía a recordarlo cada vez que lo leía.
Cuando escribí Ómnibus (2006) pasó exactamente al revés. Es todavía más corto, y también sobre cosas de la realidad. Pero ir destilándolo me llevó cerca de seis años. Aliviado, con el libro ya impreso pienso si podré superar mi propia marca, y escribir otro libro, bueno y todo, digamos, en menos de tres semanas.
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