
En el imaginario de la sabiduría oriental, el paso del tiempo suele pensarse como un proceso de depuración: los años ordenan el carácter, moderan las pasiones y le dan al cuerpo un ritmo más lento, acorde a una mirada supuestamente más justa sobre las cosas. Esa idea instala la expectativa de que envejecer implica ganar criterio y distancia emocional.
Esa expectativa también la tuvo el historietista y escritor Roberto Fontanarrosa, aunque su experiencia con los años, el fútbol fue por otro lado.
“Yo pensaba que con el paso del tiempo me iba a convertir, como esos ancianos orientales, en una persona sabia, criteriosa. ¡Y es mentira! Cuando pasé a jugar en Veteranos y Superveteranos, nunca vi agarrarse a trompadas a tantos tipos como a los tipos grandes, porque ya entra la impotencia, los vicios, las manías, ya el cuerpo no te responde. Y ahora, como hincha, también suponía que iba a tomar cierta lejanía, y en cada clásico envejezco cinco años. Y sufro más la derrota de lo que disfruto de la alegría del triunfo.”

“Soy un imbécil, ¿viste? Porque yo me considero un intelectual esclarecido”, decía, riéndose de sí mismo mientras admitía que todo su entorno —hinchas y no hinchas— medía su estado de ánimo según cómo hubiera salido Rosario Central.
Ahí aparecía el punto. Para Fontanarrosa, el fútbol no admitía una explicación lógica. Esa idea solía apoyarla en una frase que le había escuchado a Claudio Morresi, exvolante habilidoso de River, cuando decía que si uno no entiende que el fútbol es una pasión, no entiende nada.
El fútbol real del Negro en los picados de Universitario
Para conocer al Fontanarrosa futbolista, fuimos a buscar a sus compañeros de potrero, a quienes compartieron con él la cancha lejos de los reflectores y de cualquier forma de competencia organizada.
Ese recorrido lleva a la Quinta del Club Universitario de Rosario, una institución nacida en la década de 1920, vinculada al mundo universitario, que con el paso de los años se convirtió en un espacio donde el deporte conserva un tono amateur, sostenido más por la continuidad que por los resultados.
Los sábados en la Quinta de Universitario tenían sol, polvo, mates, chicanas, rodillas vendadas y una organización tan precaria como eficaz. Se arrancaba a las dos de la tarde y se terminaba cuando caía el sol. Equipos de siete, edades mezcladas, jugadores que entraban y salían. A veces tantos que hubo que inventar un bolillero para sortear turnos.

Ahí llegó Roberto Fontanarrosa, después de dejar ligas más competitivas. Llegaba en un Citroën 3CV verde loro y se sumaba a un fútbol decididamente recreativo, donde el rival de un sábado podía ser tu compañero al siguiente. Un fútbol sin tabla, sin premios y sin testigos, salvo los propios protagonistas. Jugó durante 25 años.
“Jugaba de volante por derecha, prolijo, pensante, de buena pegada”, dice Luis Curti. Con los años, cuando la rodilla ya no dio más, Fontanarrosa se paró cerca del área contraria, displicente, como si estuviera ahí por error. Nadie lo marcaba demasiado. Recibía solo. Y convertía goles. Muchos. Generalmente —aclaran sus compañeros— ante arqueros no muy duchos en el puesto.

