
En mitad del océano Pacífico, a unos 100 kilómetros de la costa de México, se ubica uno de los rincones más secretos del país: un conjunto de islas que guardan una cruel historia. Este archipiélago, aislado por la inmensidad del océano, fue durante más de un siglo unas de las cárceles más infames y duras de América. Ahora, se ha convertido, tras un largo proceso de rehabilitación, en un atractivo turístico que atrae a miles de viajeros.
Estamos hablando de las islas Marías, un conjunto de cuatro islotes cuyo nombre se debe a que tres de las cuatro llevan el nombre de María: el islote de San Juanito, la isla María Madre, María Magdalena y María Cleofás. De todas ellas, solo la isla de María Madre, la más extensa, es la única que ha estado habitada. En ella se encontraba la cárcel de máxima seguridad Laguna del Toro, un centro que recibió el apodo del ‘Alcatraz mexicano’ o el ‘infierno del Pacífico’ debido a su aislamiento, confinamiento y trabajos forzosos a los que eran sometidos los presos.
A día de hoy, esta colonia penal federal, que estuvo en funcionamiento desde 2019, se puede visitar desde las ciudades de San Blas y la playa Boca de Chila, en Nayarit; y Mazatlán, en Sinaloa. Todo ello a través de un viaje en barco que dura alrededor de cuatro horas y que hay que reservar previamente, junto con la estancia, en su página web.
De cárcel a atractivo turístico

La isla María Madre es la única que se puede visitar, ya que es la única poblada y donde se encuentra Puerto Balleto, su principal población y el único punto de acceso al archipiélago. Su historia como centro penitenciario se remonta al año 1905, cuando fue fundado por el presidente Porfirio Díaz para alojar presos de todo tipo, sobre todo presos políticos. Uno de los más famosos fue el influyente escritor Jose Revuelta, que fue encarcelado allí por sus pensamientos políticos y reivindicaciones.
Según datos de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), durante años las condiciones de vida en la isla generaron preocupaciones por la falta de acceso a servicios médicos, agua potable y derechos laborales. No obstante, también fue un experimento de reinserción: los internos trabajaban en actividades agrícolas, ganaderas y de construcción, y algunos incluso vivían con sus familias dentro del penal.
En 2019, el Gobierno de México, encabezado por el presidente Andrés Manuel López Obrador, decretó el cierre definitivo del complejo penitenciario. El objetivo declarado era convertir las islas en un centro de educación ambiental y turismo sustentable. El decreto presidencial del 8 de marzo de ese año estableció la creación del Centro de Educación Ambiental y Cultural “Muros de Agua–José Revueltas”, en honor al escritor y ex preso político.
El proyecto contempla visitas limitadas, la preservación de la biodiversidad y programas de educación ambiental para estudiantes, investigadores y turistas. La reconversión también incluye la protección del ecosistema, que alberga especies endémicas como el mapache de las Marías, la culebra de agua y diversas aves migratorias. De hecho, desde el año 2010 está declarado como Reserva de la Biosfera por la Unesco.
Qué ver en las Islas Marías

Durante la visita, el viajero puede contemplar una granja ecológica, así como una tienda de artesanía local, que presenta productos hechos por los habitantes y colaboradores del centro. Además, uno de los monumentos más emblemáticos es su iglesia dedicada a la Virgen de Guadalupe. Con una arquitectura sencilla, pero solemne, la iglesia es un punto de encuentro para los residentes y visitantes que desean rendir homenaje a la patrona de México.
En cuanto a las rutas turísticas, las Islas Marías ofrecen diversas opciones para los amantes de la naturaleza y la historia. Entre los recorridos más populares destacan el recorrido Chapingo, que lleva a los visitantes al antiguo campamento Nayarit; y el recorrido Balleto, que recorre el corazón del puerto y todos sus atractivos. El recorrido de los Halcones, por su parte, muestra todos los secretos del centro penitenciario, mientras que el sendero de Cristo, que tiene un tinte espiritual, lleva a los turistas hasta un mirador desde donde se contempla una vista espectacular del océano Pacífico. Cada una de estas rutas tiene una duración de tres horas y media.
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