
Escapar de la rutina y huir hasta la arena, los chiringuitos y los espetos de las playas españolas es algo necesario, al menos una vez al año. Y para disfrutar de unos buenos días de verano, por lo menos 1,6 millones de viajeros hoteleros viajan hasta la capital malagueña, según datos de 2024. Este número ha ido incrementando paulatinamente desde la década de los 60 y 70, cuando el turismo en la Costa del Sol comenzaba a dar un impulso en la economía española.
No obstante, hasta ese momento, muchas de las playas malagueñas a penas tenían una amplitud para albergar a los miles de turistas que llegaban desde otras ciudades nacionales e internacionales. Este hecho se suma al miedo de los residentes, que vivían en construcciones edificadas en primera línea de playa, por el gran oleaje que se formaba con el mal temporal. De este modo, se provocó la creación de diversos espigones y la llegada de arena que nada tiene que ver con la que se encuentra en la actualidad.
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“Antiguamente, todo era de roca. Málaga como tal no tenía playa porque todas han sido construidas, excepto algunas poquillas”, ha declarado Ramontelli (@ramonteli), un malagueño en su cuenta de TikTok. A pesar de que en la actualidad muchos visitantes y residentes agradecen la urbanización de las costas en Málaga, hay que conocer que estas playas “son artificiales”, como indica Ramonteli, y suponen en la opinión de otros una invasión en el litoral. Así lo mostró Málaga Antigua (@malagaantigua) en su cuenta de Instagram en 2022 con unas fotografías aéreas de la transición de los años 80 a la actualidad de la playa de la Malagueta.
El dilema de la regeneración: la nueva cara de las playas

La imagen aérea de la playa de la Malagueta en los años 80 y la actual, así como la del Palo, ilustra los efectos de las intervenciones sobre la costa malagueña. El frente litoral se ha transformado como consecuencia de la urbanización, especialmente en zonas como el paseo marítimo de Poniente, que se levantó sobre la propia arena, como declaró Málaga Antigua en 2022. Según expertos del Aula del Mar, ese cambio ha alterado la dinámica natural y cuando los temporales sacuden la costa, la costa desaparece: “Cuando se hormigona el litoral, se hace rígido, y el efecto rebote de las olas produce que vaya desapareciendo la arena. Cuando el litoral es blando, es decir, continúa como estaba originalmente con arena como único y fundamental elemento, no hay que regenerarlo”, explicaba Juan Jesús Martín, un miembro de la organización.
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A día de hoy, Guadalmar es una de las zonas que conserva tanto el color original como la consistencia de la arena. Esto se debe exclusivamente a la ausencia de construcciones y una dinámica natural no alterada, “es decir, intacta”, como indicaba Martín. El resto de las playas ha experimentado un proceso de regeneración iniciado en 1998, utilizando arena artificial de los fondos marinos, cauces de arroyos y, en algunos casos, terrenos de obras civiles. La consecuencia se observa ahora en el color oscuro predominante hoy en los arenales, contrastando con el antiguo tono dorado que caracteriza los últimos tramos vírgenes.
Segunda regeneración: 17,5 millones de euros para la construcción de espigones
El debate sobre la eficacia de los espigones (estructura de piedra construida en la orilla del mar) y los aportes de arena alcanzó un punto álgido en 2007. La regeneración del litoral entre 2005 y 2009 supuso al Gobierno una inversión de 17,5 millones de euros, algo que Canal UGR lo comparaba en ese momento con el coste de varios centros de salud. Sin embargo, Miguel Losada, profesor de la Universidad de Granada y referencia en la investigación costera de Andalucía, advertía que “ni aportes de arena ni espigones son la solución definitiva para proteger el litoral malagueño de los temporales”.
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Por lo que no se resolvería por completo el problema de la erosión y la pérdida de playa tras los temporales. Para Losada, el futuro de la costa depende de una perspectiva a largo plazo y de decisiones urbanísticas que frenen la ocupación del litoral. El jefe de la Demarcación de Costas de Málaga, Juan Carlos Rañada, coincidía en que “los espigones tienen una vida útil, como toda obra pública” y que los costes asociados a la protección de las playas aumentarán en la medida en que el mar gane terreno. Ambos advierten que la resiliencia de la costa depende no solo de intervenciones, sino también de dar espacio al litoral y limitar nuevas construcciones en primera línea.
La batalla continúa en 2025

Este año las batallas contra las mareas malagueñas ha continuado. Y es que, según informó el pasado mes de junio Marbella 24 horas, Marbella y San Pedro Alcántara aguardaban desde hace meses la licitación de obras para nuevos espigones, una demanda recurrente tras los daños provocados por los temporales recientes. El proyecto, que acaba de superar la aprobación de la Declaración de Impacto Ambiental, contempla una inversión de 8,5 millones de euros para estabilizar las playas centrales de Marbella, desde la Venus hasta el Ancón.
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Las actuaciones incluyen la aportación de más de 200.000 metros cúbicos de arena y la construcción de diques en playa de La Fontanilla y Casablanca, con el objetivo de frenar la pérdida de material y regenerar la línea de costa. El cronograma prevé ocho meses de obras tras la formalización del contrato. Sin embargo, las opiniones entre residentes y sectores económicos difieren sobre la eficacia de las soluciones provisionales, como el trasvase de arena de unas playas a otras, y la protesta crece ante la percepción de que estos trabajos generan un daño colateral en los tramos de origen.
Mientras tanto, la presión del turismo y la necesidad de garantizar la oferta de sol y playa como motor económico aceleran la ejecución de estos proyectos. Pero, sin medidas estructurales y una revisión del modelo urbanístico frente al mar, el futuro del litoral seguirá marcado por actuaciones de emergencia y una inversión constante para mantener el atractivo de unas playas que fueron, en su mayoría, “artificiales” desde su creación.
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