
Barcelona es una ciudad que nunca deja de reinventarse, capaz de transformar su paisaje urbano sin perder la memoria de sus raíces industriales. Más allá de la Sagrada Familia y las Ramblas, la capital catalana esconde rincones que han sido testigos de la pujanza obrera y de la revolución energética del siglo XX, lugares que durante décadas marcaron el horizonte de la periferia con su silueta inconfundible. En el litoral del Besòs, tres gigantes de hormigón se elevaron durante años como una postal incómoda, pero profundamente arraigada en el imaginario metropolitano.
Ahora, esas mismas Tres Xemeneies —las míticas chimeneas de la antigua central térmica de Sant Adrià— se preparan para vivir una transformación histórica. Si todo avanza según lo previsto, en 2026 la vieja central abandonada se consagrará como una catedral del sonido: un gran espacio cultural dedicado a la música electrónica, el arte digital y la experimentación contemporánea. Un proyecto que no pretende borrar el pasado industrial, sino resignificarlo y convertirlo en motor de creación.
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De central eléctrica a nuevo icono cultural
Construida en los años setenta y clausurada en 2011, la central térmica de Sant Adrià fue durante décadas pieza clave del sistema energético catalán. Su estética brutalista y sus dimensiones monumentales la convirtieron en símbolo visual y frontera entre Barcelona y su área metropolitana. Sin embargo, tras su cierre, el edificio cayó en el abandono, acumulando polvo y debates urbanísticos que parecían condenarla al olvido.

El punto de inflexión llegó con la celebración del Ombra Festival, que demostró el potencial del espacio como sala para la música electrónica experimental y las artes visuales. Donde antes vibraban las turbinas, ahora lo hacen los cuerpos y las frecuencias de artistas y público, en una sala de techos altísimos y reverberaciones crudas que no necesita decorado: el propio edificio impone el relato.
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Una tendencia europea, una apuesta local
La reutilización de grandes infraestructuras industriales como contenedores culturales no es nueva en Europa, pero sí poco frecuente en Barcelona. La antigua nave de turbinas de las Tres Xemeneies se suma así a una tendencia que apuesta por no domesticar en exceso el espacio, manteniendo su escala y su crudeza como parte esencial de la experiencia. El éxito del Ombra y la elección del recinto como sede de la bienal Manifesta 15 en 2024 han confirmado que el espacio está llamado a ser mucho más que un vestigio industrial.
El horizonte es ahora más ambicioso: convertir la central en un polo permanente de creación contemporánea, con especial atención a la música electrónica, el arte digital y la cultura urbana. El objetivo es que el pasado energético dialogue con el presente creativo, y que el hormigón y las cicatrices del uso sigan formando parte de la identidad del lugar.
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Uno de los grandes aciertos del proyecto es no intentar embellecer ni museizar la central. Lejos de convertirla en un espacio pulcro y neutral, la apuesta es que el patrimonio industrial se viva desde dentro, que su sensación de volumen desmesurado y su materialidad formen parte de la experiencia cultural. La transformación de las Tres Xemeneies es, ante todo, una reivindicación de la memoria obrera y del valor de la periferia como espacio de innovación.
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