
El impacto del recordado escándalo que la vinculó a Bill Clinton y las consecuencias del posterior acoso y humillación pública, fueron detallados en el repaso de Monica Lewinsky, durante una entrevista exclusiva para The Times. “Me llamaron tonta y me insultaron ante todo el mundo”, recordó, rememorando el efecto devastador que la situación tuvo sobre ella y su familia.
Revivir aquel episodio con el expresidente estadounidense y relatar cómo reconstruyó su vida permitió entender no solo la carga personal, sino también cómo evolucionaron la percepción social del abuso de poder y la igualdad de género.
Humillación pública con acoso mediático
Durante años, Lewinsky se sintió “cazada” al salir a la calle. Con respecto a esta situación, resumió: “Volverme una figura pública sin buscarlo; acostarse una noche y al día siguiente, todo el mundo sabe tu nombre”.
El acoso mediático tuvo efectos graves en su entorno. “La humillación pública fue insoportable; la vida era casi invivible”, detalló. Su madre le pedía dejar la puerta del baño abierta por miedo “a que pudiera morir de humillación, literalmente”.
Entre otros aspectos, el trastorno de estrés postraumático, el temor a exponerse y años sin poder sentarse en un restaurante sin que la fotografiaran persistieron con el tiempo. “Creo que él escapó de mucho más de lo que yo hice”, señaló Lewinsky, acerca de la diferencia entre las consecuencias sufridas por ella y por Clinton.
Aunque el paso del tiempo ha aliviado algo la situación, confesó: “Importa menos, pero todavía reverbera”. Además, detalló el punto de inflexión: “Mucho equipaje desde que el hombre más poderoso del mundo dijo que no había tenido sexo conmigo”.

Abuso de poder y mirada retrospectiva
La activista de 52 años nunca negó la naturaleza consensuada de la relación, pero con el tiempo su percepción cambió. “Cuanto más lejos y más madura eres, más puedes examinar el pasado”, afirmó. También remarcó con claridad: “Fue un abuso de poder. Punto”.
En otro sentido, reconoció su parte de responsabilidad y aclaró: “Eso no significa que no cometí errores, ni que mis actos no lastimaron a otros. Pero en el fondo había un gran abuso de poder”.
Desde la experiencia, reconoció haber confundido sus sentimientos en aquel entonces. “Todavía sé que había sentimientos auténticos, pero lo que asocié con ellos, lo que pensé que significaban… estaba equivocada”, indicó. En el momento del escándalo, albergaba la esperanza ingenua de una relación futura: “Mi yo de 22 a 24 años creía en esas cosas”.
La huella mediática también influyó en su sexualidad. “La primera vez que tuve sexo después de 1998, solo quería comprobar que no sería un estigma para siempre”, narró a The Times.

Reconstrucción personal y resignificación del estigma
Tras la exposición global, Lewinsky se enfrentó al estigma. Fuera de Estados Unidos, al iniciar su estudio de posgrado en la London School of Economics, sentía que su vida era “diseccionada en un escenario mundial”, lo que la paralizaba.
“Me llamaron tonta y boba, no había entendido lo profundo que me había marcado”, reconoció. Sumado a que relató: “No podía levantarme para dar una ponencia en clase; tenía miedo de pedir ayuda sobre un trabajo… Todos conocemos el síndrome del impostor, pero lo mío era distinto”.
Incluso después de obtener su título, el estigma permanecía. “La vergüenza es algo que impregna todo”, señaló. Fue rechazada en numerosos empleos; incluso, un posible empleador le pidió una carta de exoneración de los Clinton. Ante esto, comentó: “No hay manual sobre qué hacer tras un escándalo global… y eres joven y ni siquiera has comenzado tu carrera”.
El cambio llegó cuando decidió dejar de huir del pasado. “Empecé a intentar integrarlo”, planteó. Participar en organizaciones contra el acoso y compartir su experiencia le ofreció un nuevo sentido. A propósito de ello, afirmó: “Vivir que mi historia sirviera para que otros encontraran consuelo es uno de los grandes regalos de mi vida”.

Nueva etapa con papel del activismo
Actualmente se define como “activista contra el acoso”, productora audiovisual y conductora del pódcast Reclaiming. En ese espacio conversa con figuras como Miley Cyrus o Malala Yousafzai sobre resiliencia y reinvención.
La producción audiovisual le abrió una nueva vía profesional, colaborando en miniseries como “American Crime Story: Impeachment” y trabajando para Disney+. “Solo ahora he conseguido reescribir la narrativa y ser dueña de mi historia”, enfatizó.
No ignora el conflicto que implica haber convertido su vivencia en una carrera profesional y relató: “Sigue existiendo ese relato de mujeres que supuestamente usan su sexualidad para obtener dinero. Cortar esa narrativa forma parte del trabajo”.
Con el avance de los años, percibe un aumento en la conciencia sobre las dinámicas de poder y una menor tolerancia a los discursos misóginos, aunque, según dice, “no todo ha cambiado tanto como parece”.

Reflexión sobre la resiliencia
La activista considera que integrar el dolor y las pérdidas ha sido fundamental. “Mis 50 han sido fantásticos; llegó una ola de aceptación”, expresó, describiendo el alivio de sentirse cómoda con su historia personal.
El costo incluyó renunciar a la maternidad. “El Día de la Madre es difícil para mí”, compartió. Además, remarcó: “Congelé mis óvulos, pero sentí que no sería buena madre soltera, y tanto tiempo no pude ganar dinero”.
Desde una misma visión, sus relaciones personales y la idea de casarse también han cambiado. “Ya no necesito pensar si un compañero sería buen padre. Sigo creciendo en esa área y disfruto de mi libertad”, comentó.
Sobrevivir al linchamiento público supuso transformar la peor fecha de su vida en un símbolo propio: “Convertí aquel 16 de enero en el Día de los Sobrevivientes. Ahora, cada año, lo celebro”.

Más allá de la transformación, Monica Lewinsky reconoció que ciertas heridas siguen presentes. Algunas marcas de la vergüenza resisten el paso del tiempo, aun cuando ella logró abrir una nueva etapa en su vida.
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