Un laboratorio de Carolina del Sur, revelado por The New York Times, incendia viviendas construidas para experimentos con un objetivo concreto: entender cómo el fuego pasa de una estructura a otra y qué cambios pueden ayudar a que un barrio no termine arrasado.
El Instituto de Seguros para la Seguridad Empresarial y del Hogar (IBHS) convierte los resultados de esas pruebas en recomendaciones para la construcción, pautas para reducir los materiales inflamables y criterios para las aseguradoras, con el fin de limitar el impacto de los incendios forestales en las comunidades expuestas.
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En una de esas pruebas, documentada por The New York Times, un trabajador al que llaman el “jefe de la quema” enciende una vivienda y, en pocos minutos, las llamas atraviesan paredes, alcanzan muebles y una cocina con aceite y patatas fritas, y salen por ventanas rotas.
Después, el personal del IBHS sigue el recorrido del fuego bajo el tejado y observa cómo un torrente de brasas se dirige a una segunda estructura situada hacia donde dirige el viento.
Para acercarse a condiciones reales, una pared de turbinas industriales impulsa ráfagas de hasta 80 kilómetros por hora. Esa velocidad equivale, de forma aproximada, al viento que alimentó los incendios de 2018 que destruyeron Paradise, California.
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Al terminar cada ensayo, los investigadores reúnen millones de datos para reconstruir cómo se propaga un incendio de casa en casa. En una serie de experimentos, el equipo prendió fuego a 14 viviendas de prueba y alteró materiales de construcción, velocidad del viento y otras variables.
Murray Morrison director gerente de investigación del IBHS resumió el objetivo a The New York Times: “Si se puede evitar que esta casa se incendie, es probable que se haya evitado que la siguiente se incendie”.
Qué medidas ayudan a que una comunidad resista el fuego
Las pruebas apuntan a varias medidas prácticas: usar materiales y métodos de construcción capaces de resistir brasas, calor y llamas, y retirar objetos inflamables del jardín. El foco inmediato está en lo que rodea a la casa, sobre todo a menos de 1,5 metros.
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Según una investigación del IBHS, las viviendas deberían estar separadas por al menos nueve metros para reducir la posibilidad de que una estructura en llamas prenda la siguiente.
Un análisis citado por The New York Times halló que las comunidades que combinan estas estrategias tienen el doble de probabilidades de sobrevivir a un gran incendio. Michael J. Gollner, director del laboratorio de investigación de incendios de la Universidad de California en Berkeley, advirtió al diario: “Tenemos que empezar a reconocer que nuestras comunidades ya no son seguras”.
Morrison planteó el problema en términos de reducción del daño, no de blindaje absoluto. “Lo que se busca es evitar la catástrofe, no alcanzar la perfección”.
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Cómo influyen estas pruebas en los seguros y en las normas locales
La industria aseguradora, principal fuente de financiación del IBHS, ya usa estos hallazgos. California exige a las aseguradoras ofrecer descuentos a propietarios que refuercen la resistencia al fuego de sus viviendas.
Algunos de los mayores ahorros se vinculan al cumplimiento de estándares que permiten obtener la certificación de vivienda preparada frente a incendios forestales del programa del instituto. CSAA, la quinta aseguradora más grande de California, garantiza pólizas a quienes cuentan con ese sello, según The New York Times.

El problema es más amplio en California desde las temporadas de incendios de 2017 y 2018. Tras esos años, aseguradoras privadas empezaron a cancelar pólizas con rapidez y más de 500.000 propietarios pasaron a la aseguradora estatal de último recurso, mientras otros optaron por quedarse sin cobertura.
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En 2020, la legislatura estatal aprobó una ley que obliga a residentes de zonas con alto riesgo a retirar materiales inflamables de los primeros 1,5 metros alrededor de sus casas. Pero la aplicación se retrasó por la oposición de algunos funcionarios locales y organizaciones vecinales.
Berkeley optó por avanzar por su cuenta y puso en vigor en enero una norma local. Colin Arnold, subjefe de bomberos de Berkeley, sostuvo ante el periódico: “Esta es un área sobre la que existe una sólida base de investigación”.
Reducir la catástrofe sin prometer riesgo cero
En Berkeley, el riesgo de incendio puede variar mucho entre viviendas ubicadas en la misma calle. Los materiales y métodos de construcción, la vegetación cercana y la distancia respecto de otras casas influyen en la posibilidad de que las llamas se propaguen.
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Por eso, las autoridades concentran sus esfuerzos en las manzanas más cercanas a las colinas del este, una zona con mayor exposición a incendios forestales. La estrategia busca contener el riesgo en ese sector y reducir la amenaza para el resto de la ciudad.

Para facilitar el cambio, los bomberos iniciaron inspecciones voluntarias. Grupos comunitarios ayudan a limpiar maleza sin costo y arquitectos paisajistas asesoran a residentes sobre cómo adaptar sus jardines.
El trasfondo de estas pruebas es un escenario de incendios más rápidos y extensos, impulsados por olas de calor y sequías más intensas, al mismo tiempo que más población se instala en áreas vulnerables. Según The New York Times, para Roy Wright, presidente del IBHS, el reto no pasa por prometer que el peligro desaparecerá, sino por evitar que un riesgo persistente termine por destruir comunidades enteras.
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