
En el extremo norte de la península ibérica, Asturias despliega una sucesión asombrosa de montañas, bosques y acantilados que parecen resistir el paso del tiempo. Esta región, abrazada por los vientos atlánticos y el rumor interminable del mar, fascina tanto por su verdor como por la serenidad de su paisaje. A cada paso, el viajero descubre miradores naturales, senderos olvidados y balcones abiertos a la inmensidad del Cantábrico, donde el horizonte y las olas construyen escenarios de belleza rotunda.
Es en este contexto de naturaleza indómita y tradiciones bien arraigadas donde se esconde uno de los balcones costeros más emblemáticos del norte. Así, en el concejo de Valdés, se ubica el conocido como balcón del Cantábrico, un promontorio verde desde el que contemplar la fuerza del océano y el vaivén de la brisa entre campos salpicados de carbayos. Aquí se elevan el silencio y la calma, mientras los caminos se abren para paseos sosegados con vistas al mar infinito. Presidiendo este escenario, aparece, casi discreta, una modesta construcción de madera azul y blanca que sobrevuela el acantilado.
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Se trata de la ermita de la Regalina, la cual está rodeada de bancos perfectamente orientados, un mirador abierto al viento y la cercana playa de Cadavedo. El conjunto convierte este rincón en uno de los lugares más fotogénicos y serenos de la costa norte.
La ermita de la Regalina: historia, fe y paisaje

La protagonista de este enclave es la ermita de la Regalina, un símbolo de la vida marinera y campestre de Cadavedo. Su origen se remonta a 1931, cuando el Padre Galo, figura muy querida entre los vecinos, promovió la construcción del templo para honrar a la Virgen de Riégala, cariñosamente llamada la Regalina. Según la tradición local, la talla fue hallada de modo milagroso—una mujer segando en los prados la encontró entre maleza o quizás en el hueco de un castaño—y el lugar quedó así ligado al fervor y a la alegría del vecindario.
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Junto a la ermita, el hórreo tradicional se alza como una joya etnográfica que custodia el prado y recuerda el modo de vida de generaciones. A finales de 2020, un desprendimiento obligó a desmontar y recolocar esta estructura a escasos metros, un esfuerzo colectivo que subraya el valor otorgado al patrimonio local y la implicación de la comunidad.
De este modo, visitar la ermita de la Regalina es una invitación a vivir el ritmo pausado del norte. Los senderos que parten de Cadavedo serpentean entre prados y bosques de carbayos hasta el cerro conocido como La Garita, desde donde se domina un imponente tramo de costa. A los pies del acantilado se extiende la playa de Cadavedo, distinguida con Bandera Azul. El arenal, con forma de concha, cambia su fisonomía con las mareas: durante la pleamar la arena desaparece, y con la bajamar la concha queda expuesta, revelando toda su belleza.
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Fiesta de la Regalina

El carácter de la Regalina se revela en su fiesta anual, declarada de Interés Turístico. Cada último domingo de agosto, todo Cadavedo se transforma: las calles del barrio de La Rapa se llenan de carrozas adornadas, portando bollos tradicionales—los famosos alfiladas—y flores frescas. La jornada comienza con el pregón, seguido del baile de la Danza prima y culmina con la misa solemne y la procesión hasta el campo de La Garita.
Vecinos y visitantes, ataviados con trajes típicos, celebran al aire libre una romería donde la identidad marinera y campesina se funden. Tras la ceremonia, la comida campestre y el sorteo de alfiladas ocupan la tarde, mientras la música y los bailes tradicionales llenan el promontorio de risas y movimiento al borde del Cantábrico.
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Cómo llegar
Desde Gijón el viaje es de alrededor de 50 minutos por la carretera A-8. Por su parte, desde Oviedo el trayecto tiene una duración estimada de 55 minutos por la misma vía.
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