En ese mismo período, cuando alternaba partidos con ausencias cada vez más frecuentes, también ejerció el rol de árbitro. Y cuando ya no pudo ir a la cancha, pidió que le mandaran los resúmenes por correo electrónico. El fútbol seguía entrando por otro lado.
El fútbol antes de Uni
Antes de Universitario, antes de los sábados, antes del Negro con la camiseta transpirada y la rodilla a medias, estuvo el barrio. Luis Curti lo escribió en un texto autobiográfico donde el fútbol aparece como una forma temprana de ocupar el mundo. Baldíos ganados a los yuyos, canchitas armadas a fuerza de trabajo infantil y acuerdos precarios con adultos poco sociables. El juego era también una forma de organización, de pertenencia y, a veces, de revancha.
En ese relato, cuando el baldío es clausurado y la bronca se acumula, la infancia se convierte en épica. El permiso para jugar había estado atado a una única condición: “respetar unos frutales que había en el fondo”. Cuando la puerta apareció otra vez cerrada con cadena y candado, la venganza se planificó en secreto, con serrucho, ropa oscura y una misión nocturna narrada como si fuera cine bélico: “emulando a Lee Marvin, Charles Bronson, Telly Savalas, John Cassavetes en ‘Los doce del patíbulo’, durante la segunda guerra mundial, en su incursión dentro mismo de la Alemania nazi”.
Ese mismo hilo —del potrero al club, del baldío a la cancha marcada con cal— llega décadas después a Universitario. Cambian los cuerpos, se acumulan lesiones, aparecen los silencios. Pero el sábado a la tarde sigue funcionando como un punto de encuentro. Entre mezclas improbables de edades, talentos y humores, Roberto Fontanarrosa vuelve a ser uno más. No el escritor, no el humorista célebre. El Negro que juega, observa, dice poco y deja una frase justa flotando en el aire.
De ese espacio habla el ingeniero civil jubilado, Luis Curti. De esa liturgia. De esos sábados que, como el barrio, nunca terminan de irse.
—Muchos lo imaginan como un tipo permanentemente gracioso, muy expansivo. ¿Era así en la cancha?
—No, para nada. Eso es algo que siempre me gusta aclarar. Él era un tipo muy serio. La imagen que tiene la gente es la del Fontanarrosa dicharachero, y no. En el partido no hablaba casi nada. Por ahí, antes, en la previa, o después, en el pospartido, largaba algún comentario. Pero era muy sutil. Decía algo y vos decías: mirá este tipo. Te hacía reír o te dejaba pensando. No necesitaba decir mucho.

—¿Cómo era esa previa de los sábados?
—Más distendida. Nadie estaba cansado todavía, no estaba el partido encima. Se charlaba un poco más. Después él llegaba, se cambiaba, jugaba y muchas veces ni se quedaba al pospartido. Era metódico. Muy de ir, cumplir y listo.
—¿Y como jugador?
—Había jugado mucho. En ligas comerciales, cuando era más joven, jugaba bien. Con nosotros ya era más grande, te hablo de hace veinte años, pero igual se las arreglaba. El tema es que tenía la rodilla muy jodida. Entonces nadie lo marcaba mucho, se quedaba cerquita del área rival y siempre algún gol hacía. Siempre. Era un tipo valioso para tener en el equipo.
—¿Te acordás cuándo empezó a ir a Uni?
—Más o menos cuando empecé yo. Al principio iba esporádicamente, cuando no tenía otro partido. Después se hizo habitué de los sábados. Y cuando se le despertó la enfermedad y ya no podía jugar, igual iba. Hacía de árbitro, como para seguir integrado. Eso dice mucho de él.
—Nunca se fue del todo...
—No. Nunca. Incluso en la época en que viajaba con la selección argentina, cuando hacía esas columnas de Doña Rosa… ¿te acordás?
—Sí, claro.
—Iba a Colombia, por ejemplo, y escribía desde allá. Una vez volvió con unas hormigas gigantes bañadas en chocolate como souvenir. Fue desopilante. Todos decíamos: ¿qué trajo este tipo?, ¿comen eso allá? Pero más allá de esas anécdotas, era un tipo muy querible. Jamás lo viste enojado por una discusión del partido. Estaba más allá de todo eso.
—Así como El Cairo y la Mesa de los Galanes aparecen en sus textos, ¿algo de Uni también se le coló en los cuentos?
—Alguna vez sí. No muy seguido. Había un arquero nuestro, un grandote, De León. En un cuento aparece un arquero De León, un mastodonte. Era él. Eso pasaba: algo del fútbol se filtraba.
Los mails, la cancha paralela
Luis Curti guardó los correos electrónicos que se enviaban con el Negro. Un intercambio epistolar en una era digital 1.0. Los convirtió en una semblanza. Son, en sí mismos, una obra epistolar de Fontanarrosa: humor, exageración, amistad y una épica deliberadamente ridícula.
El libro Historia de una pasión. Centenario del Club Universitario de Rosario registra ese desplazamiento: y en esos mails, Fontanarrosa siguió jugando.
De: Roberto Fontanarrosa
Para: Luis Curti Enviado: 12/09/2006 5:10 p.m.
Asunto: Re: Futbol sábados en Universitario (Cabezón Curti)
¡Cabezón! Para un exiliado como yo, recibir noticias del fútbol local es siempre una alegría. Debería haber algún medio, radial o televisivo, tipo área 18, que notificara al pueblo sobre las actividades del fútbol de Uni.
De todos modos, se hace difícil de creer que jugadores como el Zorro, el Bichi o el Ingeniero, no ya sigan jugando sino, incluso, que continúen con vida. Yo recuerdo haber estado (era muy chico) cuando aquel famoso gol de tiro libre del Rábano. Estoy entrenando para ver si puedo volver, al menos, a los asados. Con respecto a tu amigo escritor, dale sin problemas mi dirección de mail, esperando que su cuento no exceda las 4000 carillas. Saludos a toda esa brava gente. Volveré y seré millones. Patria o muerte.
El negro.
En otra oportunidad, los correos iban y venían para recordar anécdotas, historias e incluso goles. Y el Negro no podía quedar afuera.

