La misión Artemis II cambió la dinámica de la exploración espacial en Estados Unidos al llevar a cuatro astronautas, por primera vez en más de cinco décadas, a la órbita lunar. El vuelo no solo superó el récord de distancia alcanzada por seres humanos desde la Tierra, sino que también permitió observar más del lado oculto de la Luna que cualquier tripulación anterior.
La pausa de 54 años entre la última misión tripulada a la Luna y Artemis II no fue casual. Expertos y autoridades históricas citados por la cadena informativa ABC News coinciden en que la reducción drástica del financiamiento fue determinante, ya que durante el auge del programa Apolo, la agencia espacial estadounidense NASA recibía hasta el 5% del presupuesto federal.
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Actualmente, según Patricia Reiff —profesora de la Universidad Rice, referente en investigación espacial en EE. UU.—, la agencia opera con menos del 0,5%. Esta reducción limitó la viabilidad de misiones de alto costo y retrasó cualquier intento de repetir la hazaña lunar.

En mayo de 1961, John F. Kennedy declaró ante el Congreso que Estados Unidos aterrizaría en la Luna antes de finalizar la década. Ese objetivo se cumplió en 1969 con el Apolo 11, seguido por cinco misiones adicionales hasta el Apolo 17 en 1972.
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Las misiones Apolo 18, Apolo 19 y Apolo 20 fueron canceladas en 1970 por recortes presupuestarios y nuevos enfoques nacionales.
Por qué el regreso tardó más de medio siglo
El prolongado intervalo entre misiones tripuladas a la Luna se debe a los altos costos, las redefiniciones estratégicas y la falta de continuidad institucional.
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El caso del transbordador espacial, que voló entre 1981 y 2011, ilustra cómo la NASA concentró sus recursos en la órbita baja durante décadas.
La cooperación internacional y la gestión de presupuestos acotados mantuvieron el regreso a la Luna fuera de la agenda hasta que la política, el financiamiento y la tecnología se alinearon nuevamente.
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El impulso de la Guerra Fría y la retirada lunar
El interés en la Luna surgió durante la Guerra Fría. La competencia con la Unión Soviética motivó inversiones y decisiones políticas excepcionales.
La historiadora y divulgadora Amy Shira Teitel explicó a ABC News: “de no haber mediado la presión política de la Guerra Fría, la hazaña del alunizaje no se habría dado”. Los soviéticos marcaron el ritmo con hitos como el Sputnik 1, la perra Laika y el vuelo de Yuri Gagarin.
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Tras el éxito inicial, la política espacial de Estados Unidos se reorientó. Según Teasel Muir-Harmony, curadora del Smithsonian, complejo museístico y centro de investigación de EE. UU., la exploración lunar pasó a ser “una entre muchas prioridades”.
Richard Nixon promovió proyectos menos costosos, como Skylab y el desarrollo del transbordador espacial, para centrarse en la órbita baja terrestre.
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Cambios de rumbo y proyectos fallidos
Desde los años 80, varias administraciones intentaron recuperar la iniciativa lunar. En 1989, el presidente George H. W. Bush propuso el regreso sostenible a la Luna y misiones a Marte. Sin embargo, el plan se canceló por su elevado costo. La administración de Bill Clinton redirigió fondos a la Estación Espacial Internacional (ISS), que se inauguró en 1998 con la colaboración de catorce países.
El presidente George W. Bush reactivó la ambición lunar en 2004 con el programa Constellation, que pretendía un regreso a la Luna para 2020. Pero demoras y sobrecostos llevaron a Barack Obama a cancelar el plan en 2010 y priorizar el desarrollo de tecnologías para viajes a Marte y misiones más allá de la Luna.
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Teitel sintetizó: “prácticamente todos estos megaproyectos terminaban atrasados y sobrepasaban sus presupuestos”.
Artemis: continuidad política y nueva etapa lunar
Pese a los contratiempos, el programa Artemis tomó impulso gracias a la nave Orion, heredera técnica de Constellation. El punto de inflexión llegó en 2017, cuando la administración de Donald Trump devolvió la prioridad a la exploración lunar.
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Dorit Donoviel, directora del Translational Research Institute for Space Health, centro de referencia en investigación biomédica espacial citado por ABC News, declaró que Trump “mantuvo el plan cuando podría haberlo abandonado en favor de Marte u otras prioridades”.
El respaldo de dos gobiernos sucesivos fue clave. Al asumir Joe Biden, el programa Artemis conservó su estatus prioritario, lo que posibilitó el exitoso lanzamiento de Artemis I, misión no tripulada que completó un viaje de 25 días y probó los sistemas de Orion y el cohete SLS.
Según Muir-Harmony, la continuidad política fue tan decisiva en Artemis como lo fue en Apolo: “ese mismo apoyo político a nivel presidencial es fundamental” para la continuidad de estos proyectos.
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