
Quizá por cercanía o, simplemente, por belleza, Portugal es un destino recurrente para el público español. No obstante, no son tan conocidos todos los rincones del país galo. Desde Albufeira hasta Braga, las ciudades medievales como Coimbra o Elvas siven de eclipse hacia aquellos pueblos o aldeas de menor tamaño que también guardan el mismo encanto entre sus callejuelas. Un ejemplo de ello es Monsanto, un paisaje de casas construidas entre granito que ha convertido a esta aldea próxima a la frontera con Cáceres en una rareza geológica y urbana.
Segúnha recogido ElPeriódico.com, la localidad de menos de mil habitantes, levantada entre enormes rocas y reconocida desde 1938 como la más portuguesa del país, conserva además un origen medieval y un castillo declarado Monumento Nacional. El enclave pertenece al municipio de Idanha-a-Nova y está situado a unas tres horas al noreste de Lisboa. Su rasgo más singular es que muchas viviendas se levantan sobre las rocas, entre ellas o incluso bajo grandes moles de granito, una configuración que define toda la imagen del pueblo.
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El núcleo urbano se sitúa en una zona donde la roca no rodea simplemente las calles, sino que condiciona la propia arquitectura. Al fin y al cabo, Monsanto es como una población parcialmente engullida por grandes piedras, aunque el pueblo ha resistido esa presión física desde sus orígenes y la ha incorporado a su identidad propia, lo que todavía más agudiza su singularidad.
La freguesia de Monsanto, integrada en Idanha-a-Nova, presenta una morfología similar a la de Setenil de las Bodegas, en Cádiz. La diferencia aquí es que el granito no actúa solo como telón de fondo: forma parte de fachadas, cubiertas y espacios domésticos, hasta el punto de dar al conjunto un aspecto troglodita.
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Qué ver en Monsanto, el pueblo portugués construido entre rocas que conserva el legado de la Orden del Temple
Ese carácter singular se suma a un peso histórico poco habitual para una localidad de su tamaño. Según ElPeriódico.com, Monsanto fue votado en 1938 como el pueblo más portugués de Portugal, un título que no ha vuelto a concederse desde entonces y que la localidad sigue reivindicando con orgullo. Eso sí, para descubrirlo, quizá habrá que pisar suelo portugués.
Recorrer sus calles empedradas implica atravesar un trazado sinuoso en el que aparecen tiendas de artesanía local, cafés y restaurantes. En ese recorrido destacan edificios adaptados a la piedra, como la Torre de Lucano, la Iglesia de la Misericordia y la zona de Furdas, donde hay viviendas encajadas directamente entre las rocas. El principal monumento de la localidad es el castillo, levantado en lo alto de una pequeña colina cercana al casco urbano. Desde allí se obtienen vistas panorámicas del entorno, y el enclave fue declarado Monumento Nacional en 1948.
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Dado a su origen medieval, también conserva herencia de la Orden del Temple. Esa capa histórica se superpone al valor paisajístico de un lugar donde la construcción no ha eliminado el relieve, sino que se ha amoldado a él hasta convertirlo en su rasgo más reconocible.
La fortaleza fue construida originalmente en plena Edad Media, a finales del siglo XII. Contaba con una torre del homenaje, hoy desaparecida, y con cuatro torres de vigilancia, aunque distintos accidentes ocurridos en el siglo XIX provocaron su abandono. En torno a las ruinas del castillo todavía se mantienen en pie las murallas. Según explican en ElPeriódico.com, están flanqueadas por dos puertas de acceso y su construcción se remonta a 1738, al término de la Guerra de los Siete Años. Ese conjunto defensivo completa el perfil de una aldea en la que conviven la herencia medieval, la arquitectura adaptada al granito y una distinción simbólica que sigue vigente décadas después.
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