De: Roberto Fontanarrosa
Para: Luis Curti
Enviado: 13/11/2006 12:49 p.m.
Asunto: Re: Saludos del Cabezón Curti
Estimado Cabeza: Según la gente de mi Administración, en mi larga carrera deportiva, he anotado la friolera de 327.412 goles. Habría que consultar con las estadísticas de Miguelito para ver si se me contabilizó un gol, también de volea, que por impactar en el marcapasos del Chino Solís fue anulado, concediendo el árbitro un bote a tierra.
Por lo tanto, lamentablemente, no me es fácil recordar el tanto al cual vos hacés referencia. De todos modos me enorgullece que engroses la lista de arqueros a los que he sometido y donde figuran nombres de la talla del Negro Ochoa o el colosal Rábano. Un abrazo.
El negro.
En Universitario, incluso el reglamento podía convertirse en motivo de discusión. Y Fontanarrosa también participó de ese intercambio.
De: Roberto Fontanarrosa
Para: Alejo Vercesi
Enviado: 05/01/2007 5:58 p.m.
Asunto: Re: El tiro penal en UNI (2)
Estimado Vercesi: Desde mi condición de árbitro Natural y Tribunal Superior no me extenderé sobre las medidas tomadas. Pero le digo: tenga mano dura con esas despreciables bestias. Solo conocen el rigor y la máxima disciplina. Es el único camino para que se conviertan en ciudadanos dignos. Tenga usted mi ilimitado apoyo. Hasta la victoria siempre.
Negro Fontanarrosa.

La lista de correos continuó hasta julio de 2007. En medio de los intercambios para organizar el asado posterior al partido y celebrar el Día del Amigo, una noticia empezó a circular por los medios. El asunto del mail cambió.
De: Luis Rivas
Para: Lista de mails
Enviado: 19/07/2007
Asunto: Día del amigo con mucha tristeza
Acabo de enterarme por la radio que nuestro querido “Negro” no está más. Juntarnos en un asado y por el fútbol es una gran excusa con la que él estaría totalmente de acuerdo. Un abrazo a todos.
Luis.
La despedida y una Copa en su nombre
Roberto Alfredo Fontanarrosa nació en Rosario el 26 de noviembre de 1944 y murió en la misma ciudad el 19 de julio de 2007. Fue humorista gráfico, dibujante, guionista y escritor, una de las figuras centrales del humor y la narrativa argentina, con una obra que cruzó la historieta, el cuento, la crónica y el fútbol.
Hincha fanático de Rosario Central, escribió algunos de los textos más recordados sobre ese deporte y sostuvo, sin metáforas, que si su vida tuviera música de fondo sería una transmisión radial de un partido.

En 2003 le diagnosticaron esclerosis lateral amiotrófica. Con el avance de la enfermedad fue perdiendo movilidad y, en los últimos años, dejó de dibujar. Murió a los 62 años, víctima de un paro cardiorrespiratorio, después de ingresar a un hospital con un cuadro de insuficiencia respiratoria aguda. El día de su entierro, el cortejo fúnebre pasó frente al Gigante de Arroyito antes de seguir camino al cementerio.
Un año después de su muerte, el sábado 19 de julio de 2008, la Quinta del Club Universitario volvió a reunir a sus compañeros de los sábados. Lo recordaron como mejor sabían hacerlo: jugando al fútbol. Organizaron la Copa Roberto Fontanarrosa, con equipos armados para la ocasión, medallas para los participantes y una inscripción que llevaba su nombre. Ese sábado hubo pelota, reencuentro y esa forma de amistad que se sostiene en el tiempo, aun cuando el cuerpo ya no está.
Jugar al fútbol no es solo jugar al fútbol
El partido homenaje había terminado, pero no muchos recuerdan los resultados exactos. Como casi siempre, el fútbol seguía un rato más afuera de la cancha. En la charla, en la risa, en la excusa de estar juntos. No era solo jugar: era todo lo que venía alrededor.
A eso apuntaba Roberto Fontanarrosa cuando, en una entrevista con TyC Sports, intentaba explicar por qué el fútbol no se reemplaza tan fácilmente.
“Lo que pasa es que es muy difícil reemplazar el programa del fútbol. Porque la descarga viene a través del fútbol, ¿no? No solo el hecho de patear, sino de estar con los muchachos, de la joda, de reírse, de hablar. Casi esa es la parte más linda antes de jugar.”

