
En la década del ochenta, al asesor de publicidad de un empresario español fabricante de ropa de lino se le ocurrió un eslogan que alcanzó un gran éxito: La arruga es bella. La frase iba en sentido contrario a la norma generalmente aceptada de que la ropa debía estar impecablemente planchada. El lino se arruga; de hecho si no se arruga no es lino puro.
Pero la frase también era una ironía, una alusión al prejuicio generalizado de que las arrugas de la piel son feas.
Arrugada, la ropa de lino no tiene por qué ser menos elegante que otra prolijamente planchada. La arruga no es algo malo o indeseable; la arruga es bella.
Pero, ¿estaríamos de acuerdo en ampliar ese criterio a otras realidades, por ejemplo al cuerpo humano, comenzando por el propio? Hay que reconocer que las arrugas de la piel parecen no ser muy bien vistas por denunciar la huida de la juventud y la presencia de la vejez. Una piel tersa y suave ha constituido el objetivo por el cual ha luchado con perseverancia durante muchos siglos el género femenino en particular, y lo sigue haciendo con entusiasmo.
Juventud, divino tesoro, suspiró en una célebre poesía el nicaragüense Rubén Darío. Hay que convenir que a ninguna fémina le gustaría ser una viejita arrugada, y sospecho que a más de un hombre tampoco. Es el motivo por el cual se cuentan por trillones de dólares los que la humanidad lleva gastados para detener ese fatal pero natural proceso de envejecimiento que los años van aportando de un modo inexorable.
El signo del vivir
Sin embargo, al mismo tiempo, y en una mirada distinta, puede considerarse a las arrugas como las señales que brinda el tiempo a la existencia o al vivir humanos. En ellas refulgen los destellos auténticos de la verdad. Dicho de otro modo, un cuerpo arrugado representa un fiel testimonio de lo vivido, con sus más y sus menos. Una larga vida es un tesoro que merece un homenaje y muchos pueblos así lo han reconocido en la veneración de sus ancianos.

Es como el soldado que exhibe orgulloso sus heridas del combate, que son las condecoraciones que brindan un mudo pero elocuente testimonio de la ofrenda de sí mismo, de su arrojo o de su valor, de que alguien ha expuesto su propia identidad por un motivo superior.
Las arrugas no serán lo más atractivo de una persona, pero convengamos en que ellas son también una suerte de trofeo o un signo emblemático que poseen quienes han amado, gozado y sufrido. Son las huellas indelebles de un existir bendecido nada menos que con toda la riqueza de lo humano.
Detrás de esas señales late la entera existencia con sus gozos y sus sombras, para decirlo a la manera de Pérez Galdós. Literal y literariamente así lo tradujo el chileno Pablo Neruda cuando tituló sus memorias póstumas: Confieso que he vivido.
La natalidad está disminuyendo, y esto es un motivo de preocupación en algunos países, después de haberse predicado en ellos que había que dejar de tener hijos. Francia acaba de anunciar que ya tiene una tasa negativa: son más los que mueren que los que nacen. Se ha hecho presente la cultura de la muerte.
La prolongación de la vida por efecto de unas mejores condiciones ambientales, pero sobre todo por el progreso de las técnicas de curación de las enfermedades, ha hecho crecer el segmento poblacional de personas con una cantidad de años cada vez más avanzada.

Este nuevo colectivo social, la así llamada generación silver, por otra parte, está superando airosamente los antiguos temores al envejecimiento. Se ha movilizado para no abandonar el barco antes de tiempo. Hace deportes, se inscribe en cursos y seminarios, viaja y conoce nuevos paisajes, se abre a la cultura mediante la lectura y los medios informáticos, adquiere experiencias inéditas. Son los jóvenes de los cabellos de plata que encaran las aventuras que los avatares de su pasado les habían impedido concretar.
Se podría decir que esta hornada de juventud acumulada quiere recuperar cosas que ha perdido en el fárrago de las urgencias cotidianas, como criar hijos y atender las exigencias profesionales. Me olvidé de vivir, parecería decir con la canción de Julio Iglesias. Es un tiempo de descuento en el que también se puede modificar el resultado del partido.
Esa extensión vital en condiciones más que aceptables se alarga año a año. En las últimas décadas se ha empezado a multiplicar la esperanza de vida a cifras que parecían utópicas. Lo que antes era una rareza hoy no lo es y en cambio resulta habitual encontrar a personas de una edad centenaria tan vivitas y coleando como el más pintado. Estamos en plena floración de sucesivas generaciones que ya no se sientan en la plaza a dar de comer a los pajaritos. Las edades se extienden en número día a día. ¿Cuál será el límite?
Otrora los ancianos eran los miembros de un consejo o de un senado donde se concentraba la sabiduría que suele constituir el tesoro de la experiencia. Una deformación de esta concepción consiste en la gerontocracia, que se verifica cuando los de más edad clausuran los carriles a lo más jóvenes, impidiéndoles ocupar los lugares a los que tienen derecho.
La nomenklatura que gobernó la Unión Soviética durante los años previos a su derrumbe es una muestra de esta peculiar situación que generó una rigidización o un agarrotamiento del régimen comunista y que finalmente lo derrumbó.

