
Los parques de atracciones son hoy destino habitual de familias y viajeros que buscan diversión y desconexión, pero su historia en España se remonta más atrás de lo que muchos imaginan. En Galicia, tierra de emigrantes, pueblos con alma y paisajes de leyenda, se gestó hace más de un siglo una iniciativa sorprendente: un recinto donde el ocio, la cultura y el afán de progreso se daban la mano. El primer parque de atracciones español no nació en una gran ciudad, sino en el corazón de Betanzos, impulsado por el sueño y la generosidad de dos hermanos que regresaron de América.
El Parque del Pasatiempo fue mucho más que un lugar para el entretenimiento; fue una utopía ilustrada donde aprender y jugar iban de la mano. Pese a décadas de abandono, la magia de aquel recinto —hoy en proceso de rehabilitación— sigue viva en las esculturas, grutas y jardines que sobrevivieron al paso del tiempo y que ahora esperan recuperar su esplendor original.
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Un sueño de ultramar
La historia arranca en 1870, cuando Juan y Jesús García Naveira, dos jóvenes gallegos de Betanzos, decidieron embarcarse rumbo a Argentina en busca de un futuro mejor. Allí prosperaron como empresarios y, fieles a su tierra natal, invirtieron parte de su fortuna en mejorar la vida de sus vecinos: residencias para ancianos, escuelas, un sanatorio y hasta un lavadero público. Sin embargo, la obra más singular de Juan García Naveira fue el Parque del Pasatiempo, concebido entre 1893 y 1914 como “un pulmón verde que podría considerarse un antecedente de los parques de atracciones, aunque, más que lúdico, era enciclopédico”, tal y como recoge el National Geographic.

El parque, de unas nueve hectáreas en su trazado original, se inspiró en las ideas de la Ilustración. “La intención de Juan García Naveira era que los visitantes pudieran aprender sobre tecnología, geografía, historia o matemáticas mientras paseaban por los senderos, las cuevas y las pérgolas del parque”, recoge la crónica de la época. Viajero incansable, Juan trasladó a Betanzos lo mejor de lo que vio en el extranjero: murales, esculturas y fuentes que convertían el recinto en una enciclopedia arquitectónica al aire libre.
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Un recorrido por la utopía gallega: maravillas, relojes y esculturas
El Parque del Pasatiempo combinaba una estética entre modernista y neoclásica, recordando a los parques ingleses, y se dividía entre amplios jardines (ocho hectáreas) y una hectárea de terrazas escalonadas repletas de sorpresas. De aquel trazado quedan hoy joyas como el Estanque del Retiro, decorado con figuras romanas y representaciones de monumentos como la Torre de Hércules. En el centro, una pequeña isla con un templete de aire oriental y esculturas de mujeres y aborígenes remando en canoa evocan escenas de los viajes de su creador.
El segundo nivel del parque sorprende con grutas y cuevas adornadas con falsas estalactitas y esculturas de animales, tanto actuales como prehistóricos, dando rienda suelta a la imaginación de los visitantes. Más arriba, un muro ricamente decorado despliega mapas de lugares históricos —de las pirámides de Egipto al Canal de Panamá— y figuras de avances tecnológicos: trenes, aeroplanos y dirigibles.
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Uno de los sectores más emblemáticos es el de los 41 relojes que daban la hora en distintas ciudades del mundo, coronados por el reloj de Buenos Aires, un guiño a la ciudad adoptiva de los García Naveira. En el nivel superior, el mirador está presidido por una gigantesca estatua de león, símbolo de vigilancia y esperanza para la reapertura.
El abandono y la esperanza de la rehabilitación
Tras la muerte de Juan García, el Parque del Pasatiempo sufrió el paso de los años y la falta de recursos. Sectores enteros se convirtieron en escombreras, esculturas y fuentes desaparecieron o fueron robadas y el antiguo estanque de bustos papales acabó convertido en un campo de fútbol. Aun así, parte de los jardines fue reconvertida en parque público, con juegos y un pequeño laberinto para los niños.
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En 1986 el Ayuntamiento de Betanzos adquirió el recinto y, desde entonces, ha impulsado varios trabajos de restauración. La segunda fase de las obras, todavía en marcha, busca recuperar espacios como la Gruta Recoleta, el invernadero o la Fuente de las Cuatro Estaciones, aunque el presupuesto global —1,5 millones de euros— apenas cubre parte de una utopía que aún espera regresar a la vida.
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