
La ciudad de Nueva York ha reincorporado una de sus medidas más llamativas para combatir la falta de colaboración ciudadana en la limpieza urbana: las conocidas “pegatinas de la vergüenza”. Tras catorce años de ausencia, estas calcomanías de color verde neón han vuelto a aparecer en los parabrisas de los vehículos cuyos dueños no respetan las normas de estacionamiento alterno, dificultando así el paso de las barredoras de calles.
La reaplicación de esta medida, que había sido eliminada en 2012, busca modificar conductas y facilitar la tarea de los equipos de limpieza, en un contexto donde la convivencia urbana se ve afectada por la acumulación de suciedad en las calles y el escaso cumplimiento de los reglamentos.
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El martes por la mañana, en el Upper West Side de Manhattan, la escena fue clara: trabajadores del Departamento de Saneamiento, acompañados por la concejal local Gale Brewer, salieron a las calles apenas siete minutos después de iniciada la franja horaria de limpieza.
Brewer, una figura reconocida en el barrio, fue la encargada de pegar la primera pegatina en un Jeep Grand Cherokee, mientras exclamaba “¡Mueva su auto!” ante los medios y vecinos presentes. No tardó en evidenciarse el efecto disuasorio: un conductor cercano optó por subir apresuradamente a su vehículo y marcharse para evitar la sanción pública y económica.
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El funcionamiento de las pegatinas es sencillo pero contundente. Cuando un auto queda estacionado en horario de limpieza y obstaculiza el trabajo de las barredoras, los trabajadores de saneamiento pegan una calcomanía grande y visible, con forma de escudo y color verde neón, en la ventanilla del vehículo. La pegatina advierte: “Este vehículo infringió las normas de limpieza de calles de la ciudad de Nueva York. Como consecuencia, esta calle no pudo limpiarse adecuadamente”.
En letras más pequeñas, se indica al infractor cómo retirar la pegatina: “Retire esta pegatina con agua tibia y una espátula”. Esta medida no sustituye la multa de 65 dólares que, según las autoridades, muchos conductores asumen como un simple coste por estacionar en la vía pública. El verdadero propósito es, por un lado, disuadir la reincidencia y, por otro, generar presión social para fomentar el cumplimiento.
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El origen de las “pegatinas de la vergüenza” se remonta a hace más de cuatro décadas. Durante veinticinco años, las calcomanías fueron una herramienta habitual en el arsenal del Departamento de Saneamiento, hasta que en 2012 el Ayuntamiento decidió prohibirlas por considerarlas excesivamente punitivas y por los daños que causaban a los vehículos.
Según David G. Greenfield, exconcejal que promovió su eliminación, las pegatinas dejaban residuos adhesivos difíciles de quitar, lo que llevó a calificarlas en su momento como “vandalismo”. No obstante, la presión vecinal y la percepción de que las multas por sí solas no modificaban el comportamiento llevaron a la concejal Brewer a impulsar un nuevo proyecto de ley para su regreso en 2024.
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Las reacciones ante la reimplantación de las pegatinas han sido variadas, aunque predominan las posturas que ven la medida como necesaria. Mary O’Reilly, residente del Upper West Side, expresó la frustración cotidiana de quienes cumplen con las normas: “Es frustrante cuando sales a mover tu auto y los demás no lo han hecho. Entonces tienes que esquivarlos, además de intentar apartarte del camino del camión de la basura”. O’Reilly también mencionó el “sonido incesante de bocinazos” en los días de limpieza, síntoma de la tensión que genera la falta de cooperación.

Por su parte, el alcalde Zohran Mamdani defendió la iniciativa, destacando la importancia de permitir que el Departamento de Saneamiento realice su labor: “Es de vital importancia que el Departamento de Saneamiento pueda llevar a cabo la limpieza de las calles”. En contraposición, Greenfield reiteró sus críticas, recordando que “una multa es una sanción, pero pegar basura al parabrisas de alguien es vandalismo”.
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El comisionado de saneamiento, Gregory Anderson, subrayó que la intención no es castigar sino lograr calles más limpias: “El objetivo no es poner pegatinas en los autos, sino limpiar la calle”.
El impacto de las infracciones es significativo: se estima que más de 500.000 vehículos incumplen semanalmente las normas de estacionamiento alterno en Nueva York. Muchos conductores prefieren asumir la multa antes que buscar alternativas de aparcamiento, lo que dificulta la limpieza efectiva de las calles y perpetúa la insatisfacción vecinal.
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Las autoridades reconocen que la multa por sí sola no es suficiente para cambiar hábitos, y por eso insisten en que la pegatina actúa como un elemento de vergüenza pública que puede resultar más disuasorio. Además, los infractores no solo deben pagar la multa, sino también lidiar con la incomodidad y la exposición social de llevar la pegatina visible hasta que logran retirarla.
Para abordar de manera más integral el problema, la ciudad ha puesto en marcha programas piloto que buscan equilibrar el rigor de las sanciones con incentivos positivos.
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En el barrio de Prospect Heights, en Brooklyn, se está probando reducir de dos a un día a la semana los horarios de limpieza. El objetivo es que los conductores, al tener que mover sus autos solo una vez por semana, colaboren con mayor disposición.
El comisionado Anderson definió esta estrategia como “la zanahoria y el palo”: la pegatina representa el castigo, mientras que la reducción de frecuencia es el incentivo. Las autoridades observan de cerca los resultados para decidir si esta fórmula puede replicarse en otras zonas de la ciudad.
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La reintroducción de las “pegatinas de la vergüenza” marca un intento renovado de Nueva York por recuperar el orden y la limpieza en sus calles, enfrentando de manera directa la resistencia de quienes incumplen las normas de convivencia urbana.
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