
El sur de Francia es un mosaico de pueblos llenos de color, historia y luz, donde el Mediterráneo y la Provenza se funden para ofrecer una experiencia única al viajero. Recorriendo sus caminos, uno descubre plazas de mercado, callejuelas empedradas y la herencia de civilizaciones que dejaron su huella en cada piedra. Entre estos destinos, Arles destaca como una de las joyas más singulares y evocadoras, capaz de fascinar tanto a los amantes del arte como a quienes buscan sumergirse en la memoria viva de Europa.
Ubicada a orillas del Ródano, Arles es mucho más que una ciudad soleada del sur de Francia. Cariñosamente conocida como la “pequeña Roma de las Galias”, fue durante siglos uno de los enclaves más importantes del Imperio Romano en Occidente. Prueba de ello es la extraordinaria riqueza arqueológica que atesora bajo sus calles: un auténtico “iceberg turístico” en el que lo más valioso permanece oculto a la vista, esperando a los viajeros más curiosos.
El poeta Décimo Magno Ausonio ya describía la grandeza de Arles en el siglo IV, y la Unesco reconoció este legado al declarar la ciudad Patrimonio de la Humanidad. Sin embargo, la verdadera magia de Arles no solo se encuentra en monumentos como el anfiteatro o las termas, sino en las entrañas mismas de la ciudad, donde la historia se conserva intacta bajo el bullicio contemporáneo.
El secreto subterráneo: los criptopórticos de Arles

En el corazón de la ciudad, la Place de la République despliega su elegante forma alargada, evocando inevitablemente a la Piazza Navona de Roma. Aquí, el obelisco central —heredero del Circo romano— y la majestuosa fachada de la Catedral de San Trófimo marcan uno de los epicentros históricos de la urbe. Pero es en un lateral de la plaza donde aguarda el mayor de los secretos: el acceso a los criptopórticos, las galerías subterráneas que sustentaban el foro romano.
Descender por las escaleras del ayuntamiento es iniciar un viaje en el tiempo de dos mil años. Estos pasadizos, sin ornamentos ni mosaicos, son una obra maestra de la ingeniería romana: tres túneles dobles, paralelos y en forma de U, con naves de 8,5 metros de ancho, sostenidos por sólidos pilares de piedra. Caminando por este laberinto, el visitante comprende la clave de la pervivencia del Imperio: la capacidad para construir infraestructuras duraderas y adaptarse a cualquier desafío geográfico.
La parte norte de estas galerías pasa bajo la actual Plaza del Foro, y en la superficie apenas quedan como vestigios dos columnas y un trozo de frontón integrados en la fachada del Hôtel Nord-Pinus. Sin embargo, el simple hecho de recorrer estos túneles austeros y silenciosos transmite una poderosa sensación de conexión con el pasado.
Entre la luz provenzal y la eternidad romana
Arles es un rincón donde conviven lo romano, lo medieval y lo contemporáneo. Su catedral, un prodigio del siglo XIII, forma parte del conjunto episcopal de Santa Trófima. Aquí, la portada esculpida y el claustro evocan escenas bíblicas y dan la bienvenida al viajero que busca belleza y recogimiento. El claustro, construido entre los siglos XII y XIV, invita a reflexionar sobre la historia y el arte, mientras la luz dorada de la Provenza enmarca cada rincón.
La ciudad no solo seduce por su historia, sino también por su vitalidad cultural. Artistas como Lee Ufan y Frank Gehry han sentido esa atracción especial por las raíces profundas de Arles, plasmando en sus obras el vínculo entre pasado y futuro. Gehry, por ejemplo, erigió un edificio de titanio que refleja la luz característica de la colonia romana, demostrando que la ciudad sigue inspirando creatividad a escala global.
Cómo llegar
Desde Montpellier el viaje es de alrededor de 1 hora y 10 minutos por las vías A9 y A54 (hay peajes). Por su parte, desde Marsella el trayecto tiene una duración estimada de 1 hora y 5 minutos por las carreteras A55 y N568.
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