Sin embargo, ya bastante antes, a partir de los años cincuenta había sobrevenido un gran cambio en la cultura occidental y se produjo la emergencia de la juventud como un grupo social autónomo y diferenciado. Ser joven pasó a ser considerado un valor inédito. Se generó un vasto mercado para atender sus gustos y sus necesidades.
Por contraposición, sobrevino la depreciación de los viejos. Los ancianos comenzaron a padecer una ignorancia o una indiferencia por parte de la sociedad e incluso se suscitó un desprecio hacia ellos, bajo el imperio de la nueva ideología del progreso indefinido, que sentó sus reales en el siglo pasado: la adoración de lo nuevo. La consideración de que todo lo viejo es malo y todo lo nuevo es bueno se instaló como una regla de fe. Es la religión de la neolatría.
En poco tiempo, tener más de cuarenta años pasó a ser una capitis deminutio y buscar trabajo a esa edad se convirtió en una misión casi imposible. El productivismo arrinconó a los ancianos y pasó a considerarlos una carga inútil. Por este camino fueron incluidos en la cultura del descarte al no ser funcionales al consumismo mercantilista.
Si una persona tenía una edad mas o menos avanzada, aunque no hubiera llegado a la ancianidad, en la vida profesional era mirada con reticencia o desconfianza y estaba condenada a ser rechazada en cualquier lugar donde se decidieran cosas importantes. En un clima social transido de individualismo, quienes no se adaptan o padecen una condición precaria no están contemplados por la regla de la supervivencia del más apto. Existen claros indicios de que este panorama que lleva ya muchos años estaría llegando a su fin. Dicho de otro modo, la buena noticia es que hoy las cosas están cambiando y para bien.
Ya en los lejanos años ochenta, cuatro décadas atrás, contemporáneamente a la moda de “la arruga es bella”, Joan Manuel Serrat sumaba su grito de alarma ante el (mal)trato que la sociedad daba a los viejos con una canción en la que censuraba el absurdo de una conducta que implica un desprecio por la sabiduría y la experiencia que encarnan los adultos mayores. Como un canto a la vida, en “Llegar a viejo” el músico catalán expresa la alegría que brinda la plenitud de saber envejecer con dignidad.

En la Antigüedad existió el mito de la Fuente de Juvencia por el cual se creía que en algún lugar desconocido se encontraba un manantial de agua que tenía la virtud de prolongar la vida e incluso otorgar una perenne juventud. A las primeras referencias se las encuentra en el historiador griego Heródoto, pero la creencia se afianzó en diversos países y regiones durante un largo tiempo y permaneció por años y años en el imaginario social.

