
A lo largo del desierto del Sáhara, entre los campos de refugiados de Tinduf y la frontera con Mauritania, se extiende a través de más de 2.700 kilómetros una barrera. Esta berma, una estructura defensiva también conocida como el muro de arena, fue construida por Marruecos a lo largo de la década de los 80 para dividir el Sáhara Occidental, región que en su día fue la provincia número 53 de España, en dos mitades. Al oeste, queda la zona controlada por el país norafricano, al este, los territorios liberados que actualmente gestiona el Frente Polisario.
Junto a las vallas, la arena y la piedra de las que está hecho el muro, hay otro elemento que lo caracteriza: más de 10 millones de minas que se aseguran de que nadie pueda aproximarse desde el desierto, o dicho más claramente, que los refugiados no puedan regresar al que un día fue su hogar. Entre ellos está Youguiha Mohamed Embarec, una joven graduada en biología que lidera un equipo de desminado y que protagoniza La Berma, el nuevo documental de Agustín Domínguez Cordero sobre la labor de esta y otras mujeres saharauis para mantener en pie a su pueblo.
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“La primera vez que fui allí me quedé totalmente sorprendido porque vi una sociedad totalmente matriarcal”, afirma el director de una película que podrá verse el próximo 15 de septiembre durante el Festival de Cine de Madrid. “Allí la mujer lo es todo. Te ibas a una escuela y solo había directoras y maestras; te ibas al hospital y casi todas eran médicas. El hombre saharaui está en esa guerra invisible de la que no se habla en los medios, así que solo ves a mujeres. Ellas son las que sostienen la vida en los campamentos de refugiados”.
300 euros al mes por desminar el desierto
La Berma nació en 2020 como parte de una propuesta en el laboratorio de guiones Crea Doc, una iniciativa del Gobierno de Canarias. A partir de ahí, Agustín y su equipo comenzaron a trabajar en el proyecto y a llevarlo por diferentes festivales en busca de colaboradores. México, Colombia, Chile, Cuba, poco a poco “el queque fue entrando en el horno”, como dice el realizador canario. En 2022, decidieron empezar con la producción, en cuyo centro tenían claro quiénes debían estar: las desminadoras saharauis. “Vi un reportaje de prensa que hablaba de Yauguiha y su trabajo en una cuadrilla”. Tardó un tiempo en conseguir contactar con ella, pero cuando al fin lo hizo, pudo convencerla para que se uniera al documental.
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Con un presupuesto de apenas 200.000 euros, comenzaron los viajes para poder acompañarla en sus incursiones por el desierto y conocer su vida. No era fácil acceder al Sáhara Occidental: pese a estar apenas a 100 kilómetros de las islas, el equipo de grabación debía ir de Canarias a Madrid, de ahí a Argelia y de ahí a Tinduf. “Era una verdadera locura”, recuerda Agustín, quien señala cómo el conflicto bélico entre el pueblo saharaui y Marruecos hacía escasas las oportunidades para poder coger un avión y volar hasta allí. Con suerte, podían hacer dos viajes al año, de apenas una o dos semanas de duración.

En esas estancias pudieron comprobar de primera mano la labor de Yauguiha y su equipo. Ella era la primera mujer en liderar uno de los equipos que, durante meses, tratan de desminar la berma. “Ella empezó un día en el que, tomando té con unas amigas, escuchó que había una ONG que estaba reclutando a gente para eso. Pagaban 300 euros al mes”, cuenta el director. Tras un largo proceso de selección, finalmente fue elegida para formar parte del grupo, y al poco tiempo para liderarlo. “Imagínate, una mujer dándole órdenes a militares. A ella le obsesionaba la seguridad de la cuadrilla. De ella dependía que nadie sufriera un accidente’”.
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Las imágenes del documental muestran hasta qué punto el trabajo de Yauguiha es lento y metódico; los nervios de acero que requiere trabajar en condiciones tan extremas. Agustín recuerda sus palabras sobre cómo era trabajar durante horas y horas expuestos al sol del desierto: “Agustín, a veces no avanzamos ni 15 centímetros al día”. Por eso, en los campamentos muchos ven un punto de locura en los desminadores y desminadoras. El día que encuentran una mina, la alegría estalla, pero si pasa el tiempo y no encuentran nada, llegan la apatía y la depresión. Sea como sea, cuando pisan suelo minado, tienen clara una idea. “Tu primer error es tu último error”.

Saharauis con DNI español a los que su país abandonó
Al margen de las minas, La Berma también muestra cómo es la vida de Yauguiha y el resto de mujeres en el día a día. También asistimos a la vida familiar de la protagonista, la cual da un vuelco cuando descubre que está embarazada durante un viaje a España. Su hija acaba naciendo en Elche (Alicante), pero entonces llegan los problemas: pese a que la ley dice que debería haber adquirido la nacionalidad española en ese momento, el Estado no se la concede hasta después de dos años de trámites burocráticos. “Y a ella, que es la madre, le dan un pasaporte de apátrida. Es algo que pone los pelos de punta: ¿cómo se puede jugar con los seres humanos de esta manera?“, denuncia Agustín.
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El cineasta nos cuenta cómo, en varios de estos viajes, ha podido hablar con padres y abuelos que salieron huyendo del Sáhara tras la Marcha Verde (la movilización marroquí para ocupar el Sáhara español en 1975). “Hablaba con ellos en perfecto español y me enseñaban el DNI. Yo me preguntaba cómo podía ser que alguien con los mismos derechos y obligaciones que cualquier ciudadano español estuviera ahí, en una situación así”. La respuesta está en las riquezas naturales de la zona, como esas minas de fosfato que explotaba España en su día, y con las que hoy se enriquece el país norafricano.

Ante este panorama, ¿qué papel tiene seguir desminando el Sáhara? La posibilidad de quitar todos los explosivos enterrados en la berma es tan poco probable como que la situación de los saharauis se reconduzca. Agustín Domínguez lo ve claro: es un acto simbólico de resistencia y de protesta. “Aunque sea una utopía, lo que quería recoger en mi película es el cachetón (bofetada) que esta refugiada saharaui le está dando al Estado español por su abandono durante los últimos 50 años. Obviamente, el cine no es la solución, pero es un granito de arena para que la sociedad tome conciencia de este conflicto”. Tras su paso por Madrid, el documental se podrá ver también en festivales de lugares como Tenerife, Bilbao, Azerbaiyán o la India. A partir de 2027, esperan que pueda verse en salas.
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