
Ceuta y Melilla son hoy los únicos territorios españoles en África, pero el mapa pudo haber sido muy diferente. En octubre de 1940, Francisco Franco aprovechó la derrota de Francia frente a la Alemania nazi para intentar ampliar la presencia española en el norte de África. A cambio de la entrada de España en la Segunda Guerra Mundial junto al Eje, el dictador reclamó a Adolf Hitler la cesión del Marruecos administrado por Francia, además de Gibraltar, la región argelina de Orán y una ampliación del Sáhara español. Ninguna de aquellas exigencias fue aceptada y ese proyecto terminó convirtiéndose en uno de los episodios más desconocidos de la política exterior del franquismo.
La reunión celebrada el 23 de octubre de 1940 en Hendaya, una localidad del País Vasco francés situada junto a la frontera con España, ha pasado a la historia como el encuentro en el que Franco decidió no entrar en la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, detrás de aquella imagen de los dos dictadores estrechándose la mano hubo una negociación mucho más ambiciosa. El régimen franquista vio en la derrota de Francia una oportunidad para ampliar el territorio bajo influencia española y recuperar parte del protagonismo internacional perdido tras el fin del imperio colonial.
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Para entender por qué Franco llegó a reclamar el Marruecos francés hay que retroceder casi tres décadas, hasta 1912, cuando Marruecos quedó dividido entre dos protectorados europeos.
Un Marruecos dividido entre Francia y España
A comienzos del siglo XX, Marruecos era uno de los últimos territorios del norte de África que mantenía formalmente su independencia. Esa situación cambió con el Tratado de Fez, firmado en marzo de 1912, por el que Francia estableció un Protectorado sobre la mayor parte del país. Pocos meses después, París alcanzó un acuerdo con España para que administrara una franja situada en el norte marroquí, con capital en Tetuán, además de una pequeña zona en el sur, en torno a Cabo Juby.
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A diferencia de lo que suele creerse, España nunca incorporó ese territorio a su soberanía. El Protectorado era una figura jurídica distinta a una colonia: el Estado marroquí seguía existiendo y el sultán continuaba siendo, al menos formalmente, el jefe del país. España ejercía la administración civil y militar de la zona que le había sido asignada, pero no gobernaba todo Marruecos ni aquel territorio pasó a formar parte del Estado español.
Durante más de cuatro décadas, aquella franja del norte marroquí se convirtió en uno de los principales escenarios de la política colonial española. Allí se desarrolló la Guerra del Rif, un conflicto que dejó episodios tan determinantes como el desastre de Annual en 1921 o el desembarco de Alhucemas en 1925, considerado uno de los hitos militares de la época.
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También fue el lugar donde una generación de oficiales construyó buena parte de su carrera. Entre ellos se encontraba Francisco Franco, cuya trayectoria quedó estrechamente ligada al denominado africanismo, una corriente militar que otorgaba al norte de África una importancia estratégica y política fundamental para España.
La oportunidad que Franco creyó ver tras la derrota de Francia
Cuando Alemania derrotó a Francia en junio de 1940, el equilibrio europeo cambió por completo. Con el país vecino ocupado por las tropas nazis y el régimen colaboracionista de Vichy haciéndose cargo de buena parte del imperio colonial francés, Franco interpretó que había llegado el momento de plantear una expansión territorial.

España acababa de salir de la Guerra Civil y atravesaba una situación económica extremadamente delicada. Aun así, el régimen consideró que podía negociar su entrada en la Segunda Guerra Mundial si obtenía importantes compensaciones. Entre ellas figuraba el Marruecos francés.
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Las conversaciones culminaron en la entrevista de Hendaya. Franco acudió a la reunión con una larga lista de exigencias: la recuperación de Gibraltar cuando el Reino Unido fuera derrotado, la cesión del Marruecos administrado por Francia, la incorporación de la región argelina de Orán y la ampliación del Sáhara español, además de importantes suministros de alimentos, combustible y armamento para un país devastado por la guerra.
Las reclamaciones suponían modificar profundamente el mapa colonial del norte de África. Si Hitler hubiera aceptado aquellas condiciones y España hubiera entrado en la guerra, la presencia española en la región habría aumentado de forma muy significativa. Pero la respuesta alemana fue negativa.
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Hitler necesitaba mantener la colaboración del régimen francés de Vichy y no estaba dispuesto a desmantelar su imperio colonial para satisfacer las aspiraciones españolas. A ello se sumaba que Alemania consideraba excesivas las exigencias planteadas por Franco en comparación con la ayuda que España podía aportar al esfuerzo bélico. Las negociaciones terminaron sin acuerdo y España permaneció oficialmente fuera de la Segunda Guerra Mundial.
Del proyecto expansionista al final del Protectorado
El escenario internacional cambió radicalmente apenas unos años después. La derrota de las potencias del Eje aceleró el proceso de descolonización y los movimientos nacionalistas comenzaron a ganar fuerza en numerosos territorios africanos. Marruecos no fue una excepción.
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Tras años de creciente presión política, Francia reconoció la independencia marroquí el 2 de marzo de 1956. España hizo lo mismo pocas semanas después y el 7 de abril firmó la declaración que ponía fin oficialmente al Protectorado español.
A menudo se plantea si el régimen franquista podría haber intentado conservar aquel territorio. Desde un punto de vista estrictamente militar, España podía prolongar temporalmente su presencia, pero el contexto internacional había cambiado por completo. El Protectorado se sustentaba en acuerdos que habían perdido su razón de ser tras el reconocimiento de la independencia, el nacionalismo marroquí era cada vez más fuerte y el proceso de descolonización contaba con un respaldo creciente en el ámbito internacional. Mantener aquel sistema habría supuesto un importante coste político, económico y militar para un país que seguía inmerso en la posguerra.
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La desaparición del Protectorado no significó, sin embargo, el final inmediato de la presencia española en el norte de África. España mantuvo Ceuta, Melilla, las plazas de soberanía, Ifni y el Sáhara Español, al considerar que todos ellos tenían un estatus jurídico distinto al del Protectorado. Esa decisión dio lugar a nuevas tensiones con el recién independizado Reino de Marruecos y desembocó en la Guerra de Ifni, librada entre 1957 y 1958.
La retirada española se produjo de forma escalonada durante las décadas siguientes. Cabo Juby fue transferido a Marruecos en 1958, Ifni dejó de estar bajo soberanía española en 1969 y el Sáhara Español quedó fuera de la administración de España tras los Acuerdos de Madrid de 1975.
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Desde entonces, Ceuta, Melilla y las plazas de soberanía han permanecido como los únicos territorios españoles en el continente africano. La reunión de Hendaya y las reclamaciones formuladas por Franco constituyen, sin embargo, el recordatorio de un momento en el que el régimen creyó posible ampliar la presencia española en el norte de África aprovechando uno de los mayores terremotos geopolíticos del siglo XX, una posibilidad que nunca llegó a superar el terreno de la negociación diplomática.
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