
"Paramos en la banquina para saludar a unos amigos y una camioneta nos pisó: mi papá y mi hermano murieron y yo quedé en silla de ruedas". Los ojos de Enrique Plantey (36) se enrojecen cada vez que se refiere a aquel trágico 24 de febrero de 1995, cuando viajaba junto a los suyos por la Ruta 22 desde la ciudad de Neuquén rumbo al campo familiar en Loncopué, distante 305 kilómetros de la capital provincial.
Despertó a los cuatro días en el Hospital Regional, con la novedad de que le faltaba parte de su familia y que su vida transcurriría en una silla de ruedas. "Tenía apenas once años. El golpe emocional fue durísimo, pero ansiaba subirme de una vez a la silla para salir de la cama. Así me lo tomé, como un desafío", cuenta hoy con entusiasmo.
Mientras charla con él en su rol de entrevistadora del nuevo ciclo de historias motivadoras, Natalia Denegri se emociona y el abrazo y la calidez entre ambos surgen espontáneos. Ella escucha atenta y conmovida el relato.

Lo que siguió a la estadía en el hospital fueron cuatro meses de rehabilitación en Cuba, acompañado siempre por Luri Rueda, su mamá. "A mí me apasionaba jugar al fútbol, pero gracias a la gran ayuda de Raúl, el profe de la escuela Don Bosco, empecé a animarme a otros deportes".
Y no paró más: participó en carreras, lanzó jabalina, remó en kayak, anduvo a caballo, practicó básquet, vóley, natación, ping pong, surf… El broche de oro llegó cuando se atrevió a esquiar, primero en calidad de amateur y luego como una star de la actividad, ya que siendo esquiador profesional brilló en diversas competencias, como los Juegos Paralímpicos de Sochi 2014. En 2017 obtuvo el 13er. puesto en el Mundial de Esquí Alpino celebrado en Eslovenia y en 2018 participó en los Juegos Paralímpicos de PyeongChang 2018, donde fue el abanderado de la delegación argentina. Además estudia Derecho, trabaja en el Consejo de la Magistratura y tiene su propio emprendimiento: creó un dispositivo –una rueda más– que se adapta a una silla de ruedas y la convierte en una bicicleta o triciclo.

–¿Cómo fue el accidente, Enrique?
–Estábamos viajando desde Neuquén. Nos encontramos en la ruta con unos amigos… Frenamos, nos bajamos en la banquina mi papá (Beto), mi hermano (Nicolás) y yo. Vino una camioneta, se le levantó el capot, maniobró mal, no tenía visibilidad y nos pisó.
–¿Qué ocurrió entonces en tu vida?
–Me cambió mucho. Yo tenía una visión muy distinta de las personas con discapacidad. Un año antes de mi accidente, un amigo había quedó en silla de ruedas y me shockeó. Pensé que su existencia estaba arruinada para siempre. Cuando ocurrió aquello, tuve que recomenzar siendo un nene. Mis prioridades ya no pasaban por salir a jugar al fútbol, sino por estar bien físicamente. Me fui a hacer una rehabilitación muy buena a Cuba. Con mi mamá (Luri Rueda) estuvimos allá cuatro meses.

–¿Qué significa tu mamá para ti?
–Mucho, todo… El entorno es muy importante para las personas con discapacidad. Te pueden potenciar o limitar. Mi mamá fue una potenciadora gigante. Y mis hermanos (Agustina, María José y Eduardo) también. Cuando le pedí permiso a los dieciséis para irme a San Martín de los Andes con mis amigos tuvo mucho miedo, pero me dejó y eso fue clave. Me hizo sentir seguro. Y en ese viaje conocí el esquí adaptado.
–Y te apasionó…
–Sí, fue increíble. Es un deporte que te da libertad. La montaña la podés recorrer de arriba abajo con tu sillita de esquí, de forma muy independiente y no necesitás ayuda de nadie. La forma en que se coloca el esquí es exactamente como lo hace una persona que está parada. El lugar, la naturaleza, me encantaron.

–¡Y lograste un montón de premios, Enrique!
–La verdad que sí, Natalia. Arranqué como un turista y con el tiempo empecé a viajar más. Todo producto de mucho esfuerzo, constancia y entrenamiento. Todos los años estoy cuatro meses compitiendo en Europa, y tres meses en nuestra Cordillera, entrenando y también compitiendo.
–Eres un gran Corazón Guerrero. ¡Qué lindo todo lo que me cuentas!
–Soy una persona que sigue su instinto, y trato de ser muy fiel a lo que quiero hacer.
–Y a auto-superarte día tras día.
–Es mi objetivo. La realidad es que no me guardo las cosas para mañana. Me gusta mucho viajar, estar con mis amigos.

–Cuéntame sobre ese proyecto espectacular que concretaste fabricando bicicletas especiales.
–Es un emprendimiento hermoso, que se llama 3Pimobility. Lo hacemos con un amigo, Mariano Tubio, un genio, que me hizo conocer la "hand-bike" que había traído de los Estados Unidos. Me dijo apenas lo vi: "Si querés, llevátela". Y creamos esto juntos: transformar una silla de ruedas en una bicicleta o en una motito –porque hay eléctricas y manuales–. Es espectacular, increíble, cómo cambia la visión de las personas cuando te ven andando. Porque nacemos con un preconcepto de que estar en silla de ruedas es tener una vida difícil, complicada…
–¿Crees que en la sociedad actual ha cambiado un poco esa mirada?
–Está cambiando, y eso es muy bueno.
–¿Tienes novia, Enrique?
–Bueno, ahora no, estoy soltero.
–Porque ése es otro tema tabú, el de las relaciones amorosas cuando alguien tiene una discapacidad.
–Es un tema que muchas veces no se habla. A mí me costó mucho, porque cuando tenía 16/17 años y empecé con el tema de la sexualidad, me enfrenté a un médico y le pregunté: "¿Qué onda? ¿Cómo es esto?". Y él se puso más nervioso que yo. ¡Raro, es tema tabú hasta para los médicos! Y experimentando me di cuenta de que es muy normal, es igual. Yo lo hablo mucho, con mis amigos, con las mujeres. Es súper normal, tanto para mí como para la persona con la que estoy.

–Con ese gran espíritu que tienes, ¿qué mensaje les darías a aquellos que sufren una discapacidad?
–Es complicado. Cada uno lo toma como puede, como el entorno se lo permite. Les diría que sean fieles a sí mismos, que salgan adelante con las cosas que les gustan, que practiquen mucho deporte, porque ayuda a salir de casa y a sociabilizar, que es una forma importantísima de rehabilitarte. Y un mensaje para el entorno: que no limiten ni potencien, que dejen ser, que los límites vienen solos.
Por Miguel Braillard. Fotos: Christian Beliera, Julio César Ruiz y álbum familiar.
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