(Desde New York, Estados Unidos) Nicolás Maduro transpira frío y algunas noches grita con angustia y tristeza: “¡Yo soy el presidente de Venezuela. He sido secuestrado!“, dice el ex dictador desde su celda de tres metros de largo por dos de ancho.
Esa frustración personal se multiplicó hasta el infinito cuando confirmó que Delcy Rodríguez -su socia en el régimen caribeño- hizo las paces con Donald Trump y fue reconocida como presidenta de Venezuela por Estados Unidos.
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Tanta tensión interna, más las cadenas atadas a sus tobillos y el menú carcelario, hizo estragos en Maduro.
El dictador que amaba a los pajaritos apareció como una sombra en la Corte de Nueva York, adonde el juez Alvin Hellerstein dio a entender que su proceso por narcoterrorismo continuará, pese a los esfuerzos de su abogado Barry Pollack.
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Hacía ochenta días que Maduro no aparecía en público -la última vez fue el 5 de enero-, y su fisonomía ha cambiado: ahora está enflaquecido, demacrado y canoso. Su mirada está vacía, y camina lento.
“Está con mucho ánimo, mucha fuerza. Más delgado, más atlético”, definió Nicolás Maduro Guerra antes de que su padre apareciera ante los cincuenta periodistas que llegaron hoy al tribunal de Manhattan.
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La imagen del ex dictador desmintió a su hijo, que también está acusado de narcoterrorismo en la misma causa que ventila el juez Hellerstein.
Maduro hoy llegó con un mameluco beige y sin esposas. Estaba acompañado por Cilia Flores -su mujer-, y ambos usaron auriculares para recibir una traducción en español de la audiencia que sucedió en inglés.
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A Cilia Flores se le nota más el deterioro físico, y durante la audiencia su abogado Mark Donnelly pidió al tribunal que se le permitiera hacer una batería de exámenes médicos.
Maduro y Flores están recluidos en el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn (MDC), que se caracteriza por su dureza con la población carcelaria.
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La celda del ex dictador es pequeña y tiene una cama de concreto pegada a la pared, un baño y un lavabo. Allí Maduro trata de convencer a los otros reos de que todavía manda en Venezuela y que no es un narcoterrorista.
Esa letanía de Maduro repite la auto indulgencia de Ghislaine Maxwell, ex pareja del pederasta Jeffrey Epstein, y detenida también en el MDC.
Como Maduro, Maxwell jura que es inocente.
Durante su comparecencia, Maduro estuvo impávido y exhibió el pelo bien cortado. Usó zapatillas deportivas, y escribió en un anotador.
Cuando terminó la audiencia se dio vuelta para mirar a los periodistas, y llamó la atención su rictus: era la imagen de un preso que tuvo poder y la vida lo emboscó.
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Maduro vivía en el Palacio de Miraflores, y ahora pasa las horas en la Unidad de Alojamiento Especial, que se reserva para los casos de aislamiento disciplinario, prevención de suicidios y protección de internos de alto perfil.
La soledad y las noticias a cuentagotas conspiran contra la psiquis de Maduro. Tiene una ventana pequeña con escasa luz natural, su sombra está protegida por dos guardias permanentes, y escasean sus minutos para bañarse, usar el celular y chequear los mails.
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Tras ochenta días en el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, el dictador salió a la calle protegido hasta los dientes para llegar hoy temprano a la Corte de New York.
Afuera hacía mucho frío y las condiciones de seguridad del tribunal eran obvias: no se podía subir a la audiencia con computadoras y celulares, y todos -periodistas y público- debían probar su identidad y pasar por un escáner.
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Maduro se fue con la cabeza baja al terminar la sesión en la corte y regresó sin pena ni gloria a su celda diminuta.
Es la dimensión exacta de su presente.
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