
Un padre acudió a Arturo Pérez-Reverte con una preocupación doméstica: su hijo, de 19 años, encadenaba las novelas del capitán Alatriste, pero dejaba de lado el latín que debía aprobar para terminar el bachillerato. El escritor respondió con una invitación a mirar la materia desde su propia experiencia: “Traducir el canto II de La Eneida marcó mi vida”. El intercambio se produjo en redes sociales, donde el novelista mantiene una relación frecuente con sus lectores. El padre explicó que el joven devoraba los libros de la saga “sin piedad”, aunque no abría el manual de latín. También le pidió una recomendación que tuviera el peso suficiente para captar su atención.
Pérez-Reverte recogió el pedido y vinculó el estudio de la lengua clásica con una forma de entender la historia. “Dígale que haber estudiado latín es una de las cosas que más me ayudaron a comprender el mundo pasado, el presente y el futuro”, respondió. Después añadió su recuerdo de la traducción del segundo canto del poema de Virgilio, que relata la caída de Troya desde la mirada de Eneas. La anécdota reúne dos elementos que atraviesan buena parte de la obra y las intervenciones públicas del autor: la formación a través de la lectura y el uso de la historia como lente para interpretar conflictos, lealtades y derrotas.
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El vínculo entre Pérez-Reverte y los clásicos no queda reducido a una materia escolar. En distintas entrevistas, el escritor describió las lecturas de su infancia y adolescencia como una base decisiva de su formación. Su aproximación a los libros, según explicó a Infobae, parte de la idea de que un lector puede ingresar en una historia hasta sentirse parte de ella. Al recordar el impacto que le produjo Los tres mosqueteros, de Alexandre Dumas, afirmó que la novela le abrió un universo de amistad, traición, poder y aventura cuando tenía ocho o nueve años. Se definió como un “lector actor”, alguien que no observa el relato desde afuera, sino que participa de él y deja que lo transforme.

El latín y los clásicos
Esa identificación con las ficciones de aventuras aparece también en el origen de Alatriste. El capitán Diego Alatriste y Tenorio nació en 1996, en una saga situada en el Siglo de Oro español que combinó personajes ficticios con figuras históricas como Francisco de Quevedo. La serie alcanzó ocho novelas con la publicación de Misión en París, que retomó al espadachín 14 años después de El puente de los asesinos, de 2011. En la nueva entrega, Alatriste llega a la Francia de Luis XIII y queda involucrado en el conflicto entre hugonotes y católicos, con apariciones de los mosqueteros y D’Artagnan. Pérez-Reverte presentó ese cruce como un homenaje a Dumas, uno de los escritores que marcaron su imaginación de lector.
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Pérez-Reverte explicó que el regreso del personaje tuvo relación con el tiempo transcurrido, tanto para el protagonista como para su autor. Tras siete títulos, había interrumpido la serie para dedicarse a otros proyectos. La insistencia de los lectores y su intención de regresar a ese mundo terminaron por impulsar Misión en París. El escritor sostuvo que Alatriste “explica más el presente que el pasado y el futuro”. Para él, el personaje permite narrar una España atravesada por contradicciones, con episodios de grandeza y violencia, lealtades y corrupción. Esa perspectiva se aparta de una reconstrucción idealizada del siglo XVII y presenta al soldado como un hombre marcado por decisiones y culpas. En esa línea, señaló que incorporó por primera vez la palabra “remordimiento” a la saga. El cambio acompañó un protagonista más envejecido y consciente de sus actos. El personaje mantiene su código de lealtad, aunque ya no responde a una imagen heroica sin fisuras.
La mención a Virgilio encaja con una idea que Pérez-Reverte repite al hablar de sus lecturas: los libros pueden intervenir en la educación moral de quien los lee. En mayo, al prologar una nueva edición de El capitán Blood, de Rafael Sabatini, evocó la influencia que esa novela tuvo durante su niñez. Según relató, encontró el volumen en la biblioteca de su padre y lo leyó hasta gastarlo. El relato de un médico acusado injustamente, que termina convertido en pirata, le permitió pensar la injusticia y la dignidad. “Formó parte de mi educación intelectual y moral”, escribió sobre el libro. El consejo al joven que debe aprobar latín se inscribe en esa misma tradición personal. Pérez-Reverte no le propuso abandonar Alatriste para estudiar, sino encontrar en Virgilio otra puerta de entrada al mundo de los libros que, según su propia experiencia, dejan una marca duradera.
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