Con los años, el cuerpo ya no respondía igual. Y Fontanarrosa lo decía con su sello:
“Después salís a la cancha y yo decía: ‘Qué lindo sería este juego si no hubiera que correr’. Porque ya no puedo con la cruz, como dicen los muchachos, ¿no? Lo que me ha resultado muy beneficioso es que así como perdí velocidad, fuerza, agilidad, perdí el amor propio. Entonces eso te beneficia mucho, porque antes me preocupaba cuando me pasaba uno, perdía una pelota, erraba un gol. Ahora ya no me preocupa nada. Y uno está en ese nivel de edad y de fútbol. Que los compañeros no te reclaman nada, es muy triste. Viste, es como si perdés una pelota fácil, se miran entre ellos como diciendo: ‘No le digas nada’”.
El uso de razón apareció temprano. De muy joven aceptó que no iba a ser jugador de fútbol.
“Bastante prematuramente me di cuenta de que no iba a poder ser jugador de fútbol. Porque si hay una evidencia acá es que por tradición, por cultura, por contagio, se juega muy bien al fútbol. Es la actividad que tiene más competencia que cualquier otra. De diez chicos, hay dos que quieren ser médicos, uno astronauta, otro abogado, y hay nueve que quieren ser jugadores de fútbol.”
Lo que quedaba, entonces, era el juego. El gusto puro.
“Parte de la pasión arranca por el gusto por el juego, porque el juego es bellísimo. El fútbol es un juego que está muy bien pensado y, lógicamente, es antojadizo, es caprichoso.”
Ese mismo tono, entre la ironía y la precisión, reaparecía cuando Fontanarrosa se cruzaba con el humorista Luis Rubio, en una entrevista en la que Rubio estaba personificado como Eber Ludueña, el jugador más rústico de la historia argentina. Hizo foco en que el Negro, al trabajar de noche, solo había madrugado dos veces en su vida.
—Solo madrugaste dos veces en la vida… a eso de las nueve, nueve y media de la mañana. Dos veces, ante dos grandes tragedias que tuvo el país. Una fue la invasión a Malvinas y la otra fue cuando Newell’s compró a Maradona (risas).

—Sí, efectivamente, está en lo cierto, Eber, pero realmente trataría de no volver sobre esos temas porque me hacen muy mal.
—Te hacen muy mal, exacto. Entonces quiero rescatar esta frase que también recuerdo: que de muy, muy temprana edad descubriste que las dos cosas más redituables eran el sexo y el humor, y que como un tarado ya habías elegido el humor (risas).
—Exactamente. Y ya no estoy en condiciones físicas de cambiar de opinión.
El acto final
La obra de Fontanarrosa sigue viva en la memoria de Rosario y de toda Argentina. Une humor, literatura y fútbol. Su talento para transformar lo cotidiano en extraordinario quedó patente tanto en las páginas de Inodoro Pereyra y Boogie, el aceitoso, como en sus cuentos y columnas, un territorio de lenguaje popular como espejo propio y ajeno, como maquinaria casera de reflexión y alegría.

El Negro convirtió a Rosario en un escenario compartido. Sus historias y chistes, sus personajes y sus reflexiones, forman parte del entramado de la ciudad, tanto como los cafés, las canchas y los encuentros familiares. Su legado no es solo literario o gráfico: es una manera de mirar la vida, de encontrar en lo simple una chispa de humanidad, de humor y de verdad.
Entre fútbol y narrativa, entre carcajadas y letras, el Negro sigue presente: no solo en los libros o en los murales, sino en la memoria colectiva que celebra su ingenio, su sensibilidad y su inquebrantable amor por su ciudad y su gente. Y hoy lo descubrimos como un enganche con llegada, con goles y un fútbol que no solo viaje de hacia la literatura, sino que se vestía de gala y pantalones cortos todos los sábados a la tarde.
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