El descubrimiento y la colonización de América es pródigo en leyendas como la del Preste Juan, la de las amazonas, la Ciudad de los Césares y también la Fuente de la Juventud, que según referencias estaba situada en un lugar ignoto del Caribe. Esos mitos nunca se hicieron realidad, pero contribuyeron a la exploración y conocimiento de las nuevas regiones descubiertas y consideradas ya desde entonces una tierra de promisión.
El hecho muestra la importancia que el mito tuvo a lo largo de los siglos. Si consideramos el tiempo que se emplea en quitar años recurriendo a los procedimientos más impensables y las fortunas que giran alrededor de la búsqueda de nuevos productos, procesos y otros elementos que permitan mantenerse jóvenes, podemos concluir que el mito continúa vigente aún en nuestros días.
El panorama hostil a la vejez comenzó a modificarse gradualmente en los años más recientes. Asistimos en nuestros días a una mejor consideración hacia valores otrora desacreditados como la enseñanza que brinda la experiencia, la sabiduría y la prudencia, que son un regalo de los años.
A partir del descubrimiento, Europa pasó a ser considerada como el viejo mundo y América, por contraposición, el nuevo. Es sobradamente conocido cómo este nuevo mundo fue durante mucho tiempo un destino para “hacer la América” donde arribaron miles y miles de inmigrantes provenientes de las más diversas geografías, y aún conserva, aunque muy menguado, ese significado mítico, como el escenario de la esperanza.
La vejez es la nueva realidad emergente de la posmodernidad. La imagen tradicional del viejo como un inútil y una carga social está sufriendo una gradual pero efectiva transformación a la luz de los hechos. Hay un lugar que una multitud de personas que exhiben la condecoración de los años se está ganando en las actuales relaciones sociales.

Saber envejecer es un arte que no todos han sabido ejercer, pero que todos están aprendiendo a disfrutar. Varias décadas antes del comienzo de la era cristiana, Marco Tulio Cicerón en “De Senectute” (sobre la vejez) ya quiso brindarnos una apología de las edades avanzadas al explicarnos que la arruga es bella porque la vejez, a la que sitúa como el otoño de nuestra vida, no es una etapa decadente, sino que es tan hermosa y fructuosa como cualquier otra de nuestra humana existencia. En la vejez, la vida se mira con serenidad, sin los atropellos de la juventud, y con una mayor fruición de todo lo bueno que nos ofrece su discurrir.
El papa Juan Pablo II escribió una carta a los ancianos donde dialoga sobre el sentido y el significado de la vejez, instando a la sociedad a tomar conciencia de que ellos son una imagen y semejanza divinas igual que cualquier otro ser humano de otras edades y condiciones, y que como tales acreditan una común dignidad, porque no son hombres y mujeres devaluados por las contingencias existenciales sino revaluados por el tesoro de la vida.
Ha de aplaudirse como un logro de los tiempos actuales el reconocimiento de la dignidad de la mujer, y ahora debe hacerse lo mismo con los ancianos. Cada edad tiene su belleza y sus tareas propias, nos dice el Papa. No nos podemos perder un precioso don de Dios: que nos ha querido dejar llegar a viejos. El nos ha regalado ese prolongado premio que le agradecemos cada nuevo día porque es nuestra forma de celebrar la vida.
La tradición no es algo intrascendente, es el pasado encarnado en un pueblo del que los ancianos son los depositarios y como tales los custodios de una memoria colectiva que nos pertenece por derecho propio y de la cual vivimos.

Nuestra historia no es algo ajeno a nuestra identidad, sino que somos nosotros mismos quienes estamos ahí en ese pretérito con quienes nos conformaron como lo que hoy somos. Las cenizas de nuestros próceres son repatriadas porque hay en ese acto un significado fuertemente simbólico.
El culto a los muertos que tan importante ha sido en todos los pueblos se desprende del precepto natural de honrar a los padres y a su tierra que es la piedad patriótica. La Patria es la terra patrum.
Por eso la Patria es en este sentido la unión de todos sus hijos, pero en primer lugar la de los de la generación de los cabellos de plata. Ellos nos enseñan el pasado. Por una feliz coincidencia el propio nombre de la Argentina también refiere a la plata. Pasado, presente y futuro se amalgaman y se fusionan en la única unidad de la sangre, de la tierra y del pueblo como una comunión de destino.
Juan Pablo II, quien siempre me impresionó por el amor a su Patria, no se duele sino que se congratula con los ancianos porque ve en ellos una fuente de riqueza para la vida social, y une la realidad de los mayores con la de los jóvenes, una intuición retomada en muchas ocasiones por el papa Francisco.
Los ancianos han atravesado la vida con todas sus contingencias y ahora están en las puertas de la eternidad. El viaje ha sido seguramente arduo, pero también maravilloso, porque la vida siempre es un don divino que se refleja en el cuerpo y en el alma. Es un brillo que late en la condecoración de la huella indeleble de una arruga. De una arruga que siempre es bella.
[El autor es profesor emérito de la Universidad Austral y director académico del Instituto de Cultura del Centro Universitario de Estudios (Cudes)]
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