
En el Caribe, la isla de Sint Marteen se alza como uno de los destinos más paradisiacos del planeta. Está ínsula, situada a casi 250 kilómetros de Puerto Rico, está repartida entre Francia (Saint-Martin), que ocupa la parte norte, y los Países Bajos Holanda (Sint-Marteen), en la parte sur. A lo largo de toda su superficie se pueden disfrutar de impresionantes playas de arena blanca donde los bañistas disfrutan de los encantos del Caribe. Aunque si por algo destaca la isla es por su aeropuerto, el cual es de los más singulares y peligrosos del mundo.
El Aeropuerto Internacional Princesa Juliana no solo conecta a la isla de Sint Maarten con el resto del planeta, sino que ha logrado convertirse en una atracción turística en sí misma. Aquí, los aviones comerciales descienden a escasos metros de los bañistas, en una coreografía milimétrica entre ingeniería y vértigo. La playa de Maho se extiende justo al borde de la pista 10 del aeropuerto. No hay edificios, ni barreras altas, ni zonas restringidas entre el mar y la cabecera de aterrizaje.
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Solo una valla metálica y una carretera estrecha separan a los aviones de las personas que se agrupan, móviles en mano, para grabar los Boeing 747 o los Airbus A330 descienden casi rozando sus cabezas. Las imágenes, repetidas en redes sociales y documentales de aviación, han convertido este lugar en un fenómeno viral desde hace más de dos décadas.
Un aeropuerto con historia colonial

El Aeropuerto Internacional Princesa Juliana fue inaugurado en 1942 como base militar, durante la Segunda Guerra Mundial. Posteriormente, se transformó en un aeropuerto civil y adquirió su nombre en honor a la entonces princesa heredera de los Países Bajos, Juliana, quien visitó la isla en ese mismo año. Con los años, pasó a ser uno de los principales puntos de entrada al Caribe oriental, operando vuelos intercontinentales hacia Europa, Norteamérica y Sudamérica.
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Ubicado en la parte neerlandesa de la isla —que comparte soberanía con Francia—, el aeropuerto es la principal puerta de entrada a Sint Maarten y a las islas vecinas como Anguila, San Bartolomé o Saba. Su pista, de apenas 2.300 metros de longitud, obliga a las aeronaves más grandes a realizar aproximaciones muy precisas, lo que incrementa la espectacularidad de cada aterrizaje.
El aeropuerto sufrió daños severos en 2017 tras el paso del huracán Irma, que arrasó gran parte de la isla y dejó inutilizadas varias infraestructuras clave, incluida la terminal principal. Durante años operó parcialmente en módulos provisionales, mientras se llevaban a cabo tareas de reconstrucción. En 2023 comenzaron las obras finales para modernizar y ampliar el edificio, con el objetivo de mejorar la seguridad, aumentar la capacidad y reforzar la resistencia frente a fenómenos meteorológicos extremos.
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Riesgos para los más curiosos

Aunque el aeropuerto ha generado una enorme expectación turística, las autoridades locales y la administración aeroportuaria han advertido reiteradamente sobre los riesgos de permanecer cerca de la valla durante los despegues y aterrizajes. Las llamadas “jet blasts” —ráfagas de aire expulsadas por los motores— pueden provocar caídas, golpes y, en condiciones extremas, accidentes mortales.
En 2017, una turista neozelandesa falleció tras ser arrastrada por una ráfaga mientras se sujetaba a la valla. Desde entonces, se han reforzado las señales de advertencia, pero el flujo de visitantes no ha disminuido. Para muchos, la adrenalina y la posibilidad de obtener una imagen única prevalecen sobre el riesgo. Algunos bares y terrazas cercanas, como el conocido Sunset Bar & Grill, han adaptado su actividad a este fenómeno y anuncian en pizarras los horarios de los aterrizajes más llamativos.
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